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Pensándolo bien – La esperanza dinámica

Pbro. Lic. Armando González Escoto ∙ Dirección de Publicaciones, Sistema UNIVA

La esperanza es la segunda virtud teologal de acuerdo a la doctrina cristiana, si bien la actitud que expresa es tan antigua como el ser humano, algo siempre tan vivo y actual que hasta los partidos políticos la convierten en su eslogan. En el frontispicio del Sagrario Metropolitano de Guadalajara está representada por medio de una escultura de cantera con forma de mujer sosteniendo una cruz, que por cierto hace mucho se le cayó y no ha sido restaurada.

En la mitología griega la esperanza es, de todos los males, el último en salir de la caja de Pandora, y en el pensamiento marxista se le asimila con la alienación. Griegos y marxistas consideraban que la esperanza era un mal en la medida que prolonga otros males con la falsa expectativa de que algún día se corregirán, algo a lo que podemos llamar esperanza pasiva.

Por el contrario, el mensaje de los tiempos de Navidad es justamente demostrar que no siempre la esperanza defrauda, que las expectativas humanas más profundas pueden colmarse, que Dios, para quién no hay imposibles, sí ha venido a nosotros, que el ser humano no está sólo en un universo infinito e inexplicable, pero que siempre debemos colaborar en la construcción de aquello que esperamos, es decir, tener una esperanza activa.

Esto significa que somos colaboradores de Dios en la creación cotidiana de la vida, que el esfuerzo humano por pequeño que pudiera parecer ante los grandes desafíos de la realidad, es condición indispensable para que finalmente las cosas sucedan.

Así mientras el estoicismo es una forma de atragantarse la frustración sin hacer gestos, y el ateísmo un desierto de desolación frecuentemente suicida, la esperanza cristiana es una permanente invitación al dinamismo, al esfuerzo de cada día, al optimismo realista que sabe esperar porque sabe colaborar, y espera porque sabe que no todo depende de él.

De esta manera el contraste entre un espléndido, luminoso y adornado árbol de navidad, y una “nacimiento”, radica en que el árbol habla de lo fantasioso e imaginario, de la ilusión que concluye un día antes de volverse basura,

mientras que el nacimiento recrea el realismo de un acontecimiento donde no hubo comodidades, lujos ni oropeles, sino el nacimiento de un niño en un establo, recostado en el comedero de las vacas, sin alfombras ni tapices, sólo tierra y paja, para expresar la máxima cercanía de Dios con las condiciones cambiantes y tantas veces dolorosas de los seres humanos.

Por lo mismo, un mensaje religioso que invita a las personas a olvidar sus preocupaciones invitándolas a pensar que Dios se hará cargo de todo, no es cristiano y sí altamente alienante, porque nos volvería irresponsables, traicionando el dinamismo que debe tener la auténtica esperanza.

Es por eso que el Mesías no bajó del cielo en medio de resplandores impactantes, se encarnó en el seno de una mujer y nació en la horizontalidad de nuestra historia, por así decir, a la altura de nuestra vista, al alcance de nuestra mano, para que viéndolo tan cercano descubriéramos a los demás, a los que a veces ignoramos dándonos todo tipo de razones para evitarlos.

La esperanza dinámica nos invita no solamente a creer que podemos transformarnos, sino a poner todos los medios a nuestro alcance para lograrlo, sabiendo que Dios hará su parte, y que en la medida que cada persona se transforme, se transformará también el conjunto de la sociedad. La certeza de este compromiso compartido, de esta auténtica esperanza es lo único que puede hacer felices estas fiestas, para que no sigan siendo un libreto repetitivo y hueco.

Armando González Escoto

armando.gon@univa.mx

 

Publicado en El Informador del domingo 21 de diciembre de 2025

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