La historieta mexicana. Parte III

Francisco R. Gómez Puente Colomina – Ensayista

Por supuesto, mi papá también tenía su elección, que sin falla era: Tradiciones y Leyendas de la Colonia, una revista de Ediciones Latinoamericanas, impresa en color sepia, lo que le daba una tonalidad escalofriante y que además inspiraba nostalgia y nos remitía a un pasado tenebroso. Se trataba de una revista que representó la punta de lanza de las historietas de terror en México. Su temática era acerca de ese lúgubre género y se desarrollaba principalmente en alguna de las calles de la Ciudad de México, durante la época colonial, inspiradas en los relatos del cronista nacido en Guanajuato, Luis González Obregón, con títulos como La Llorona, El Callejón del Muerto, El Monje Emparedado, entre otras.

En mi caso, evadía leer esa historieta, pero la hojeaba para no ser señalado como miedoso por mis hermanos, que, la verdad, estoy seguro de que también hacían lo mismo.

Pero el punto de quiebre fue cuando años después llegó a nuestras manos el número 929, con el largo título: “La Maldición de la Casona de la Misericordia, sucedido en la calle de Mariana R. del Toro de Lazarin”, y eso fue suficiente para ponernos los pelos de punta, porque esa era precisamente la calle en donde estaba la casa de mis abuelos maternos, marcada con el número 14, en el corazón mismo del centro histórico de la Ciudad de México, y a donde acudíamos todos los sábados, en ocasiones pernoctando hasta el domingo. Aun cuando en la historieta de referencia no se mencionaba expresamente el número de la terrorífica casona, nosotros suponíamos que se trataba de la casa de mis abuelos, así que durante algunas semanas nos resistimos a realizar la acostumbrada visita a mis abuelos. Mi mamá procedió a cortar el “nudo gordiano”, desapareciendo para siempre el ejemplar de la famosa historieta. Con el tiempo volvimos a visitar a mis abuelos y olvidamos esa atmósfera inquietante.

La mayoría de las historietas que leíamos eran parte de un exitoso monopolio editorial, que inicialmente se llamaba ER (Ediciones Recreativas), posteriormente SEA (Sociedad Editora América, S.A.), y finalmente Editorial NOVARO, nombrada así por los hermanos Luis y Octavio Novaro, principales accionistas de dicha editorial.

México durante la década de los setenta tenía una población de casi 60 millones de habitantes, existiendo datos fehacientes, que señalan que en México durante la década de los setentas del siglo pasado, se producían mensualmente casi 70 millones de ejemplares de las diversas historietas, sobresaliendo el caso de Kalimán, el hombre increíble, personaje creado por los mexicanos Modesto Vázquez González y Rafael Cutberto Navarro y dibujado por Víctor Fox y Clemente Uribe, del que se tiraban más de 8 millones de ejemplares; y Lágrimas, Risas y Amor, de Yolanda Vargas Dulché y Guillermo de la Parra, con casi 5 millones de copias mensuales.

A pesar de ese éxito comercial, en nuestro país, a la historieta siempre se le ha menospreciado, tal y como lo señala el caricaturista Rafael Barajas (El Fisgón): «La historieta es considerada como un fenómeno cultural de escasa importancia, un objeto folklórico del pueblo inculto o cuando mucho, como un objeto de estudio para intelectuales excéntricos».1

En 1934 surge en México la revista Paquín, dando con ello inicio a la llamada “Época de Oro de la Historieta Mexicana”, y que finaliza a mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado; publicada todos los miércoles durante más de 10 años por la Editorial Sayrols, S. A., propiedad de Francisco Sayrols, de donde la revista toma su nombre, la cual tiene además el honor de ser considerada la primera publicación mexicana que se compone exclusivamente de historietas. Aunque dirigidas a niños, también la leían con mucho interés los adultos. La revista costaba 10 centavos e incluía estrictamente material importado, como Terry y los Piratas, el Agente Secreto X9 y el Spirit, entre otras.

Fue tal el éxito de Paquín, que la editorial Juventud, del empresario y coronel José García Valseca, que después cambiaría el nombre por Editorial Panamericana, decidió lanzar en 1935 la revista de historietas Paquito, en franca competencia, no solo en el formato sino también en el nombre, el cual era muy parecido. Su costo inicial era también de 10 centavos, convirtiéndose igualmente en una publicación exitosísima, de una periodicidad diaria, que tiraba durante la crisis de la década de los treinta del siglo pasado nada menos que 320,000 ejemplares diarios.

 

Sin embargo, el éxito de Paquito se vio rebasado por otra publicación de la misma editorial Juventud, la revista Pepín, hipocorístico del nombre del empresario propietario de la editorial, al igual que lo había hecho Francisco Sayrols con su revista Paquín.

Cabe destacar que esta revista Pepín, aun cuando en un principio incluía estrictamente material de importación, hacia finales de esa década su material era mayoritariamente de creativos mexicanos.

Otro motivo de orgullo del empresario José García Valseca es el hecho de que la palabra Pepin, fue utilizada durante muchos años como un genérico para las revistas de historietas en México.

 

 

Una vez que se comprueba el éxito comercial de las revistas de historietas, surgen nuevas publicaciones, rivalizando en calidad con las anteriormente citadas, como fue el caso de la revista Chamaco, lanzada en 1937 por Editorial Herrerías, propiedad de Ignacio “El Chamaco” Herrerías, que sigue el mismo camino de las revistas que la anteceden al publicar en sus inicios únicamente material de creadores norteamericanos; sin embargo, poco a poco incorpora también títulos de creativos mexicanos.

 

Chamaco era una revista que inicialmente formaba parte del suplemento dominical del diario Novedades; una vez que se desagrega del periódico y, con un formato de bolsillo, tiene un costo de 10 centavos, y fue

la primera revista de historietas en el mundo en contar con una periodicidad diaria, alcanzando tirajes diarios de 400,000 ejemplares, con presencia en Centro y Sudamérica.

En 1944 es asesinado Ignacio “El Chamaco” Herrerías por uno de sus colaboradores, derivado de un conflicto obrero-patronal; sin embargo, la revista continúa publicándose hasta 1956, aunque sin el mismo éxito.

Sin duda, la revista Chamaco incluía algunas de las historietas más populares y que cobrarían mayor fama con el paso de los años, como es el caso de Los Supersabios de Germán Butze, El Monje Loco de Carlos Riveroll del Prado y Juan Reyes Beiker, La Familia Burrón de Gabriel Vargas, y otros grandes creadores mexicanos.

La historieta mexicana iniciaba una exitosa carrera en el marco de la cultura en el país y, concretamente en la tarea de alfabetización, tal y como lo consigna Rafael Barajas en el libro De San Garabato al Callejón del Cuajo:

«En la década de 1940, por primera vez en la historia de México, hay más alfabetizados que analfabetas y los nuevos lectores se vuelcan a comprar historietas, con lo que se consolida con rapidez una poderosa industria nacional del cómic»2

Destacable también el hecho de que las historietas mexicanas anteceden a las publicadas en el vecino país del norte, como lo reseñan con precisión dos especialistas norteamericanos en el tema del cómic:

«Las tiras cómicas americanas predominaban, pero México fue pionero en dicho formato, ya que las primeras historietas americanas, antologías de tiras cómicas similares a las editadas en México, no aparecieron sino hasta 1937».3

Las historietas mexicanas se multiplican en esta denominada época de oro, con todo tipo de historias, personajes, ambientes y épocas, tanto de las llamadas de humor como las denominadas “historietas serias”, prácticamente para todos los gustos y edades:

«Podría darse cuenta y razón de los cómics de la época de oro, pero acaso la lista más representativa incluiría a los siguientes: Adelita (y las Guerrillas), de José Guadalupe Cruz, una historia de amor que acontece durante la revolución; Wama, el hijo de la luna, de Joaquin Cervantes Bassoco, un precursor de los cómics de aventuras de la selva y el mar; El charro negro, de Adolfo Mariño Ruiz, una historia de vaqueros muy popular; El Santo, de José Guadalupe Cruz, una mezcla de historieta y fotonovela, protagonizada por un luchador enmascarado; Rolando el rabioso, de Gaspar Bolaños, un temperamental príncipe valiente, llena de anacronismos; Los Supersabios, de Germán Butze, una serie de aventuras juveniles escapistas y de ciencia ficción; La Familia Burrón, de Gabriel Vargas, una crónica humorística de una familia urbana de clase media baja; y Almas de niño, de Yolanda Vargas Dulché, moldeada en Our Gang (La Pandilla)».4

Sin embargo, la percepción que en esa época guardaba una parte de la sociedad mexicana acerca de las historietas era francamente negativa, considerándola como una publicación insulsa y carente de cultura e incluso calificándola, en el extremo, como un producto pernicioso, como lo señala Laura Nallely Hernández Nieto, destacada académica e investigadora mexicana en su publicación ¿Por qué hay prejuicios sobre la historieta popular mexicana?:

 

<<La visión negativa sobre las historietas quedó inmortalizada en obras literarias como Nueva Burguesía, de Mariano Azuela. A los nuevos ricos que había dejado la Revolución, se les caracterizaba como personas vulgares y sin educación, quienes, a pesar de tanto dinero, joyas y lujos no podían desprenderse de las “lecturas arrabaleras”.

También se pensaba que los cómics eran simples lecturas infantiles ─aunque eran leídos principalmente por adultos─ por lo que, en aras de encausar a la niñez, en una escuela de Tamaulipas, el pintor Ramón Cano Manilla realizó el mural Ignorancia y cultura (1949-1951). En la obra, la ignorancia está representada por un infierno donde se muestran los peligros que acechaban a la sociedad: drogas, crímenes y “por supuesto, historietas”. Cano Manilla pintó a un demonio que lleva a la hoguera torres de revistas entre las que se alcanzan a ver los títulos Paquín, Pepín y Chamaco. Es probable

que el autor pensara que esa imagen persuadiría a los niños de comprar esas publicaciones infernales>>.5

Por supuesto, mi papá siempre pensó que la lectura de las historietas tenía evidentes efectos positivos, que contribuían a alimentar nuestra formación, por lo que continuó estimulando la realización de nuestras incipientes tertulias de lecturas compartidas. Sin embargo, recuerdo bien que asimismo evitaba que cayera en nuestras manos algunas historietas que él calificaba como “pícaras”, tal era el caso de la llamada Hermelinda Linda, que se autodefinía como una “revista cómico satírica para adultos”.  

Por supuesto, mi papá siempre pensó que la lectura de las historietas tenía evidentes efectos positivos, que contribuían a alimentar nuestra formación, por lo que continuó estimulando la realización de nuestras incipientes tertulias de lecturas compartidas. Sin embargo, recuerdo bien que asimismo evitaba que cayera en nuestras manos algunas historietas que él calificaba como “pícaras”, tal era el caso de la llamada Hermelinda Linda, que se autodefinía como una “revista cómico satírica para adultos”.  

 

Su periodicidad era semanal y llegaban a tirarse hasta 600,000 ejemplares en cada entrega.   

 La trama ya mencionada se fincaba en un humor negro aderezado de sátira y enredos mágicos y generalmente se acompañaba de bellas y voluptuosas mujeres, con finales inesperados.  

Hubo otras historietas que siguieron esa misma línea, como fue el caso de Andanzas de Aniceto, de los mismos creadores de Hermelinda Linda, de donde se extrae al personaje secundario Aniceto Verduzco, para crearle su propia historieta, de forma paralela a la de Hermelinda: un brujo blanco, de baja estatura y de personalidad lasciva.  

Ante el descubrimiento de este nuevo nicho de mercado en el mundo de las historietas y del éxito económico que representaban estas revistas “pícaras” y de humor negro, se multiplicaron los títulos, como fue el caso de El Ridi (1965), Los Superfríos (1968), La Pequeña Bety (1969), Los Chamuscados (1969), y otras más, por supuesto, con un menor éxito.  

En aquella época, mi padre no aceptaba que leyéramos esas historietas y, a pesar de sus afanes, como siempre sucede, nos valíamos de algunas artimañas para poder leerlas a escondidas, toda vez que llegaban a nuestras manos a través del préstamo de algunos de nuestros amigos.  

En mi caso y el de mis hermanos, leíamos prácticamente cualquier historieta que llegara a nuestras manos, con incontables horas de entretenimiento, existiendo para ello una diversidad de contenidos, ya fueran aquellas de temática deportiva como El Diamante Negro, Las Aventuras de Borjita, El Pirata Negro, y, sin duda, Estrellas del Deporte. O bien, las de los superhéroes, como Superman, Batman, El Hombre Araña, Los 4 Fantásticos, Marvila (La Mujer Maravilla), Flash Gordon, etcétera. 

Estaban también las historietas que, propiamente dicho, eran caricaturas, la mayoría de ellas con animales antropomórficos y publicadas por Editorial Novaro, como: Fix y Foxi, La Zorra y el Cuervo, El Conejo de la Suerte, Historietas de Walt Disney, Super Ratón, El Pájaro loco, y un largo etcétera, y algunas muy antiguas que llegaron a nosotros a través de alguno de mis tíos, publicadas en la década de los cincuenta del siglo pasado, como Colorín y Mexicolor.  

Asimismo, pasaron por nuestras manos las historietas bélicas, de corte policiaco o de misterio, tales como Rebeca, su reportera estrella, El Halcón Negro, Sherlock Holmes, El Sargento Furia y sus Comandos, Cuentos de Misterio, Relatos Fabulosos, Dick Tracy y Fuera de la Ley, así como las siempre apasionantes historietas de ciencia ficción: Intimidades y Escuadrón 1-2-36, Fantástico, Jet Man, el Hijo del Sol, Tawa, el Hombre Gacela, Titanes Planetarios, y una muy rara, llamada Radius, el Hombre Increíble. 

Entre mis preferidas estaban también las caricaturas con personajes reales y en situaciones de la vida común, con un toque humorístico, como Lorenzo y Pepita, Archi, Pepito, Romances Juveniles y Travesuras, sin dejar a un lado Susy, Secretos del Corazón, que realmente era una historieta más buscada por mis primas. 

Existían también las historietas que contaban como protagonistas a algunos de los personajes de nuestro cine, radio o televisión, como fue el caso de la ya mencionada Aventuras de Viruta y Capulina, y otras menos exitosas en el cómic, como son los casos de Santo, el enmascarado de plata, La Vida y los Amores de Pedro Infante, Beto el boticario, el Magazo, Pompin y Nacho, Pelayo y la ahora casi inconseguible Aventuras de Tin-Tan. También se publicaron durante algún tiempo las aventuras del programa radial cubano, La Tremenda Corte y de la serie de televisión del grupo de rock norteamericano Los Monkees. 

 Destacaban, sin duda, aquellas historietas de la serie Clásicos del Cine, de Editorial Novaro, que trasladaban al cómic las grandes producciones cinematográficas, las que han sido reconocidas fuera de nuestras fronteras, como ya fue señalado arriba. Entre sus ejemplares recuerdo haber disfrutado de Viaje Fantástico, Ben-Hur, El Fantasma de la Ópera, Espartaco, King-Kong, Moby Dick, La Isla del Tesoro, 20 000 Leguas de Viaje Submarino, entre muchas otras.  

 Sin embargo, como siempre sucede, tengo una especial predilección por algunas de estas historietas, como es el caso de Los Supersabios y a mi juicio, la mejor historieta mexicana, La Familia Burrón, que son las que siempre busqué y de las que aún conservo varios ejemplares. Sin embargo, cabe destacar otras historietas que, a pesar de no ser de mis preferidas, debo reconocer su relevancia en la historia del cómic mexicano. Estas son: Memín Pinguín, Chanoc, Fantomas, la amenaza elegante y Kalimán, el hombre increíble.   

 

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