
Mayra Rivera · Estudiante de Psicología, campus Zamora
Para muchas personas, la etapa de la educación superior es un momento crucial en la construcción de una vida con propósito. Durante estos años se siembran las semillas que darán fruto a nuestra vida profesional, frutos que no solo aprovecharemos individualmente, sino que también beneficiarán a quienes se vean alcanzados por nuestro servicio a través de la vocación que elegimos.
En esta etapa se desarrollan y fortalecen virtudes, valores y pasiones, los cuales actuarán como motores fundamentales de nuestra vida vocacional y profesional. Por ello, la disciplina espiritual y religiosa puede convertirse en un componente vital en la formación de personas y profesionales íntegros, con una orientación claramente establecida.
Para abordar este tema con claridad, es importante saber diferenciar entre religión y religiosidad. La religión puede entenderse como un sistema de creencias, ritos, prácticas y dogmas establecidos por instituciones estructuradas. En cambio, la religiosidad hace referencia a la vivencia personal del individuo, su conexión con lo sagrado y la manera en que dicha conexión se expresa en su vida cotidiana.
Reconocer esta distinción resulta clave, especialmente cuando atravesamos un proceso de búsqueda o encuentro espiritual.
La espiritualidad, por su parte, se relaciona con la búsqueda de sentido, propósito y conciencia personal; en otras palabras, con todo aquello relevante al espíritu. Todos los seres humanos somos espirituales por naturaleza, aunque no necesariamente religiosos. Ser religioso implica, de forma consciente, seguir ciertos principios y fundamentos que orientan nuestra vida espiritual. Me gusta pensar que la espiritualidad es como un cuerpo sensible, receptivo y, por ende, vulnerable; mientras que la religión es el caparazón que lo alberga, protege y contiene.
Dicho esto, es importante reconocer que la fe y la razón no se oponen, sino que se complementan. Ambas son pilares que sostienen a un ser humano con un espíritu firme y resiliente frente a las inevitables adversidades de la experiencia humana.
Precisamente eso es lo que el mundo necesita con urgencia: personas íntegras, con raíces profundas.
Tener una religiosidad sólida durante la etapa universitaria no solo facilita el descubrimiento de la identidad personal en el ámbito profesional al que estamos a punto de entrar, sino que también forma individuos comprometidos con el bien común. Personas que, desde su vocación, puedan actuar con sabiduría, guiadas tanto por la certeza que proporciona la razón como por la fortaleza interior que nace de una vida espiritual vivida conscientemente.