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Ni el deporte, ni la escuela son excusas

José Daniel Meza Real · Coordinador de Calidad Académica, Corporativo UNIVA

 

El medio campista esta tirado en el suelo, aturdido aún por el golpe, solo escucha una mezcla rara de voces y exclamaciones, no puede distinguir lo que dicen, sigue mareado y entre la confusión de su propia cabeza repentinamente recuerda cómo llegó al suelo e inmediatamente se apresura a ver su pierna y ahí está la materialización de su peor miedo, su rodilla apunta hacia donde no debería, en una imagen grotesca y antinatural. Una lágrima corre por su mejilla, pero no siente dolor físico, solo viene a su cabeza que tiene 32 años y recuerda aquella frase con la que lapidó la conversación que tuvo con sus padres hace más de una década “lo mío nunca será la abogacía, yo me voy a dedicar al fútbol”.

Cuando un joven atleta les dice a sus padres que se dedicará al deporte de manera profesional existe una serie de reacciones varias. Si es hijo de un atleta retirado y nunca consolidado dirán: “cumplirás el sueño de tu padre”; si es hijo de una pareja de exitosos empresarios sólo preguntarán cuánto costará eso, y después de pensarlo un segundo aceptarán. Pero la mayoría sean quienes sean tendrán una consternación común: ¿Qué va a pasar con la escuela?

Aunque es bien sabido que el deporte como actividad recreativa es bastante benéfico para incentivar y complementar la educación de un niño o adolescente, es también cierto que al convertirse esto en una actividad profesional, por lo menos en México, trunca con los estudios de más de 80 % de los atletas, mientras que al otro 20 % en el que se tienen puestas las esperanzas, por cuestiones obvias, no dedica el tiempo suficiente a sus estudios por lo que “pasan de panzazo”.

Esto asume un problema grave en la sociedad mexicana, ya que suponiendo que esta carrera deportiva se convierta en una historia de éxito, y que durante su apogeo deje fructíferas recompensas económicas, es posible que tengan la posibilidad (si es que adquieren la correcta educación o asesoría) de invertir y generar una fuente de ingreso para su retiro, porque la realidad es que cualquier carrera deportiva profesional depende totalmente de la capacidad física del individuo, la cual desgraciadamente es la primera en deteriorarse con los años.

Los datos del INEGI nos dicen que en México el periodo promedio de edad productiva es entre los 18 y los 59 años, e indiscutiblemente, al ver esto viene a nosotros esa imagen de una persona a los 60 años que acaba de pasar a mejor vida y no porque esté muerta sino porque ahora despertará cuando el sol se lo indique, sin tener que pelear con el mundo desde su auto, pudiendo tomar ese café aún caliente mientras lee el periódico (o cualquier cosa que se lea o vea cuando no existan ya los periódicos). Es una imagen mental de lo más común al hablar de un jubilado, pero ahora se imaginan a ese mismo hombre vistiendo el uniforme de su equipo de fútbol favorito, entrando a la cancha mientras el narrador del partido dice “y anunciamos ahora el cambio, entra con el número 10, fulanito, vaya doctor estoy seguro que ahora sí veremos más agilidad en el partido, esos 59 años claro que pesarán en el resultado de este encuentro…” es imposible negarlo, la carrera deportiva es definitivamente corta, casi por mitad de una profesión “común”.

Tristemente los exitosos atletas de alto rendimiento dedicaron tanto esfuerzo y dedicación al deporte que aman, que al retirarse caen en la cuenta de que nunca terminaron sus estudios y que aún les queda una larga vida por delante. Muchos de ellos pasan al banquillo de los entrenadores, otros más, si fueron astutos (e insisto si tuvieron la educación financiera adecuada o la asesoría), se convierten en empresarios administrando lo que invirtieron durante su carrera, mientras unos más simplemente se vuelven anécdotas de los periodistas más experimentados que los toman como referencia en alguna columna y entran al mundo de los asalariados comunes y corrientes.

Sin embargo, no todo está perdido, en los últimos años y con el obligado ejemplo de las grandes potencias como nuestro vecino del norte, se ha logrado cada vez más combinar el deporte y los estudios de tal manera que un atleta tiene ahora doble carrera, la deportiva y la académica.

Vemos entonces cómo el sueño americano del atleta universitario está cada día más cerca de nosotros, con universidades que apoyan a sus deportistas con facilidades de horario e instalaciones deportivas, y, claro, con la voluntad de algunos de esos soñadores disciplinados que están dispuestos a sacrificar las fiestas y la vida de estrella por una licenciatura en las noches.

De esta manera, la historia de éxito no termina con una rodilla fracturada en un partido, esos 30 años restantes de vida productiva ya serán un periodo de incertidumbre lleno de recuerdos y remordimientos de sueños no cumplidos que se excusen con la famosa “pero me lastimé la rodilla” sino que cada vez será más común ver historias de exatletas convertidos en administradores y dueños de empresas deportivas (que vaya que son rentables), excampeones dedicándose a un periodismo deportivo dotado de análisis y reflexión crítica y vaya más allá de peleas y polémica frente a la cámara o simplemente un arquitecto que en su despacho cuelga en un marco el uniforme de sus años de gloria junto a su título profesional.

Así que si su hijo o hija los lapida con un “quiero ser futbolista” recuérdenle que para eso también se estudia… aunque sea por las noches.

Comunicación Sistema UNIVA

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