
Octavio Humberto Molina Herrera – Coordinador de desarrollo integral
Desde antiguo, el vino ha sido una de las bebidas más valoradas en las civilizaciones, de modo que su presencia en acontecimientos como festividades, encuentros y hasta luchas lo lleva a posicionarse como un elemento que va más allá de una mera bebida. Es entonces que el vino, desde su aparición en la historia de la humanidad, ha acompañado a la misma en distintos escenarios y tiempos, conformando inclusive identidades como las que se hacen notar en la mitología grecolatina. Es en ese contexto donde el vino también formará parte de la cultura del pueblo hebreo y, al formar parte de esta sociedad, es comprensible que se encuentre en los escritos bíblicos con diversos matices y significados.
En el Génesis ya se hace presente una de las primeras menciones del vino, esto con Noé, quien al bajar de la barca “plantó la primera viña”; luego de que esta diera su producción, el mismo sembrador tomaría el vino, dando pie al primer “ebrio” del que se hace alusión en la Biblia. Con lo anterior ya se pone de manifiesto que el vino no solo es una mera bebida, sino que sus efectos llevan a estados de alteración. Más adelante, en otro libro de la Biblia que forma parte del denominado Pentateuco, aparecerá un consejo sobre el vino. Según el libro del Levítico (10, 9), el Señor, a modo de mandato, le dice a Aarón que ni él ni sus hijos han de beber vino cuando se dispongan a ingresar a la Tienda (lugar de encuentro entre Dios y los sacerdotes).
En uno de los libros proféticos, como lo es Isaías, el profeta hace alusión a unos líderes religiosos de ese momento que, al tomar, “se tambalean por el licor, se atontan por el vino” (Is 28, 7); de nuevo, el autor sagrado alude a una experiencia de embriaguez por parte de quien se excede con el vino.
Desde su color, proceso de elaboración y sus efectos, el vino fue adquiriendo un sentido referencial y simbólico a nivel sociocultural y espiritual. De modo que el vino en la Biblia comenzaría a ser símbolo de felicidad, de consuelo y curación o sanidad, de abundancia e incluso de sangre o sacrificio. En dos de los libros del Antiguo Testamento se alude a la pisa de la uva, misma que se vincula con la festividad de los Tabernáculos y que daba fin al ciclo agrícola, relacionada con la alegría y el agradecimiento. En el libro del Cantar de los Cantares se menciona la llegada de la temporada en la que la viña se encuentra dispuesta para la cosecha (Ct 2, 13). En Jeremías, al acabarse el vino, se señala como el acabarse la felicidad y la alegría: “Se han acabado la alegría y el júbilo en los huertos de Moab; he hecho agotarse el vino en las cubas, ya nadie pisa la uva cantando con alegría” (Jer 25, 33).
En esa misma tónica, el vino asociado a la alegría es uno de los usos más empleados en la tradición bíblica, así se deja ver en uno de los Salmos: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15). A su vez, el vino torna los ambientes festivos en oportunidad donde Dios actúa, pues al ser este una bebida infaltable en las celebraciones, la carencia del mismo podría aminorar el ambiente festivo y dejar en ridículo a los anfitriones, tal cual lo deja ver el Evangelio de Juan, donde en unas bodas Jesús se ve casi forzado a remediar la falta de vino: “Tres días después, hubo una boda en Caná de Galilea; la madre de Jesús estaba invitada. También lo estaban Jesús y sus discípulos. Se les acabó el vino, y entonces la madre de Jesús le dijo: ‘No les queda vino’” (Jn 2, 1-3).
Pero el vino no siempre es fuente de felicidad en la Biblia, pues señala lo efímero que puede ser esta felicidad y el riesgo que de su exceso se sigue: “El vino añejo y el nuevo hacen perder la razón” (Os 4, 11). Más tarde, el apóstol Pablo realizará una analogía del vino con lo espiritual, en la que refiere
que, más que buscar la satisfacción con el vino, conviene buscar lo espiritual, es decir, el vino del Espíritu, pues sus efectos no solo son beneficiosos, sino además eternos: “No se emborrachen con vino, que lleva al libertinaje; al contrario, llénense del Espíritu” (Ef 5, 18).
El vino, para la cultura judía, fue adquiriendo también un carácter medicinal, como una especie de analgésico, pues aminoraba el dolor. Así lo deja ver Marcos en el relato de la pasión, donde a Jesús le dan una mezcla de vino y mirra: “Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó” (Mc 15, 23). Dentro del uso medicinal que al vino se le fue dando, además de mitigar el dolor, también se vio en el mismo un remedio para heridas y males estomacales, así lo recomienda Pablo a Timoteo en la misma epístola: “No bebas agua sola; toma un poco de vino, debido a tus frecuentes malestares estomacales” (1 Tim 5, 23). El Evangelio de Lucas, en la parábola llamada del “buen samaritano”, narra la forma en la que el personaje, precisamente al encontrarse con el hombre herido, cura sus heridas con el producto de la viña: “Se acercó y le vendó las heridas después de habérselas limpiado con aceite y vino” (Lc 10, 34). El vino no solo poseía esa capacidad de sanar físicamente, sino también de sanar lo interior, lo emocional y lo espiritual: “Tú, Señor, me das más alegría que si tuviera trigo y vino en abundancia” (Sal 4, 8).
Por último, se puede destacar el carácter sacrificial que posee el vino, pues en la cena de despedida que tiene el Señor Jesús con sus amigos, el vino se convierte en signo de su sangre: “Tomó luego el cáliz y, después de dar gracias, lo dio a los discípulos, diciendo: ‘Beban todos de él, porque esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados’” (Mt 26, 27-28).
Con todo, el vino en la Biblia ha tenido una carga simbólica de mayor profundidad que la que en este breve trabajo se ha presentado; no obstante, la intención del mismo ha sido ubicar cómo una bebida proveniente de la vid adquiere diversos significados en distintos momentos o escenas de las Sagradas Escrituras. Sin duda, se puede llegar a afirmar que el vino se ha insertado en las culturas bíblicas y en el cristianismo, pues el mismo Señor Jesús resignifica la forma de percibir el vino, a tal grado de ver en él la donación generosa de su sangre.