
Blanca Estela Casián Sahagún · Egresada en la Licenciatura de Filosofía
La feminidad, según la Real Academia Española, se define como “cualidad de femenino” (RAE, 2019). Sin embargo, más allá de los estereotipos tradicionales con los que se le asocia comúnmente a la mujer, teniendo una imagen de ella semejante a la de una niña bonita, correcta, inocente, indefensa, delicada, suave o incluso sumisa y abnegada, esta manera de pensar ha ido evolucionando con el paso del tiempo, por dos factores: las normas sociales y las religiosas, que en el pasado, durante mucho tiempo, intentaron minimizar y condicionar el papel de la mujer, haciéndola menos o limitándola.
En todo este contexto del pasado y lucha social que las mujeres tuvieron que emprender por necesidad, Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, es una de las mujeres más señaladas gracias a su historia, valores e inteligencia. Juana fue una criolla nacida en 1648, que nos presenta un caso importantísimo, valioso y destacable para poder entender la importancia de la oportunidad al acceso de estudio, pues en el pasado era imposible que una mujer dedicara su vida al estudio. Su vida permite darnos cuenta de lo afortunadas que somos las mujeres al poder ser libres de estudiar y tener tantas nuevas oportunidades. Al igual que la mayoría, si no es que todas las mujeres que vivieron durante la época de la Nueva España, sor Juana estuvo privada de la oportunidad a la educación superior formal, únicamente por ser mujer. En ese tiempo, la educación para las mujeres era únicamente sobre el hogar y la crianza de los hijos, pues se consideraba que todas eran solo aptas para las labores domésticas, el cuidado de la casa y la atención a la familia.
Sor Juana creció entre las haciendas de Nepantla y Panoaya en el Estado de México, junto a su abuelo Pedro Ramírez de Santillana. Aprendió a leer, escribir y contar desde que era muy pequeña. Su inteligencia fue notable desde edad muy temprana, pues consiguió aprender y dominar el latín con solo veinte lecciones; después de aprender esta lengua, escribió su primer poema “Loa al Santísimo Sacramento”. Además de haber comprendido tan velozmente el latín, tenía conocimientos de la lengua náhuatl. A pesar de su gran capacidad intelectual, no contaba con el apoyo total de su familia; teniendo solo siete años, su deseo de poder estudiar era cada vez más fuerte, pues ansiaba ser enviada a la Universidad de México, pero la respuesta de su madre fue negativa.
Años después, para 1665, ingresó a la Corte con los virreyes de Mancera, y pudo así tener acceso a personas estudiadas, como teólogos, matemáticos y filósofos, que en su mayoría eran egresados de universidades de gran importancia de aquella época.
Aproximadamente, dos años después, se vio obligada a tomar la decisión más importante para las mujeres de aquella época, escoger entre la vida religiosa y la vida marital. No existía en ese entonces un camino que la llevara directamente hacia el estudio, no existía vía hacía lo que había añorado durante toda su vida; así que decide ingresar al convento de San José de las Carmelitas Descalzas en 1667, en la Iglesia del Convento de Santa Teresa la Antigua en la Ciudad de México. Pudo comenzar allí su primera etapa de educación formal, pero tuvo que cambiarse a la orden de San Jerónimo, orden más permisiva, que le permitía recibir visitas, estudiar y escribir.
En este convento pudo escribir la mayoría de las obras que llevó a cabo, y alcanzó experiencia literaria; no sólo dedicaba su vida a escribir, pues pudo realizar experimentos científicos y edificar su propia biblioteca con libros de arte, filosofía, astronomía, lengua y teología.
Murió el 17 de abril de 1695, a los 43 años, después de haber contraído tifus, la típica enfermedad epidémica e infección de la época, causada por algunas bacterias, y caracterizada por debilidad, escalofríos, fiebre alta y en este caso, la muerte.
Ahora, como conclusión, es necesario hacer hincapié en la mujer increíble que fue sor Juana, pues su inteligencia y fuerza de voluntad, que son dos admirables virtudes no desarrolladas por todas las mujeres en la historia de México.
A nosotras como mujeres, nos debería de impulsar a seguir y perseguir siempre nuestros sueños, dejando a un lado las adversidades, impedimentos, obstáculos o dificultades que se puedan presentar; debemos pensar que siempre habrá un “plan B”, que tal vez no tenga todo lo que tiene nuestro “plan A”, pero que al final podría llevarnos a la meta que perseguimos y buscamos alcanzar.
Sor Juana nos demuestra que, incluso cuando pensamos que todo está en nuestra contra, siempre hay un camino alterno para poder lograr nuestras metas y sueños, pues a ella se le presentó la oportunidad de seguir estudiando y decidió tomarla dejando a un lado su compromiso con Dios y con la Iglesia, es decir, recordando que su única ocupación no sería estudiar y escribir. Con esta oportunidad pudo explotar su conocimiento, su capacidad intelectual y sus ganas de lograr los sueños que tanto había ansiado desde que era apenas una niña pequeña, y a la vez, desadormecer a la realidad y demostrarle que nosotras las mujeres, somos capaces de muchas cosas y no solo de las ocupaciones domésticas.