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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

No sabemos cuántas personas murieron en los atentados terroristas del once de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Pero si se definen dichos atentados como terroristas, entonces forman parte de una reacción, quizás desmedida, pero sin duda injusta y violenta.

Injusta porque quienes sufrieron inmediatamente las consecuencias eran inocentes, es decir, no necesariamente estaban de acuerdo con las decisiones de su gobierno en lo que mira a la política internacional. Que yo sepa, las diversas invasiones hechas por Estados Unidos o por cualquier otro país del mundo sobre naciones tales o cuales, no son fruto de plebiscitos en que los asistentes acepten y aplaudan tales medidas.

En la década de los años sesenta, la juventud norteamericana sí que se expresó en públicos y repetidos plebiscitos en contra de la guerra de Vietnam que tantas muertes y desolación habían generado en aquella población, y desde luego, tantas bajas en el ejército de Estados Unidos; de igual modo se han seguido dando en este país protestas eventuales en contra de las políticas belicistas de su gobierno, pero sin que se genere un consenso nacional determinante.

La verdad es que en todas partes la separación entre la sociedad y las políticas del gobierno se ha hecho cada vez mayor, raro sería el país cuya población se siente realmente representada por sus autoridades, en todo caso la gente expresa su opinión ya cuando las cosas han sucedido, o ¿en qué momento el presidente ruso preguntó a sus conciudadanos si estaban o no de acuerdo en la invasión de Ucrania? ¿O acaso Erdogan ha consultado a la sociedad turca sobre si debe o no amenazar a Grecia, como lo acaba de hacer?

Es evidente que las democracias representativas están caminando a su ruina, porque los representantes han abusado una y otra vez de los poderes que la comunidad les otorga, enfrascándolos en las consecuencias de sus unilaterales decisiones.

El once de septiembre de 2001, muchas personas deseosas de progresar, se levantaron temprano para acudir a sus centros de trabajo. Esa misma mañana numerosos cuerpos de asistencia y seguridad acudieron de inmediato en auxilio de gente atrapada en colosales incendios, porque esa era su vocación, velar y cuidar a su prójimo. Nadie sabía que estaba siendo víctima de reacciones terroristas por acciones de su gobierno en las que ellos no habían tenido nada que ver. Perdieron la vida cuando viajaban con la confianza de siempre, cuando se hallaban en sus labores, cuando cumplían con su deber, su muerte trágica y profundamente injusta trajo consigo el sufrimiento de muchas otras personas más, sus familiares y amigos, y un efecto en cadena que afectará igualmente la vida de todos.

Comentaristas de aquí y de allá hablarán entonces del orgullo herido de Norteamérica, cuando lo que había sido vulnerada era la confianza de la ciudadanía en la aptitud y capacidad de sus gobiernos para tomar decisiones correctas, en la honestidad de los países para no someter y maltratar a otras naciones por intereses de dinero o divergencias ideológicas.

Que los gobiernos siguen actuando por su cuenta, abusando de la representación que reciben, lo prueba la permanente actitud de las potencias y las impotencias mundiales para salirse con la suya y hacer lo que quieran y gusten al margen de lo que piense y quiera la sociedad.

Publicado en El Informador del domingo 11 de septiembre de 2022

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