
René Alvarado · Estudiante del cuarto año licenciatura en teología UNIVA-Online
Parte 1: El origen del debate entre fe y ciencia
Leyendo la Biblia, me encontré con un Jesús que nos enseña sobre su amor infinito, con ejemplos simples que no necesitaban de adornos geniales ni de términos científicos, para hacer llegar su mensaje a aquellos que vivieron marginados ya sea por el hecho de ser mujer, niño o enfermo. Todos somos parte de un mismo creador, con la misma dignidad y por dentro nuestro corre la misma sangre que él derramó en la Cruz del Calvario. Esta idea vino a revolucionar el mundo de su época. ¿Cómo vamos a darle dignidad a todos, si no todos tenemos bienes materiales? Cuando Jesús nos enseñó sus caminos, nos hablaba de lo grande que es Dios, de lo “… ancho, lo alto y profundidad” de su amor (Efe 3:18-19). Pero el hombre y la mujer son tercos, siempre tratando de alejarse de ese plan perfecto de amor pues, para ellos Dios es solamente un ser que, si existe, existe en una dimensión diferente en la que no tienen acceso y por consiguiente si no lo ven, no creen en él.
Este hecho me recuerda el día en el que veía un documental en la televisión que hablaba sobre lo que se le conoce como “Diseño inteligente”. En este programa, se discutía sobre cómo era que nuestro planeta, su contenido y el universo entero fueron creados por algún ser inteligente, pues, no cabía duda de que la vida de todos los seres ya sean estos vivientes o no, eran muy compleja como para haber sido simplemente una mutación o evolución de un ser a otro, según el lugar en donde se encuentren en lo que se conoce como el “darwinismo”.
Al hablar del darwinismo, nos referimos a una teoría sobre el origen y el desarrollo de la vida que, aunque originalmente fue planteada como una simple hipótesis, ha llegado a ser aceptada por la mayoría de la comunidad científica como si fuera un hecho comprobado.
Esto, indudablemente, nos separa de la experiencia vivida por la humanidad a lo largo de los siglos. Durante generaciones, hemos confiado en esa presencia sobrenatural que nos ha guiado en medio de todo aquello que escapa a nuestra comprensión. La curiosidad innata del ser humano lo ha llevado desde el inicio de los tiempos a explorar su entorno, y, ante la
ausencia de respuestas lógicas o científicas, atribuía lo inexplicable a alguna divinidad, como el dios del sol o de la luna, por ejemplo.
En aquellos días, la vida era sencilla para las personas; se vivía en comunidad y cada grupo compartía creencias y costumbres, sin preocuparse por lo que no podían comprender. Todo giraba en torno a la figura de un ser al que se le rendía culto y se ofrecían sacrificios, buscando calmar su influencia sobre la tierra.
En la siguiente parte de esta serie, exploraremos cómo la curiosidad y el avance científico cambiaron la percepción de la humanidad sobre el universo y la existencia, llevando el debate entre ciencia y fe a nuevas dimensiones.