
Beatriz Pelayo Aréchiga – Docente del Doctorado en Campus Guadalajara
Hay una imagen que no abandona a quien ha estado frente a un grupo. No importa si son niños de primaria o adultos en posgrado: el momento en que alguien entiende algo —de verdad, no de memoria— es inconfundible. Los ojos cambian. El cuerpo se acomoda distinto. Algo se enciende…
Ese instante es el núcleo de todo lo que llamamos educación. Y hoy, ese instante está en riesgo.
El aula en el filo de la historia
México le pide a sus docentes algo sin precedentes: enseñar el futuro a quienes aún batallan con el presente. Las pruebas PISA no mienten —ni tampoco lo hace cualquier maestro que ha pedido a sus alumnos leer un párrafo y comprobar si realmente lo comprenden—; lo mismo ocurre con el pensamiento lógico-matemático. La brecha no es anécdota ni pesimismo: es un dato. Y los datos, a diferencia de las opiniones, no negocian.
Ahí reside la primera paradoja que define a la educación mexicana de hoy: se le exige navegar a la velocidad de la inteligencia artificial mientras una fracción significativa de sus estudiantes aún no ha consolidado la comprensión lectora y, por ello, el pensamiento crítico. Es como pedirle a alguien que pilote un avión sin haberle enseñado a leer el altímetro.
La brecha no espera
Cada profesional de la educación —sin importar nivel, modalidad ni disciplina— enfrenta una responsabilidad que pocas vocaciones pueden reclamar con semejante urgencia: evitar que las desigualdades se reproduzcan dentro del aula. La obligación es activa, casi quirúrgica: detectar, intervenir, nivelar.
Esto no es romanticismo pedagógico. Es reconocer que una brecha educativa no resuelta en primaria se convierte en un abismo en la universidad y en una fractura social una década después.
El mayor privilegio del siglo
Ser docente hoy es, sin exageración, uno de los roles más complejos que la civilización ha producido. Y también uno de los más decisivos.
En las manos de cada docente descansa algo que ningún banco central, ningún algoritmo y ningún gobierno puede fabricar: la forma en que una generación entera aprenderá a pensar. No qué pensar, sino cómo pensar.
Eso es poder. Y, como todo poder real, viene sin manual de instrucciones, con escaso reconocimiento público y una responsabilidad que no se delega. El reto es monumental. El privilegio, también.
Lo que los algoritmos no pueden dar
En el debate sobre tecnología y educación hay una trampa elegante: suponer que el problema es de herramientas. No lo es. Un estudiante sin pensamiento crítico, pero con acceso a inteligencia artificial, no se vuelve más inteligente; se vuelve más eficiente en sus errores.
Por eso, las human skills —empatía, comunicación, resolución de conflictos, colaboración, resiliencia— no son un complemento opcional al currículo: son su columna vertebral. Ningún modelo de lenguaje reemplazará la capacidad de un ser humano de hablar en público, sostener una conversación difícil o levantarse después de un fracaso.
Desarrollar estas habilidades es, en este momento histórico, tan urgente como enseñar a sumar.
De habilidades «blandas» a power skills
Hubo un tiempo en que llamábamos «blandas» a las habilidades más difíciles de desarrollar. Empatía, liderazgo, comunicación, inteligencia emocional, pensamiento crítico aplicado. El adjetivo era una condescendencia: sugería que eran accesorias, decorativas, prescindibles frente al conocimiento técnico.
El mundo laboral ya corrigió ese error —y lo hizo con datos.
El Foro Económico Mundial estima que para 2027 desaparecerán 83 millones de empleos, mientras emergerán 69 millones nuevos. La mayoría exigirá algo que ningún algoritmo domina del todo: la capacidad de decidir con criterio ético, liderar en la incertidumbre y construir relaciones de confianza en contextos complejos.
A eso hoy se le llama power skills. Y la diferencia con el concepto anterior no es solo semántica.
Las human skills describen el qué. Las power skills, el cómo y el para qué. No basta con ser empático; hay que traducir esa empatía en decisiones concretas que transformen realidades.
Son, en términos precisos, habilidades blandas con resultados duros.
El punto donde la educación se define
Aquí es donde la educación se juega su relevancia más profunda. Una institución que únicamente transmite conocimiento forma trabajadores. Una que desarrolla power skills forma líderes.
La UNIVA eligió hace más de seis décadas el segundo camino.
Su modelo de formación integral no trata las habilidades humanas como un anexo curricular; las coloca en el núcleo. Desde la preparatoria hasta los posgrados, la propuesta es consistente: el conocimiento técnico tiene fecha de caducidad; el carácter, no.
El docente como ecosistema
Hay una exigencia que pocas profesiones concentran con tal intensidad: el docente no solo enseña contenidos. Enseña, al mismo tiempo, a cuidar el planeta, a cuidarse a sí mismo, a ser ciudadano, a pensar y a vivir con integridad.
El aula de Matemáticas también enseña a tolerar la frustración. La de Biología puede despertar conciencia ambiental. La de Historia puede definir el tipo de ciudadano que alguien decide ser.
No es una carga adicional. Es la naturaleza real del oficio.
Una institución que lo entendió antes
En 1962, un sacerdote jalisciense regresó de España con una certeza incómoda: la educación transforma sociedades, y México necesitaba más y mejor de ella. Así nació la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), hoy presente en once ciudades.
Lo que la distingue no es un eslogan, sino un modelo. Su pedagogía interactiva sitúa al alumno como protagonista de su formación. Su propuesta es clara: desarrollo integral del ser humano en todas sus dimensiones.
La UNIVA no forma graduados. Forma ciudadanos que saben pensar, líderes que sirven y profesionistas que transforman.
¿Quieres saber más sobre la propuesta educativa de la UNIVA? Visita univa.mx