
Isela Janetth Castillo Casillas · Estudiante de Licenciatura en Teología, UNIVA Online
Me surge un cuestionamiento: ¿qué lleva a un joven, en pleno siglo XXI, a buscar tan desesperadamente a Dios? ¿Dónde lo busca y cómo llega a conocerlo y a amarlo tanto? Vivimos en una sociedad en la que parece no haber un camino claro sobre cómo debemos actuar, pero, sobre todo, donde no contamos con un ejemplo que sostenga nuestra vida acelerada y deshumanizada; una vida que, además, suele ofrecer un final devastador: problemas de salud y, principalmente, profundas crisis espirituales.
En mi tiempo fuimos clasificados por generaciones, como sucedió con el pueblo de Israel. La mía ya no es la más joven, aunque lo fue, al menos, hasta ayer. En ella siempre escuché hablar de un tal Jesús, pero fue hasta una etapa más adulta cuando lo encontré. No lo encontré físicamente, sino de manera funcional, manifestándose en la vida diaria.
Hoy volteo y me encuentro conviviendo con varios jóvenes a quienes llaman “Generación Z”. Ellos, al igual que yo, conocen a Jesús como yo lo conocí a su edad, incluso en momentos difíciles en los que la ciencia, tan de moda, no podía profundizar. Ahí estoy segura de que alguien se los está mencionando.
Yo, igual que ustedes, experimenté momentos difíciles en situaciones sociales, laborales y familiares por no saber cuál era el camino correcto. La inexperiencia propia de la juventud y la opinión de otros —familiares, amigos y sociedad— los llevarán a un momento de catarsis que puede hacerlos perderse. Pero es precisamente en ese episodio de incertidumbre y silencio, cuando parece que no se piensa en nada, donde habla la conciencia, la cual —como menciona el padre Jorge Loring— es la “voz de Dios” en el interior: un reflejo de su ley moral inscrita en el alma humana. Será entonces cuando encuentren una de muchas respuestas.
Ese será el primer momento de conquista para Dios, pero para ustedes representará una renuncia a ideologías y sistemas específicos que atentan contra su dignidad y valor humano. No será fácil el proceso de desaprender, porque, al igual que a su generación, a la mía se le enseñó que Jesús no era compatible con la realidad.
¿Qué implica esto? Ponerlo como el centro mismo de nuestra existencia y, como consecuencia, permitir que la pretensión de Jesús trastorne toda jerarquía humana de valores establecidos, muchas veces alterados por intereses particulares presentes en la actualidad. Esto, inevitablemente, provocará convulsiones en nuestras relaciones humanas: “El que busque salvar su vida la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará” (Mt 10,39; Mc 8,35).
Con el paso de los años reconocerán su midbar: ese desierto interior donde, solos y en silencio, lejos del ruido mundano, encontrarán respuestas a preguntas que todo ser humano se hace, pero que pocos se atreven a responder hasta el final de su existencia: ¿para qué nací?, ¿qué hago con mi vida?, ¿qué sentido tiene la muerte y el juicio final?
Así como para los padres ustedes representan un milagro, en todo milagro hay un significado teológico profundo: una invitación a la conversión y una interpelación al corazón humano. Esa llamada los guiará a comprender que la vida no está centrada en lo superficial, sino en descubrir que existe un propósito y un sentido para su existencia, capaz de conducirlos, como respuesta última, al camino de la voluntad de Dios.
Bibliografía
Loring, J. (2013). Para salvarte: Enciclopedia del católico del siglo XXI. San Pablo.
Sayés, J. A. (2011). Jesucristo, no tenemos otro nombre. Editorial Monte Carmelo.