
José Manuel Jiménez González – Coordinador de Formación Espiritual
A lo largo de la historia de la salvación, el pueblo elegido por Dios ha establecido alianzas con Él, no por iniciativa propia, sino como fruto del amor gratuito con el que el Señor sale al encuentro de sus hijos. Estas alianzas, firmes y estables por parte de Dios, no siempre han sido correspondidas de igual manera por la humanidad, que, a causa del mal uso de su libertad, las ha transgredido. Sin embargo, cada ruptura ha sido sanada por Dios, quien permanece como garante fiel de su promesa.
Este dinamismo, presente a lo largo de la Sagrada Escritura, conforma un ciclo espiritual que incluye los elementos clamor (petición) — alianza (berit) — cumplimiento (ley) — ruptura (pecado). Dicho ciclo no solo aparece como una estructura lógica de la relación entre Dios y su pueblo, sino también como una experiencia interior de la persona en su encuentro con el Señor.
La estabilidad de este ciclo puede llevar a la humanidad a no percibir con claridad la manera de romperlo. En este punto, es el mismo Hijo de Dios quien revela el camino: el proceso de conversión. Jesús nos invita, en los evangelios, a emprender un cambio profundo que inicia con un encuentro personal con Él y continúa con la búsqueda constante de la santidad, quitando poco a poco todo aquello que impide una comunión plena y estable con Dios.
Por ello, la conversión se vuelve un elemento esencial para restablecer la alianza, no porque esta dependa del mérito humano, sino porque dispone el corazón para recibir la gracia divina. La gracia actúa con mayor fecundidad cuando el creyente se abre a ella. Así lo afirma Yahvé: «Por mi vida —oráculo del Señor Yahvé—, yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva» (Ez 33,11).
Este proceso de renovación interior requiere también de signos visibles que expresen la actitud del corazón. En este sentido, la liturgia propone la imposición de la ceniza como signo de disposición personal y como gesto penitencial con raíces en el Antiguo Testamento. La ceniza expresaba contrición, arrepentimiento, penitencia, conversión y súplica. Con el tiempo, este signo adquirió un significado más profundo: reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que solo pueden ser redimidas por la misericordia de Dios.
La Iglesia conserva este gesto no como una práctica meramente exterior, sino como signo de la sincera actitud penitencial a la que todo bautizado es llamado en el itinerario cuaresmal. La marca visible de la ceniza, al inicio de este camino, ayuda a comprender que, por valiosos que sean los propósitos personales, siempre se requiere la ayuda de la gracia, que únicamente Cristo puede otorgar.
La cruz, signo de identidad de los creyentes, manifiesta la voluntad de recorrer un camino unido al Señor. La práctica de trazar la cruz en la frente encuentra su fundamento en el libro de Ezequiel, donde Dios ordena a su mensajero (ánggelos) marcar con la Tau (Tav) —que en el alfabeto antiguo tiene la forma de una cruz— la frente de quienes pertenecen a su pueblo, como signo de benevolencia y protección (Ez 9,3-4).
Esta tradición, heredada por la Iglesia, recuerda al ser humano la finitud de su existencia y la necesidad de volver a Dios, su fuente, su principio y su fin. Asimismo, impulsa a asumir la
responsabilidad por los propios actos y por las consecuencias que dañan la relación consigo mismo, con los demás y con Dios. De este modo, la Cuaresma se convierte en un tiempo propicio para evaluar la propia vida, crecer en generosidad y promover el bien común con un compromiso renovado.