
Héctor Manuel López Gómez – Coordinador comercial de UNIVA Online
A menudo pensamos que la economía es una montaña aburrida de números, gráficos y gente de traje hablando de asuntos incomprensibles. Pero, si rascamos un poco la superficie, descubrimos que, en realidad, es algo mucho más humano, casi como si estuviera vivo. En esencia, la economía es una interacción constante entre sujetos (nosotros, con nuestros deseos y planes) y objetos (los recursos que nos rodean).
Para entenderlo mejor, podemos concebir un sistema económico como un conjunto de sujetos y objetos cuyo propósito es satisfacer, del mejor modo posible, las necesidades más urgentes de las personas. El objetivo final de esta gran «sinfonía» no es que el PIB aumente porque sí, sino que tú, yo y nuestros vecinos podamos satisfacer aquello que nos resulta más apremiante. Para lograrlo, necesitamos coordinar esta interacción entre personas y recursos. Sin embargo, en el camino aparecen dos obstáculos monumentales que debemos aprender a sortear.
El doble laberinto: información e incentivos
Cualquier sistema, ya sea un pequeño pueblo o un país entero, debe resolver dos rompecabezas fundamentales para que la música no desafine:
1. El problema de la información: hay que decidir qué producir, cuándo hacerlo y de qué manera hacerlo con la mayor eficiencia posible. Es el reto de elegir la mejor opción entre innumerables posibilidades.
2. El problema de los incentivos: presenta dos dimensiones. La primera es la estática: cómo conseguir que cada persona cumpla hoy con su tarea. La segunda es la dinámica: cómo lograr que las personas no se estanquen y continúen buscando soluciones nuevas y mejores.
Ambos problemas están relacionados. No basta con saber qué conviene producir y cómo hacerlo; también es necesario motivar a las personas para que cumplan sus tareas, propongan mejoras e innoven. Frente a este doble desafío, suele surgir una solución aparentemente lógica: dirigirlo todo desde una posición central de autoridad. Pero esa respuesta también entraña dificultades.
La torre. El sueño de los sabios
Imagina una torre altísima en la que se reúne un «comité de sabios». Son mentes brillantes que, desde arriba, intentan resolver los problemas económicos de todos nosotros. Su propuesta consiste en una estructura jerárquica en la que ellos piensan y los demás obedecen, utilizando las órdenes como herramienta para coordinar a millones de personas.
El primer plan del comité parecía impecable: reunir a los más sabios en una sala, analizar cuidadosamente qué necesitaba la sociedad y decidir desde allí qué debía hacerse. Si el problema era complejo, pensaban, la solución debía comenzar con más inteligencia, más orden y mejores instrucciones. Una vez tomada la decisión, llegaba el segundo paso: dar órdenes. Las conclusiones del comité descendían desde la cima convertidas en instrucciones directas.
Para asegurarse de que todo funcionara, el sistema incorporaba premios y castigos. Quien obedecía recibía una recompensa; quien se salía del guion enfrentaba una consecuencia.
Pero la realidad rara vez cabe dentro de un plan tan limpio. Poco a poco comenzaron a aparecer grietas. La información que llegaba al comité era incompleta, tardía o demasiado compleja para procesarla desde una sola mesa. Al mismo tiempo, las personas empezaron a descubrir que cumplir la instrucción era más importante que resolver realmente el problema. Así, la torre que parecía diseñada para evitar el caos comenzó a tambalearse por dos flancos críticos: la información y los incentivos.
El primer derrumbe: ¿por qué la torre es sorda?
El comité de sabios tropieza con una dificultad: un grupo reducido no puede reunir y procesar todo lo que saben millones de personas. La información dispersa en la sociedad tiene, entre otras, tres características difíciles de captar desde un solo centro de decisión:
1. La información es contextual. Yo sé qué necesito y qué oportunidades hay en mi barrio porque vivo allí. Si tú no estás en mis zapatos, simplemente no percibes la realidad como yo la proceso.
2. La información es privativa: parte de lo que sé solo está a mi alcance. Para que el comité disponga de ello, tendría que querer compartirlo y, además, poder transmitirlo con suficiente claridad, sin errores ni suposiciones. Eso no siempre ocurre.
3. La información es tácita. Hay conocimientos que poseemos, pero que nos cuesta explicar. Es el «olfato» de alguien que lleva décadas dirigiendo un negocio: un saber difícil de formalizar en un manual. Intentar que un comité dirija cada tienda del país es como pretender aprender a montar en bicicleta leyendo un libro de física en una oficina: faltan el equilibrio y la práctica que solo se adquieren con la experiencia.
El segundo derrumbe: ¿por qué la torre es perezosa?
Incluso si el comité supiera qué hay que hacer, se enfrentaría a un problema relacionado con la motivación de las personas. Bajo un sistema de órdenes y sanciones, algunos podrían preocuparse más por aparentar que cumplen que por resolver los problemas. Lo resume una frase cínica, pero conocida en el entorno laboral mexicano: «Ellos hacen como que nos pagan; nosotros hacemos como que trabajamos».
Otro riesgo es que pensar nuevas soluciones exige esfuerzo. Si el comité ya decidió algo en el pasado, puede tender a repetirlo para ahorrar trabajo y volverse rígido. Sin estímulos para mejorar, es más fácil recurrir a fórmulas antiguas que afrontar el exigente proceso de innovar.
El bazar: una «anarquía» que funciona
Si la dirección centralizada presenta estas dificultades, ¿qué ocurre cuando dejamos que las personas tomen sus propias decisiones? A esta forma de coordinación se le llama a veces «anarquía
productiva», aunque aquí nos referimos al libre mercado. De entrada, puede parecer un caos, pero también puede dar lugar a un orden espontáneo basado en tres pilares fundamentales:
1. Libertad: cada uno decide sus acciones respetando la libertad de los demás.
2. Propiedad privada: el derecho a disponer de los objetos según el criterio propio.
3. Contratos: acuerdos voluntarios para alcanzar beneficios mutuos.
En el bullicio del bazar, donde no existe un único director que lo controle todo, aparecen unas señales que ayudan a coordinar las decisiones: los precios.
La magia de los precios
Los economistas Tyler Cowen y Alex Tabarrok han descrito los precios como «señales envueltas en incentivos». En lugar de recibir una orden de un sabio, cada persona obtiene información mediante los precios y encuentra motivos para actuar.
Los precios funcionan como un lenguaje público que sintetiza información sobre la oferta y la demanda. Si el precio de algo sube, puede indicar que ese bien es relativamente más escaso o más demandado, y estimular una mayor producción y un consumo más moderado.
Si el precio baja, puede indicar una oferta más abundante o una demanda menor, lo que modifica las decisiones de productores y consumidores.
Los precios como motor
Saber qué hacer es solo la mitad del camino; también necesitamos incentivos para actuar. Ahí entra el beneficio empresarial como uno de los motores de la coordinación. Puede ser una recompensa por utilizar eficientemente los recursos para ofrecer algo que las personas valoran.
También puede incentivar la innovación. El mercado es un espacio competitivo en el que las ideas se ponen a prueba frente a otras alternativas. Si descubres un método mejor para producir aquello que la gente valora, puedes obtener un beneficio. Así, la competencia impulsa la búsqueda constante de mejoras.
Conclusión
Al final, la comparación plantea dos formas de coordinación: una centralizada, que puede tener dificultades para procesar la información dispersa y generar incentivos adecuados, y otra descentralizada, en la que los precios ayudan a coordinar las decisiones de millones de personas.
La economía no tiene por qué entenderse como un diseño rígido impuesto desde un despacho; también puede verse como el resultado de nuestra capacidad para cooperar, intercambiar información y crear valor juntos.
El mercado ilustra el potencial de la coordinación voluntaria. A través de los precios, millones de individuos que jamás se conocerán pueden ajustar sus decisiones y esfuerzos, lo que permite responder a cambios imprevistos y descubrir nuevas maneras de satisfacer necesidades. La «sinfonía del bazar» no requiere necesariamente un director de orquesta que imponga cada nota: buena parte de su armonía surge de las decisiones de quienes participan en ella. Desde esta perspectiva, la libertad económica constituye un mecanismo importante para favorecer la cooperación, la eficiencia y el bienestar humano.