
Luis Tercero Gutiérrez Bribiesca – Egresado en Derecho de UNIVA La Piedad
Estamos en un mundo saturado de tecnología, de herramientas que hacen más fácil nuestra labor cotidiana, pero también que nos frustran y nos causan incertidumbre. Una de las cualidades humanas es la razón y pareciera que es lo que menos quisiéramos hacer. Por cualquier cosa que no sepamos le preguntamos a la inteligencia artificial. Debemos recordar que esta comete errores garrafales, mezclando información, y lo particularmente grave es que le creemos y que no utilizamos nuestra razón, aquella cualidad intrínseca que nos hace ser humanos.
Pero de lo que sí estoy seguro es de que todos estamos en búsqueda de la felicidad, y esta se encuentra a veces en la sensación del volumen máximo de las bocinas de mi canción favorita, pisando la arena de esa playa al lado de esa persona con la que tanto deseamos estar u obteniendo ese título universitario que tanto deseo y que, además, me exigen en casa. Pero también debemos saber que esa felicidad se encuentra en compañía de la paz interior, al saber que todo está en orden.
Pero lo que yo realmente me pregunto es: ¿es necesario ese viaje, ese concierto, estar expresamente del lado de esa persona, ese producto de venta por internet que tanto deseo?, ¿comprar tal o cual cosa?, ¿hacer todas mis tareas en las páginas de inteligencia artificial?, ¿eso me ayuda en algo? Lo cierto también es que el ser humano es curioso por naturaleza. Es por lo que volteamos rápidamente al escuchar algún sonido fuerte hacia alguna dirección; es el sentido del conocimiento del que tanto habla el gran Estagirita: «Todos los hombres tienden por naturaleza al saber». Pero ¿qué significa esto y qué relación tiene con lo que estamos diciendo?
Estamos buscando el conocimiento. ¿Dónde encontrar la paz mental? O, lo que podemos decir un poco más profundo, filosóficamente hablando, estamos en búsqueda de la imperturbabilidad del alma. Esto significa que estamos en un momento contrario a esto: estamos de inmediato buscando notificaciones en nuestro celular, viendo si nuestro «crush» ya vio el mensaje que enviamos,
publicamos en las redes sociales esperando tener el mayor número de «likes» o comentarios; es decir, vivimos en un momento de alerta e incertidumbre total, en estado de estrés, anticipando un futuro incierto.
La imperturbabilidad del alma es un milagro raro en el que se vive el aquí y ahora, no dejando de lado nuestras obligaciones o deseos, sino que va más allá de la sospecha de que algo vaya a ocurrir: vivir intensamente el momento o, lo que podemos decir, percibir con todos nuestros sentidos, sentir nuestro corazón, nuestro respirar, ver y oler a la persona que nos atrae, degustar ese café que tanto gusta y, sobre todo, tener juicio. Pero no ese juicio de lo bueno o lo malo, sino que la razón sea la que impere en nuestro actuar y comportamiento.
Pues la serenidad, la tranquilidad, la paz, nos las da esa razón. Pero ¿cómo es esto posible? Pues sí, la razón de que hemos hecho nuestras actividades completas y bien realizadas, que hemos tratado bien a nuestros amigos, que nuestro actuar ha sido lo más correcto posible, que tenemos a un Ser Supremo en el que confiamos; eso es tener tranquilidad.
Sin embargo, también tener paz es controlar todo lo que podamos, es decir, hacer lo que nos toca hacer, cuándo y cómo nos toque hacerlo. Pero también es lo contrario, es decir, pensar y razonar que no podemos controlarlo todo. Hay cosas que están fuera de nuestro alcance y eso también es tener paz: saber que todo lo que debiste hacer lo hiciste porque estaba dentro de tus posibilidades, y todo aquello que no estaba a nuestro alcance, pues es evidente que no lo pudimos o no lo podemos hacer.
Y entonces entra a esta contienda lo que los estoicos llaman la imperturbabilidad del alma, este elemento que hace que nuestra alma esté en paz, precisamente porque hemos realizado todo lo que a nuestro alcance estaba y lo que no, pues está destinado a suceder sin nuestra intervención.
Es muy complicado controlar nuestra alma, pues es la que nos hace mover con algunos impulsos que no son los más correctos. Es por lo que entra y debe imperar
la razón, pues esta pone algo de orden a esas pasiones, es decir, todo aquello que nos domina sin razón de ser.
Y precisamente ese dolor de que no llega el pedido de la aplicación, o que me domina el miedo de hablarle a esa persona, que se agotaron los boletos del concierto o de hacer ese negocio que tanto quiero, es doloroso y, como hemos estado diciendo, estos estados son los que perturban el alma, la desordenan y controlan, cosa que no es del todo buena.
El ordenamiento total es imposible en todos los aspectos del mundo, por lo que los estoicos nos ofrecen el orden y la imperturbabilidad del alma. Y sí, en singular, de mi alma, y no desde un punto espiritual, sino comprendido como la tranquilidad de mi ser, de mi persona, un camino de paz, de tranquilidad y, por lo tanto, de paz mental.
Esta tranquilidad es la atención a todos los elementos que nos rodean, pero como una transparencia radical. Está pasando o sucediendo eso, sí, pero no desordena mi alma, mi mente, mi tranquilidad, porque lo que pude hacer ya lo realicé. Es también un estado de unión, es decir, me uno con el ser humano, pues esta participación es la «copia imperfecta» de aquella que sí es perfecta. Después de hacer todo lo que humanamente es posible, se debe dar la suspensión del tiempo-espacio y refugiarnos en el ahora eterno, pues la paz no es ausencia de caos, sino presencia de conciencia, como símbolo de tranquilidad e imperturbabilidad del alma.
Entonces, a forma de conclusión, podemos decir que hagamos todo lo que esté en nuestro alcance y que, de forma deontológica (deber), es decir, «como debe ser», hagamos todo lo que podamos para lograr lo que nos proponemos, pero de una forma mentalmente paciente y en paz, con miras a que no todo está bajo nuestro control y que, a sabiendas de esto, puede ser que no salga como lo tenemos planeado. Pero eso que salió contrario no nos quita la paz mental ni racional; es decir, que el estado de paz debe ser un «estado superior de libertad interior», en el que lo que pase en el exterior no afecte directamente mi interior.
«El hombre conquista el mundo cuando se conquista a sí mismo».
Frase atribuida a Zenón de Citio