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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Por casi quinientos años la Compañía de Jesús ha acompañado el desarrollo del planeta Tierra sin que hubiese obstáculo geográfico, cultural, económico o político que se lo impidiera. Si en vida de Ignacio de Loyola, Francisco Javier llegó a la India y de ahí hasta China, frente a cuyas costas murió, a comienzos del siglo XVII Antonio de Andrade ya había subido a las elevadas cumbres del Tíbet, el primer occidental en hacerlo, luego de dos increíbles años de viaje. Mateo Ricci y Diego de Pantoja, llegarán hasta la mismísima Ciudad Prohibida de Pekín por esos mismos años, mientras otros colegas suyos exploraban el mundo perdido del Iguazú.

Indiscutidos campeones de la educación, por lo menos hasta el surgimiento de la “Didáctica Magna” de Komenski, sus colegios y universidades fueron sembrando instituciones de cultura y pensamiento por todos los caminos explorados del imperio español, primero, y luego de todos los demás imperios y reinos, en los cinco continentes.

La Compañía de Jesús, siempre marcada por su empeño en dialogar y aún convertir al mundo entero, será igualmente significada por su audacia a la hora de inculturar la fe, o de facilitarla para sociedades en crisis, como fue el caso francés, durante el siglo XVIII, o los muchos casos en los convulsionados tiempos actuales.

Otro de sus notables éxitos ha sido el cúmulo de enemigos de alto rango que han sabido cosechar a lo largo del tiempo, enemigos tan tenaces y encarnizados que los expulsarán de medio mundo y no descansarán hasta lograr que los extinguieran como congregación religiosa, escabroso asunto que llevó a cabo un Papa al que llamaban “Clemente”.

Restituidos por otro Pontífice, que sí lo era, aunque se llamaba Pío, pudieron recuperarse gracias a que dos monarcas, el uno luterano y el otro ortodoxo, habían mantenido a la Compañía de Jesús incólume en sus respectivos territorios. Si para el rey francés, Enrique IV, París bien valía una misa, para estos monarcas, la notable obra educativa de los jesuitas bien valía preservar la Compañía.

Educadores y formadores de la conciencia de las altas clases sociales, igual trabajo desempeñaron, sobre todo, entre las comunidades indígenas de América, pobres y marginadas, ya desde el siglo XVII. No obstante, es a mediados del siglo XX que se volcarán muy decididamente hacia las periferias existenciales de medio mundo, luego de retozar por más de medio siglo en las periferias teológicas, otro de sus específicos gustos que siguen conservando, incluso produciendo en su mismo seno corrientes contrapuestas.

En nuestro país fueron igualmente audaces en la exploración y establecimiento de misiones en el norte, fundaciones que hoy son patrimonio de nuestra historia. Todavía conservan varias de ellas, como fue público y notorio luego de la tragedia lamentable ocurrida en Cerocahui, donde la Compañía realiza labores integrales de pastoral.

Otro de los frutos cosechados, ya desde el mismo siglo XVII, fue su capacidad para inspirar el sentido del humor, lo cual ha originado todo tipo de dichos, anécdotas, e historietas que hablan de los diversos carices de la Compañía, sea para insinuar, remarcar o denigrar tales o cuales aspectos no comprendidos o demasiado entendidos de esta singular congregación.

El pasado 31 de julio se cumplieron 466 años de la muerte de su fundador, en Roma, desde donde ahora un jesuita gobierna a la Iglesia.

 

Publicado en El Informador del domingo 7 de agosto de 2022

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