
Bárbara Ximena Beltrán Martínez - Estudiante de Bachillerato
Hay despedidas que no se ven venir ni dan aviso. Algunas no solo duelen, sino que resuenan por años en quienes se quedan. No solo se pierde una vida: se quiebran muchas otras. Queda un silencio imposible de llenar, ni con palabras, ni con compañía, ni con el paso del tiempo.
Un sentimiento inexplicable de culpa, dolor y amor permanece siempre vivo, sin importar cuánto tiempo pase, en aquellas personas que tal vez lo dieron todo por estar ahí: una madre, un padre, un hermano o incluso un amigo. El suicidio nunca será un acto de cobardía, sino un grito silencioso y una profunda desesperación que nunca fue escuchada. Hablar del suicidio también implica hablar de quienes se quedan; el impacto en ellos es profundo, complejo y muchas veces invisible para los demás.
No solo pierden a alguien que amaban: esa pérdida viene acompañada de emociones difíciles de procesar y de un tipo de duelo muy distinto al de otras muertes. Por ellos también debemos alzar la voz: por quienes se quedan con las preguntas, las dudas, la incertidumbre, el dolor y el amor. Solemos olvidar a quienes, a pesar del dolor, siguen adelante: madres que perdieron hijos, hijos que perdieron padres, hermanos, parejas, amigos. Ellos también necesitan ser vistos, escuchados y acompañados. Nadie está exento de vivir una pérdida así.
A diferencia de otras formas de pérdida, el duelo por suicidio es más complejo. No solo duele la ausencia de quien se fue, sino la forma en que se fue. Deja cicatrices que no siempre se ven, pero permanecen: la culpa, las preguntas, el “¿y si…?”, el miedo de que vuelva a pasar con alguien más. Quienes enfrentan este tipo de duelo muchas veces lo hacen en silencio, porque sienten que nadie puede comprender lo que viven, especialmente porque cada despedida es diferente y cada duelo también lo es.
El suicidio suele estar rodeado de estigmas, lo que puede generar vergüenza o la sensación de no ser comprendidos. Esto solo refleja el tabú que existe alrededor del tema y lo que ello implica en cuanto a la salud mental. A muchas personas les cuesta hablar del suicidio; no es un tema habitual, pero eso no significa que no debamos hablar de él. Conocer sobre el suicidio nos permite entender y saber cómo acompañar a quienes viven este tipo de duelo. Una de las emociones más intensas que suelen experimentar es el sentimiento de rechazo, proveniente tanto del escrutinio social como de instituciones religiosas que mantienen prejuicios hacia estos actos.
Uno de los sentimientos más complejos y devastadores al inicio del duelo es la mezcla entre vergüenza, negación y enojo hacia el familiar que se suicidó. Esto puede surgir desde la impotencia ante la situación hasta el rechazo social. La negación impide ver o comprender con claridad lo que ocurre a nuestro alrededor en los días posteriores. Y el enojo, muchas veces irracional y frustrante, es igualmente humano. Vergüenza, negación y enojo son
sentimientos naturales, especialmente en situaciones tan impactantes como el suicidio. Aunque sean contrastantes con lo que se espera del duelo, deben permitirse y expresarse, porque más que incorrectas, son humanas: una forma clara de decir “siento”, “esto me afecta”.
Puede ser desconcertante sentir rabia hacia alguien a quien se amaba, pero eso no lo hace menos válido. El enojo, la negación, la tristeza, la culpa… todas son emociones humanas. En momentos tan extremos como el suicidio, sentirlas es una forma de gritar: “esto me duele, esto me marcó, esto también me cambió”.
El duelo por suicidio no debe juzgarse ni apresurarse. Cada persona lo vive a su manera, con sus propios tiempos y heridas. Lo importante es permitir sentir, hablar y acompañar. Porque cuando hablamos, también prevenimos. Cuando abrazamos sin juzgar, también sanamos. Y cuando escuchamos con el corazón, quizá logremos que alguien más se quede.
El suicidio no se lleva solo una vida: se lleva una parte de quienes amaban a esa persona. Pero también deja una oportunidad: la de mirar de frente al dolor, romper los silencios y construir espacios donde hablar sea seguro, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.
Honremos a quienes partieron, pero también a quienes se quedan con el corazón roto, aprendiendo cada día a seguir adelante. Acompañar, escuchar y abrazar sin juicio es quizás el gesto más valiente y necesario que podemos ofrecer.