EN BUSCA DE LA TRASCENDENCIA

Luis Alfonso Osorno Montes «El Oso» – Coordinador de Procesos Académicos en Ciencias Exactas e Ingenierías, UNIVA Guadalajara

La mayor tragedia de la universidad no es la falta de conocimiento, sino la renuncia silenciosa a formar a quienes deben buscarlo. La vida humana no se agota en existir. El ser humano está llamado a trascender. No estamos aquí solo para cumplir funciones, ocupar espacios o transitar rutinas. Existe en cada persona una posibilidad más alta: trascender. La trascendencia comúnmente es apreciada como algo lejano o extraordinario. Sin embargo, se encuentra en lo más próximo a nosotros, toda vez que adquirimos la capacidad de dar sentido a lo que se hace, de elevar la propia vida mediante decisiones conscientes, orientadas por la verdad y sostenidas en el tiempo. Así pues, no se trata de hacer más cosas, sino de hacer las cosas que nos toca hacer con profundidad, con dirección, con intención.

En el entorno universitario, el papel del maestro no se limita a la transmisión de contenidos, sino que implica la activación de un proceso formativo orientado hacia la verdad y el ejercicio adecuado de la libertad. Sin embargo, cuando los docentes nos manifestamos inmanentes, nos vemos envueltos en una de las prácticas más silenciosas que aniquilan el espíritu universitario. Docentes que poseen conocimiento, experiencia, carácter y capacidad para ser verdaderos maestros… pero eligen no ejercer plenamente ese papel. Cumplen, están presentes, cubren horarios, avanzan contenidos. Es decir, no fallan en lo técnico ni en lo administrativo, pero se detienen antes de lo esencial. Evitan el conflicto, evitan exigir, evitan involucrarse más allá de lo mínimo necesario. Todo está ahí, pero no se activa.

La inmanencia, en este caso, no es una virtud, sino una forma de omisión. El conocimiento no compartido, la exigencia no planteada y la guía no ofrecida generan un vacío estructural. El aula sigue existiendo, los contenidos están disponibles, pero el proceso formativo pierde dirección. El maestro no desaparece, pero tampoco orienta. Esta forma de inmanencia no genera un colapso inmediato. Las clases continúan, los programas se cumplen, las evaluaciones se aplican. Pero, poco a poco, el entorno comienza a cambiar. Cuando no se impulsa la búsqueda de la verdad, cuando no se orienta el uso de la libertad, el espacio pierde dirección. Entonces, tras aniquilar la búsqueda de la sabiduría, aparece el nihilismo como una manifestación de la vida cotidiana y, entonces, nada parece tener un valor real; todo da lo mismo, cualquier esfuerzo parece equivalente a otro.

En un ambiente así, los estudiantes dejan de buscar comprender. Se conforman con cumplir. Ya no preguntan para saber, sino para resolver. Ya no estudian para entender, sino para aprobar. La libertad se reduce a elegir entre hacer o no hacer, sin un criterio que dé sentido a la elección. Y donde no hay verdad que buscar ni justicia que practicar, la libertad deja de ser un ejercicio responsable y se convierte en una reacción mecánica al sistema.

Con el tiempo, esta condición se vuelve más profunda. No solo afecta lo que se hace, sino cómo se vive. Aparece la anhedonia como el resultado de que la universidad ha dejado de ser el templo de la sabiduría, el espacio de descubrimiento, crecimiento y entusiasmo intelectual, para volverse plana. Los estudiantes cumplen, pero no disfrutan. Avanzan, pero no se sienten motivados. Por su parte, los docentes repiten, evalúan, concluyen… pero sin experimentar el sentido de formar. El

resultado acumulativo de una crisis silenciosa e invisible. Sin ruptura evidente, pero con una pérdida progresiva de vida en el interior de las personas que integran el sistema.

Ocurrió una vez, en un pueblecito ordinario, que la comunidad vivía gracias a un gran reloj que marcaba los tiempos de siembra, trabajo y descanso. Los encargados del reloj conocían perfectamente su mecanismo. Sabían calibrarlo, ajustarlo y mantener su precisión. Pero, con el paso del tiempo, dejaron de hacerlo con cuidado. No porque no supieran, sino porque parecía innecesario. Y el reloj seguía funcionando.

Al inicio, nadie notó la diferencia. Pero, poco a poco, el reloj comenzó a desfasarse. Las horas dejaron de coincidir con la luz del día, los ciclos se alteraron y las decisiones comenzaron a tomarse sin referencia clara. Algunos sembraban antes de tiempo, otros demasiado tarde. Cada quien actuaba según lo que creía conveniente. Y, con el tiempo, ocurrió lo inevitable: la comunidad dejó de confiar en el reloj. Pero ya les importaba tan poco, que tampoco lo sustituyeron. Ya estaban acostumbrados a actuar sin planificar. Hacían lo necesario para sostenerse, pero ya no buscaban mejorar. Se sentían seguros porque el ritmo de vida continuaba.

Hasta que uno de los encargados decidió intervenir. No cambió el reloj por otro. Lo ajustó. Volvió a calibrarlo con precisión y comenzó a enseñar a otros acerca de su funcionamiento. Poco a poco, la comunidad recuperó la referencia. Las decisiones dejaron de ser arbitrarias. Volvieron el orden y las acciones con sentido.

La búsqueda de la sabiduría, a través del descubrimiento de la verdad, es un ejercicio intelectual que conlleva la transformación profunda del individuo. De tal manera que la solución de la crisis no se encuentra en la crítica persistente ni en el rechazo continuo de los beneficios que ofrece el entorno universitario. Tampoco se trata de imponer más control ni de saturar de contenido. La meta es volver a lo esencial: la búsqueda de la verdad. Cuando la verdad se coloca nuevamente al centro, la sabiduría se convierte en una meta, la libertad deja de ser arbitraria y se convierte en una herramienta para ejercer la justicia. Y cuando estas coincidencias se presentan, el único camino posible es el de la trascendencia a través de la práctica cotidiana.

Mis amigos, la transformación no ocurre en un momento aislado. Se construye con la repetición de actos coherentes: exigir con sentido, orientar con claridad, involucrarse con intención. Así como lo consiguió el relojero, poco a poco podremos apreciar que el entorno cambia. Donde había indiferencia, aparece interés. Donde había cumplimiento mecánico, surge comprensión. Donde había vacío, vuelve el sentido.

La misión del maestro es salir de la inmanencia, romper el nihilismo y superar la anhedonia. Es comprender que no es un proceso abstracto. La misión del maestro radica en tomar una decisión práctica: elegir ejercer lo que se es capaz de ser. Es asumir que formar va más allá de enseñar y se ubica en invitar a despertar.

Y en ese acto, discreto pero constante, comienza la verdadera trascendencia.

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