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Rodrigo Gómez Ortega · Egresado de la Licenciatura en Producción de Medios Audiovisuales, UNIVA Guadalajara

 

“La paz es más difícil que la guerra. Se necesitan dos para hacer una paz, y solamente uno para hacer una guerra”. Esto lo dijo en su momento el poeta y escritor francés Paul Valéry, sin embargo, no dejo de pensar que quizás se le olvidó profundizar lo qué sucedería si al momento de hacer una paz, «los dos» se combinan en solamente uno para hacer una guerra. Hay que aceptar que nuestro país ha sido rebasado por la violencia y quizá una de las mejores formas de analizar nuestra situación es explorando escenarios similares, ya sea en la realidad, analizando las diversas realidades de nuestro continente, o a través de ficciones, en donde podamos explorar este fenómeno desde una construcción de la imaginación que nos permita procesarlo con mayor facilidad. Es por ello que me gustaría reseñar un libro, Los Ejércitos, del autor colombiano, Evelio Rosero, el cual habla sobre las guerrillas, desde una perspectiva civil, en donde el protagonista pertenece a un grupo poco considerado dentro de la sociedad, la tercera edad.

Los Ejércitos nos habla de un profesor jubilado de 70 años llamado Ismael Pasos, el cual vive con su esposa Otilia en un pueblo rural de Colombia.

Inicialmente, se describe este espacio como un tranquilo paraje detenido en el tiempo, en donde un antiguo matrimonio que apenas se soporta observa la vida transcurrir a través de la cotidianidad de sus jóvenes vecinos, los cuales hacen que Ismael recuerde la vida que alguna vez fue. Habiendo presentado este lugar, vemos como la vida en el pueblo comienza a deteriorarse. En este punto, toda la violencia suena lejana, los diálogos entre sus habitantes muestran viejas heridas de la comunidad, mientras esparcen algunos rumores de pueblos vecinos, pero esa misma noche, tras una celebración luctuosa del pueblo, el vecino de Ismael y sus hijos desaparecen en lo que pareciera una operación paramilitar de un grupo externo, y en este punto, todo desciende al peor de los infiernos. Es aquí donde resuenan las voces de la guerrilla, de la violencia más sanguinaria que una persona puede llegar a experimentar, preocupaciones inmediatas a la vez que desconocidas por parte de habitantes de un pueblo convertido en un campo de guerra improvisado. Rosero se encarga de volver la perspectiva de Ismael más cruda con cada página, primero narrando la desaparición de Otilia tras un enfrentamiento entre dos facciones armadas, pero después muestra un hecho aún más difícil de procesar, ya que, debido a su edad, Ismael va deteriorándose con cada día que pasa, mostrando inicios de demencia, que, al estar narrado en primera persona, resulta más desesperante para el lector.

A partir de esto, Ismael parece aferrarse a los escasos recuerdos que lo mantienen lúcido, y la lectura comienza a volverse más pesada, porque uno como lector sabe de todos los detalles que lentamente el narrador comienza a desconocer. En cada línea, la lectura se encarga de mostrar la cotidianidad y los restos de lo que muchos pueblos están condenados a vivir, porque por más horrible que un fuego cruzado a la mitad de una comunidad pueda ser, lo peor viene después.

Las ausencias, el miedo impuesto, las víctimas y los prisioneros, todo mezclado con una vida diaria que parece tener que continuar, aunque haya minas antipersonales esparcidas, edificios derrumbados y cuerpos a media acera. Todo continua o al menos, es lo que la gente aparenta hasta poder desplazarse e irse del abismo, ya que por más violencia que exista, saben que fuera de esa comunidad, no le importan a nadie e incluso ni entre los mismos pobladores importa nada más que su propia vida y aquellos que estén dispuestos a seguir la misma marcha. Pero mientras, sólo les queda reír de la desgracia ajena, una risa que parece cinismo entre los residentes de San José, pero no es más que el poco alivio que les queda, y que muestran cuando pueden para expresar que no están tan condenados como los fallecidos.

A mi parecer, el libro describe la violencia, no como una tragedia, sino como un hecho indescriptible e insoportable, con el que cada individuo lidió como pudo, aunque no lo entendiera; es una lectura difícil, pero necesaria para saber en dónde está parada una comunidad que vive eso, como una pequeña muestra del dolor que viven y que no deberían vivir. Para terminar, pongo una frase del libro:

«Es extraordinario; parecemos sitiados por un ejército invisible y por eso mismo más eficaz».

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