La idea de estar siempre haciendo algo

Diana María Desales Ramírez – Docente de UNIVA Campus Vallarta

Un día me encontraba sin hacer nada, ya que el flujo de trabajo había disminuido. De repente, comencé a sentirme incómoda, inquieta e incluso ansiosa. Me detuve a preguntarme: «¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué sucede para que te sientas así?».

Cerré los ojos y respiré profundamente para conectar con mi interior. Tras un momento de introspección, buscando en mi mente y en mi corazón, floreció un pensamiento de culpa; de hecho, sentí una culpa profunda.

Pude descubrir que he experimentado esa misma sensación durante las vacaciones o cuando decido tomarme un espacio para descansar. Recordé que, a pesar de saber que no debería sentirme así, es un patrón que siempre ha estado presente en mí. Descubrí que no me permitía descansar ni estar sin hacer «nada». Me dio tristeza reconocerlo, porque en muchas ocasiones me había lastimado a mí misma bajo la creencia de que debía estar ocupada todo el tiempo, alerta, asegurándome de que no faltara algo; como si siempre hubiera un pendiente por cumplir y, si no lo había, tuviera que buscar qué más hacer.

Me detuve a procesar esa culpa y ese remordimiento, y no pude evitar sentir compasión por mí misma. En otro momento de mi vida, me hubiera sentido triste, enojada o aún más culpable al pensarlo. Sin embargo, ahora que soy más amorosa conmigo, pude abrazarme desde la compasión. A pesar de que recordé las veces que no disfruté ciertos momentos por la incapacidad de no hacer nada, logré avanzar y no quedarme estancada en la culpa.

Me dije a mí misma que no era necesario reprocharme por desocuparme, hablarme mal, sentir pena o catalogarme como floja y apática. Al contrario, entendí que ahora debía aprender a disfrutar el momento de no hacer nada, abrazar el descanso y verlo como un regalo, como la consecuencia natural de haber cumplido con mis deberes. Debía aceptar que mi mente y mi cuerpo también necesitan repararse; si no tenía nada que hacer, era simplemente porque la lista de actividades ya estaba concluida.

También reflexioné sobre cómo vivir en la prisa, en la tensión y en la alerta constante puede llevarnos al deterioro físico y emocional. En ese instante, recordé una cita bíblica que siempre me ha gustado, del libro de Eclesiastés, capítulo 3:

«Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para matar y tiempo para curar; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para

lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos…».

Me detuve a interiorizar esas palabras y me ordené con firmeza y amor: «Quítate la idea de estar siempre haciendo algo».

Cuidemos nuestra mente, nuestras emociones, nuestro cuerpo y nuestra salud en general. Bajemos el volumen de las altas exigencias de la vida, seamos agradecidos con lo que hacemos y admiremos nuestra propia capacidad de restaurarnos cuando lo necesitemos. No busquemos pretextos, excusas o justificantes —como la enfermedad— para finalmente darnos el permiso de no hacer nada.

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