
MTFSR. Omar Alejandro Varela Zavala · Coordinador de Investigación, UNIVA La Piedad
Hay una etapa en la vida que no siempre deja huellas visibles, pero que internamente puede sentirse como un terremoto silencioso. La década de los veinte años suele estar cargada de decisiones trascendentales, rupturas identitarias, presiones sociales y cuestionamientos profundos. No es solo una etapa de transición; es un proceso psicológico complejo donde la estabilidad emocional se pone a prueba. A veces sentimos que caminamos sin rumbo y que se nos está escapando la vida.
La llamada quarter-life crisis no es una moda ni una exageración mediática. Algunas investigaciones del psicólogo Oliver Robinson han señalado que muchas personas entre los 20 y 30 años experimentan periodos de incertidumbre e intensa inestabilidad emocional asociados a cambios laborales, afectivos y existenciales. No se trata simplemente de “no saber qué hacer con tu vida”, sino de atravesar una reorganización profunda del sentido de identidad. En ocasiones, las expectativas de lo que tenemos y lo que deberíamos tener a cierta edad se convierten en una carga emocional que nos lleva a pensar: “lo estoy haciendo todo mal”.
La identidad en construcción: el núcleo del conflicto
De acuerdo con el psicólogo del desarrollo Jeffrey Arnett, esta etapa corresponde a lo que él denomina “adultez emergente”, un periodo caracterizado por la exploración, la inestabilidad y la búsqueda de significado. Sin embargo, el problema no es la exploración en sí; el problema es que culturalmente se espera certeza y claridad. Es entonces cuando surgen dudas sobre lo que estamos haciendo mal e infravaloramos nuestros propios esfuerzos al compararlos con lo que creemos que deberíamos haber logrado.
Muchas personas enfrentan preguntas como:
- ¿Elegí bien mi carrera?
- ¿Estoy donde debería estar?
- ¿Qué pasa si me equivoco?
- ¿Por qué los demás parecen tener todo claro?
Estas preguntas activan procesos psicológicos profundos, como la comparación social, el miedo al fracaso, la ansiedad anticipatoria y las dudas sobre el propio valor personal. La identidad deja de ser una etiqueta heredada (hijo/a, estudiante, nieto, hermano…) y comienza a transformarse en una construcción consciente. Y construir implica atravesar momentos de desorganización interna. Surge entonces la preocupación por la huella que queremos dejar y la expectativa de vida comienza a tensarse conforme nos alejamos de la guía de nuestros padres. Desde ese punto, cuando sentimos que ahora solo somos nosotros quienes tomamos las decisiones, aparece el temor de equivocarnos.
Inestabilidad emocional: cuando la ansiedad se vuelve constante
Una de las características más frecuentes de la crisis de los veinte es la sensación de inestabilidad emocional. Nada parece suficiente porque sentimos que “debemos lograr más”. Observamos los caminos que otros han recorrido y nos preocupa no saber cómo caminar el nuestro, al punto de sentirlo incluso ajeno. Dudamos de lo que queremos frente a lo que creemos que deberíamos estar haciendo. No se trata necesariamente de un trastorno clínico, pero sí de una mayor vulnerabilidad psicológica.
Es común experimentar:
- Ansiedad persistente sobre el futuro.
- Insomnio provocado por pensamientos rumiantes.
- Cambios de ánimo ligados a decisiones laborales o afectivas.
- Sensación de vacío o falta de propósito.
- Miedo intenso a “quedarse atrás”.
Esta ansiedad suele estar vinculada a la desesperanza que genera la incertidumbre prolongada. El cerebro humano busca predictibilidad para sentirse seguro. Cuando el futuro parece difuso e incierto, se activa un sistema de alerta constante.
Vivir en estado de alerta emocional desgasta.
A diferencia de otras generaciones, los jóvenes actuales no solo compiten en el mundo físico, sino también en el digital. En redes sociales vemos demasiado y sentimos muy poco, lo que puede generar un vacío interno. La narrativa personal se vuelve más severa cuando comparamos nuestra vida con la de otros que, a nuestra misma edad, parecen más exitosos. Así se internaliza el mensaje de: “si todos pueden, ¿por qué yo no?”.
La autoexigencia sostenida erosiona la estabilidad emocional porque convierte cada decisión en una prueba del valor personal. El error deja de ser aprendizaje y se transforma en amenaza identitaria. Muchos jóvenes incluso descubren que la carrera elegida en la adolescencia no coincide con su identidad adulta, lo que puede generar culpa, vergüenza o sensación de tiempo perdido.
Psicológicamente, este conflicto activa lo que se conoce como disonancia cognitiva: la tensión entre lo que “debería ser” y lo que realmente se siente.
Dejamos de sentirnos suficientes y nos castigamos constantemente por no ser lo que creemos que deberíamos ser. Nos valoramos menos porque queremos más. Cuando la validación externa —éxito profesional, pareja estable, independencia económica— se convierte en el principal indicador del valor personal, la autoestima se vuelve frágil y condicional.
Atravesar la crisis de los veinte no significa evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo sin perder el equilibrio. Es posible sentir miedo y entusiasmo al mismo tiempo; las emociones contradictorias forman parte del crecimiento. También es importante recordar que la vida no es una carrera en la que debemos llegar primero. Cada persona avanza a su propio ritmo y llega a su propio tiempo.
La crisis de los veinte no es una señal de fracaso; es una evidencia de que la identidad está en evolución. La estabilidad emocional no significa ausencia de dudas, sino la capacidad de sostenerlas sin desmoronarse. Crecer implica atravesar periodos de incertidumbre. La adultez no comienza cuando todo está resuelto, sino cuando aprendemos a tolerar lo incierto sin perder nuestra coherencia interna.
Como dijo el director, guionista, productor y novelista mexicano, Guillermo del Toro, en una conferencia en la UDG:
“Y están en la edad exacta de la desesperación, o sea, nunca me sentí más viejo y más acabado que a los veintitantos, decía yo, ya valió madre, ya me pasó la vida y no hice nada, es por eso que estoy aquí, para decirles no, y tienen un chingo de tiempo”
No estás roto(a).
Estás creciendo.