
Luis Tercero Gutiérrez Bribiesca – Egresado en Derecho de UNIVA La Piedad
Este año 2026 se cumplen cien años desde que México fue atravesado, en su esencia más sensible, por una reforma al Código Penal para el Distrito Federal, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 2 de julio de 1926. Su principal modificación consistió en desterrar todo acto religioso; por lo tanto, no se podía realizar ninguna manifestación de fe en público. En el artículo 18 se establecía que no se podía portar ningún distintivo que hiciera alusión a la fe en espacios públicos —por lo que nadie podía llevar una cruz en el pecho—, y mucho menos que los sacerdotes salieran a las calles con sotanas u ornamentos para celebrar misa. Fue brutal esta “Ley Calles”.
La Guerra Cristera no fue únicamente un conflicto armado ni una disputa jurídica entre el Estado y la Iglesia; fue, ante todo, una defensa espiritual y filosófica en la que se enfrentaron dos reinos: el reino terrenal, que exige obediencia absoluta a la ley humana, y el Reino Celestial, que reclama la conciencia incluso cuando esa fidelidad conduce al sufrimiento y a la muerte. En ese conflicto se alza la figura y la voz potente de San José Luis Sánchez del Río, no como un recuerdo piadoso ni como un episodio romántico, sino como un testimonio incómodo para cualquier época que pretenda domesticar la fe.
José, llamado con ternura Joselito, tenía apenas catorce años. No era de gran casta, ni hijo de personalidades influyentes; no era un estudioso ni mucho menos un teólogo. Era solo un joven que, educado por sus padres, vivía su juventud sin mayores pretensiones. Sin embargo, comprendió con claridad lo que muchos adultos evaden: que la vida solo encuentra sentido cuando se ordena hacia un fin último. Para él, ese fin estaba muy claro. Incluso cuando estalló la guerra, pidió permiso a sus padres para integrarse a las filas de las tropas cristeras, al igual que su hermano mayor.
La defensa de su fe era su mayor anhelo: luchar no contra alguien, sino contra la intención de negar a Dios y obligar a todos a negarlo. Aquello era inaceptable para este joven de decisiones firmes. Como es evidente —e imaginemos a una madre aceptando que su hijo se incorpore a un conflicto armado—, el permiso le fue negado tanto por sus padres como por el general cristero Prudencio Mendoza Alcázar. No obstante, sus grandes convicciones y su insistencia lo llevaron a integrarse a las tropas en tareas sencillas dentro de los campamentos, como alimentar a los caballos y realizar labores de limpieza, no directamente en los combates. Una de sus actividades públicas fue la de abanderado: marchar al frente del batallón portando la imagen de la Virgen de Guadalupe. ¡Qué gran honor!
Es ahí cuando el actuar de Joselito se vuelve gigantesco. Durante una marcha con el general Prudencio Mendoza, el caballo del general fue herido y cayó. En un acto de valentía, Joselito le entregó el suyo, diciendo: ¡General, usted es más importante que yo! Tome mi caballo y siga en la batalla. ¡Viva Cristo Rey!. Poco tiempo después, Joselito fue arrestado por soldados federales y hecho prisionero. Resulta profundamente significativo que fuera encarcelado en el bautisterio de la parroquia de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán, el mismo lugar donde había sido
bautizado. En el sitio donde nació como hijo de Dios, fue encarcelado por ser fiel a su identidad de hijo de Dios.
Uno de los puntos de la “Ley Calles” establecía multas de quinientos pesos para quienes practicaran o portaran distintivos religiosos, y que, en caso de reincidencia, se aplicaría el arresto mayor o la llamada pena de segunda clase, un término jurídico de la época que no se definía con claridad. Dado que Joselito era ahijado de Primera Comunión de Rafael Picazo Sánchez, diputado y autoridad local, se acudió a él para buscar su liberación. La condición era sencilla: que el joven se retractara del lema cristero. Joselito se negó.
Tan grande fue su convicción que, al solicitar avisar a su familia, pidió escribir unas palabras. Podría pensarse que suplicaría rescate, pero ocurrió lo contrario. Bajo vigilancia de los soldados, escribió a su madre:
-Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba.-
José Sánchez del Río
En esta misiva se advierte que le preocupa más el dolor de su madre que su propio destino. Su fe no titubea ni un instante.
Tal fue el caso que los federales lo torturaron en un intento de “salvarlo” y además dar un escarmiento a los demás cristeros y por supuesto a todo el pueblo, como amenaza que de seguir con su levantamiento en contra de la reforma sucedería lo mismo a quien la vaya contra, es a tal grado que para lograr que Joselito abandonara a su Dios, le desollaron las plantas de los pies, y a cada acuchillada solo podía gritar ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!, una y otra vez, fue tan grande su convicción que no pudieron desanimarlo en su fe, y debemos recordar que es apenas un joven de 14 años, un joven que insisto, soportó tal maltrato físico; es tan monumental el dolor de pasar cuchillos por nuestros pies, que hasta el más valiente de nosotros se retractaría de su dicho, pero no, ¡él no!
La historia de Joselito se vuelve todavía más dolorosa cuando la persecución no proviene solo del sistema Estatal, sino de un rostro conocido y además familiar, su propio padrino Rafael Picazo Sánchez, diputado local quien era uno de los comandantes de las fuerzas
del Estado, por lo que en un intento de poder “ayudar” platica con su familia y solo eso pide, que apostate contra Dios, pero las fuerzas de este joven son fortísimas.
Mencionamos más arriba que la “Ley Calles” pedía el arresto mayor y las de segunda clase, ¿acaso es la tortura método de hacer cumplir la ley?, insisto que es feroz la implementación de esta reforma al código penal, porque no hay un parámetro de aplicación, y la única finalidad es que los arrestados apostataran e injurien su fe; por lo tanto, todo aquel, como Joselito, debe ser arrestado y obligado a ir en contra de su Creador, tratando de no llegar a otros escenarios.
No fue el caso de Joselito, este fue firme, jamás titubeó en su fe, justo por lo que sus padres le enseñaron, justo como hijo de Dios; es cuando se confirma la sentencia a muerte de Joselito, que pedida por su padrino Picazo manda ejecutarlo; es cuando le es anunciado a Joselito que va a morir, y no puede soportar las inmensas ganas de presentar nuevamente manifestaciones a su familia y sobre todo a su madre, pero no lo hace directamente, este joven es muy listo, sabe que puede ocurrir algo y decide mejor escribir a su tía, y quiero nuevamente citar textualmente:
Muy querida tía.
Estoy sentenciado a muerte. A las ocho y media llegará el momento que tanto he deseado. Te doy gracias por todos los favores que me hiciste tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribirle a mi mamá, tu si me haces el favor escribe también a María Luisa. Dile a Magdalena que conseguí con el teniente que me permitiera verla por última vez, y creo que no se negará a venir. Salúdame a todos y tú recibe como siempre y por último el corazón de tu sobrino que mucho te quiere y verte desea. Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera, ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!
José Sánchez del Río, que murió en defensa de su fe. No dejen de venir. Adiós.
Nuevamente, vemos el tino de este joven, podemos ver que jamás pidió ser rescatado, ni llevado a casa con su familia, más bien agradeció los favores y que más aún expresó que deseaba estar ahí, porque su momento había llegado, recordemos que una de las frases que dijo a su madre cuando pidió autorización para incorporarse a las fuerzas cristeras, fue nunca como ahora ha sido tan fácil ganarse el cielo, vemos, pues, que esta última carta es un mensaje momentáneo, es decir, está tan confiado en Dios, que solo pide verse por ultimas vez, (pide la comunión como viatico), pero no como una despedida, sino como un mensaje de que en algún momento, más adelante se encontrarán, lo mismo dice al final, que murió en defensa de su fe, no rinde ningún comentario contra sus verdugos, más bien los ve como ayuda para poder llegar a donde Cristo Vive.
El momento culminante de su martirio condensa toda la lógica del Evangelio, tras arrancarle la piel de las plantas de los pies, lo obligaron a caminar hasta el panteón, cada paso era una herida abierta, cada metro una oportunidad para renegar y salvar su vida, bastaba una palabra para terminar con el dolor, pero Joselito caminó, sin detenerse; y filosóficamente, ese trayecto es la imagen perfecta del seguimiento cristiano, no se camina hacia Dios sin heridas, no se sigue a Cristo por senderos cómodos, el camino de la fe atraviesa la carne; el miedo, la soledad y, a veces, la incomprensión de los propios; José Luis no caminó hacia la muerte sino que caminó hacia la fidelidad, siguiendo literalmente las huellas sangrantes de su Rey, aquel sendero de dolor fue su verdadera procesión triunfal.
Es ahí cuando estando frente a su fosa, desecho de sus pies, y después de haber caminado por toda la calle empedrada que entra al panteón de Sahuayo, le piden que se retracte, le piden que apostate; pero sin temer al más mínimo acto de los federales, es ahí cuando llegando al momento de encuentro con Dios, le apuñalan con una bayoneta, pero la fuerza de Joselito es impresionante, nunca dejó de gritar -¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!-, viendo los federales la gran fuerza del joven que continuaba con su fe al máximo, su padrino Rafael Picazo, ordena a Rafael Gil Martínez “El Zamorano” que terminara con su vida, disparándole en la cabeza, así terminando con su vida, siendo esto el día 10 de febrero de 1928, recordando que solo terminaron con su vida en la tierra, pero lo vieron nacer para vivir en el Reino de Dios.
Ni siquiera esa traición tuvo la última palabra, años después, Picazo moriría tras un enfrentamiento violento y, en sus últimos momentos, pediría a un sacerdote que lo confesara y solicitó el perdón de la Iglesia, el hecho no absuelve su responsabilidad histórica, pero abre una grieta luminosa en el relato, la misericordia de Dios alcanza incluso a quienes traicionaron, el mártir permanece fiel hasta el final, el perseguidor, al final, reconoce el Reino que negó, la justicia humana castiga; la justicia divina, si hay arrepentimiento, redime.
En la misma Cristiada aparece otra figura que ayuda a comprender la complejidad de estos dos reinos, el general Enrique Gorostieta Velarde, militar profesional, estratega brillante, comandante del Ejército Cristero, Gorostieta no fue mártir en el sentido espiritual como Joselito, pero fue indispensable en el plano de la estrategia, puso su inteligencia, disciplina y experiencia militar al servicio de una causa que trascendía la política, la defensa de la libertad religiosa y de la soberanía de la conciencia, mientras Joselito gana el cielo muriendo, Gorostieta vence organizando, uno ofrece la sangre, el otro el orden y la estrategia, ambos muestran que el Reino de Cristo se sirve de múltiples vocaciones y que Dios actúa tanto en la entrega silenciosa del mártir como en la acción estructurada del combatiente; paradójicamente, Gorostieta fue asesinado antes del final del conflicto, eliminado por el mismo Estado que sabía que, sin él, la resistencia perdería fuerza, así el Reino celestial conservó el testimonio, de Joselito y de muchos otros mártires
cristeros que si bien muchos son anónimos, su sangre alimenta la tierra de donde nacen más cristianos con demasiada fuerza como Joselito.
A cien años de la Cristiada, San José Sánchez del Río no nos llama a la revancha ni a la nostalgia armada, nos interpela con preguntas que siguen siendo actuales: ¿quién reina realmente en mi vida?, ¿qué estoy dispuesto a perder todo por no traicionar mi fe?, ¿reconozco que seguir a Cristo no siempre conduce al “éxito”, pero siempre da sentido? En una cultura que exalta la comodidad, el consenso y la renuncia silenciosa a las convicciones profundas, José Luis recuerda que seguir a Cristo Rey es un honor precisamente porque cuesta, porque exige coherencia y porque, a veces, implica caminar con los pies abiertos, al rojo vivo, su último aliento “¡Viva Cristo Rey!” no fue un eslogan ni un gesto desesperado; fue la confesión final de un joven firme en su fe, de que el reino del mundo pasa, pero el Reino de Dios permanece, y que elegirlo, incluso desde una caminata ardiente, vigilado además por militares, es la forma más alta de libertad.
Fue declarado beato por el cardenal José Saravia Martins en la ciudad de Guadalajara el 20 de noviembre de 2005 junto con otros 11 mártires mexicanos.
El 22 de enero de 2016, S.S. Francisco aprobó un milagro atribuido a la intercesión de José Luis, la curación de la niña Ximena Guadalupe Magallón Gálvez, una bebé mexicana que tuvo meningitis, tuberculosis, convulsiones y que sufrió un infarto cerebral.
José Luis Sánchez del Río, recibe la palma del martirio, impregnando la tierra al rojo vivo, nutriendo la vida cristiana, y celebrándose la fiesta el 10 de febrero.
¡VIVA JOSELITO!
¡VIVA CRISTO REY!
¡VIVA SANTA MARÍA DE GUADALUPE!