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EL PODER DE LA INDIVIDUALIDAD

Fabiola Berenice Galaviz Ruiz – Estudiante de la licenciatura en educación Online.

El sentido de la individualidad no proviene del egoísmo, de la falta de empatía o de la poca colaboración, sino de un sentido de autonomía y autosuficiencia. Cuando perdemos esa individualidad, el ser humano pierde también un objetivo certero respecto a aquello que le da bienestar. Priorizarse como individuo tiene un alto impacto en el desarrollo personal. Podemos ser madres o padres de familia, amigos, hijos, esposos, ejercer cualquier profesión; pero el papel más importante es ser “yo”. ¿Quién eres tú? ¿Qué hace Fabiola en sus roles diarios que le permite sentirse plena? ¿Qué de lo que hacemos nos hace sentir plenos y felices?

En los entornos cotidianos, muchas de nuestras rutinas son necesarias, impuestas o elegidas; pero, en medio de esa monotonía, a menudo nos olvidamos de nosotros mismos para ser de los demás. Se olvidan gustos y necesidades; los proyectos se reescriben una y otra vez; las metas se postergan y los objetivos no se alcanzan. Ese ser multifacético deja de ser individual y se convierte en el proyecto de los otros, o adopta proyectos ajenos como prioridad. No se trata de que algo sea “bueno” o “malo”, sino de no olvidarnos de nosotros mismos: de ese sentimiento de logro, de aquello que nos da paz y nos brinda satisfacción personal.

Esta desconexión impacta directamente en nuestra salud física, emocional y psicológica. Perdemos identidad, disminuyen nuestras capacidades y surgen la desvalorización, la inseguridad y la baja autoestima. Esto puede desencadenar sentimientos de vacío, ansiedad y depresión. Estas conductas autodestructivas, muchas veces inconscientes y poco visibles desde nuestra propia perspectiva, nos llevan a un grado de infelicidad y a la supresión de emociones. Adoptamos gustos y personalidades ajenas de manera normalizada, hasta que la esencia del ser parece inexistente. Ya no queda esa personalidad única que nos identificaba, que generaba autenticidad, esa conexión profunda con la pasión por hacer, desde lo más simple hasta lo más complejo.

Pareciera que, desde cierto punto, ya no hay retorno en el reencuentro con uno mismo. Pero no es así. Este es el poder de la individualidad: reconocer que ya no estás bien contigo, aceptar que en ese reconocimiento habrá luces y sombras. Es la catarsis perfecta que llega en ese momento incómodo y duro de tomar decisiones, decisiones que dependen del grado de conciencia de cada persona. Es el alma

gritando, recordándonos nuestra capacidad de pensar, de sentir, de crear. Escúchate, conócete, encuéntrate. Regresa a aquello que hacías con fervor y amor. No estás excluyendo a los demás de tu vida; estás aprendiendo a ser feliz para ti y para ellos.

Experimenta cosas nuevas. Lee ese libro. Usa esa ropa que tanto deseas. Ríe, pero ríe a carcajadas. Estudia esa maestría. Ve por tus sueños. Mira televisión si así lo quieres, pero vive. Vive plenamente. La vida se va en un instante. No somos eternos, pero sí podemos ser inolvidables. Sonríe: que tu satisfacción personal provenga de tus intereses, tus afinidades y tu voluntad de actuar.

Dios nos hizo a su imagen y semejanza; es decir, nos dotó de cualidades y capacidades, de razón y conciencia, de libertad para elegir… y para elegirnos.

En una atmósfera donde predomina el excesivo amor a uno mismo sin consideración por los demás, y donde la solidaridad colectiva se ve afectada por la exclusión social, la sociopatía, el narcisismo y el falso empoderamiento debilitan la validez de un individualismo “sano” o positivo. Un individualismo donde exista corresponsabilidad afectiva y social en la búsqueda de la independencia y el crecimiento personal. Si logramos esto, sin caer en extremos como el socialismo o el comunismo, podríamos tener personalidades más capaces, que contribuyan a la sociedad de manera más armoniosa, integral y psicológicamente saludable, con sentido de pertenencia y con la posibilidad de desarrollar el increíble potencial de cada persona y su autorrealización, viendo esto como un derecho inalienable y no como una ideología.

Busquemos ese equilibrio que integre la importancia del individuo y de la sociedad: una vida plena y justa. Aprendamos que el fracaso no está en lo que no realizamos, sino en lo que hacemos sin corazón. Que cada situación la enfrentemos desde la integridad y el autoconocimiento; que nuestros propios ojos nos recuerden que somos capaces de lograr aquello que buscamos; que no dudemos de que la vida nos ofrece oportunidades únicas. Aprovechemos cada instante, porque aún nos queda mucho por sentir. Querer es poder, pero creer es alcanzar: la fe impulsa la acción. No te olvides de ti ni de tu deseo personal.

Comunicación Sistema UNIVA

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