El reto de serlo todo, sin dejar de ser yo

Lic. Alma Ruth Garibay Hernández – Promotora de Posgrados y estudiante de Maestría en Medios Creativos Digitales UNIVA Zamora

Dos adolescentes, dos trabajos, estudio y algunas historias que contar

Hay días en los que me pregunto: ¿en qué momento aprendí a vivir con tantas cosas al mismo tiempo?

Soy mamá de dos adolescentes, mercadóloga y una mujer que divide sus días entre la universidad, la música y todos los retos que implica seguir construyendo mi propia historia. Y ahora, por si todo eso no fuera suficiente, decidí estudiar una vez más.

Pero quizá la pregunta no es cómo hago para estar en tantos lugares, cumplir tantos roles y responder a tantas responsabilidades. La verdadera pregunta es: ¿en qué momento descubrí que era capaz de hacer todo esto?

Hoy, cuando veo mi vida, me sorprendo de todo lo que he construido y, sobre todo, de cuánto disfruto cada una de sus partes. Soy mamá, colaboradora en la universidad, asistente de un grupo musical y ahora también estudiante de maestría.

Mi trabajo no es solamente ocupar un puesto. De alguna manera, de mí depende lograr una meta. En el área de posgrados en UNIVA, eso significa aprender a escuchar, convencer, acompañar, resolver y, muchas veces, volver a intentarlo cuando las cosas no salen como esperaba. Y cuando termina la jornada en la universidad, no necesariamente termina mi día.

También soy asistente de Matices, un grupo musical versátil. Es una actividad menos constante que mi trabajo en la universidad, pero no por eso menos importante. La música exige atención, disciplina, disposición, actitud positiva y pasión, como toda profesión. Y si algo intento llevar conmigo a cada espacio en el que estoy es precisamente eso: una buena actitud y el deseo de hacer las cosas lo mejor posible.

No lo vivo como una carga, sino como una parte de quien soy. Cada rol me ha enseñado algo, me ha permitido crecer y también descubrir nuevas versiones de mí.

Y quizá lo más bonito ha sido dejar de preguntarme si puedo con todo y comenzar a reconocer, con orgullo y sin necesidad de demostrarle nada a nadie, todo lo que ya soy capaz de hacer.

Pero hay algo que nunca cambia, sin importar dónde esté: soy mamá.

Puedo estar en mi oficina, visitando una empresa, atendiendo un evento o acompañando al grupo en una presentación y, en algún momento, mi mente inevitablemente se va hacia ellas, mis hijas.

¿Ya habrán comido? ¿Necesitarán algo? ¿Cómo les fue? ¿Estarán bien? Es curioso cómo la maternidad puede acompañarte incluso cuando físicamente estás lejos de tus hijos. Puedes estar resolviendo un asunto laboral y, al mismo tiempo, una parte de ti sigue pendiente de ellos.

Y quizá ahí comenzó una de mis mayores dificultades: querer resolverlo todo, protegerlo todo, estar para todos, pero, sobre todo, dar lo mejor de mí en cada lugar y en cada momento.

Hasta que un día apareció una pregunta que durante mucho tiempo había dejado en segundo plano:

¿Y yo cómo estoy? ¿Cómo me siento? ¿Qué necesito? ¿Qué quiero para mí?

No ha sido sencillo hacerme esas preguntas, ya que durante años mi prioridad ha sido mi familia, mis hijas, trabajar, cumplir, continuar y encontrar la manera de seguir avanzando.

Hace seis años, la vida me cambió de una manera que jamás hubiera elegido: perdí a quien fue el amor de mi vida y padre de mis hijas. Tuve que seguir siendo mamá, trabajar y continuar construyendo una vida para ellas y para mí.

Y hoy, seis años después, puedo mirar hacia atrás y reconocer algo que quizá antes no podía ver: también he cambiado yo. Y mientras mis hijas crecen, estoy descubriendo que mi historia no terminó en las responsabilidades que tuve que asumir. Todavía tengo sueños, todavía tengo metas y, sobre todo, quiero saber qué más soy capaz de hacer.

Durante mucho tiempo, estudiar una maestría fue uno de esos sueños que guardé para después. Las circunstancias familiares, las responsabilidades y la vida misma hicieron que ese momento nunca llegara. O, al menos, eso creía. Hoy entiendo que

quizá simplemente estaba esperando el momento adecuado para permitirme algo que durante mucho tiempo había postergado: estudiar para mí.

Hace poco me detuve a mirar mi propia historia y me sorprendí pensando: “¿En qué momento hice todo esto? ¿Cómo le hice?”.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de esta nueva etapa de mi vida: darme cuenta de que todo lo que hago es con amor y dedicación, rindiendo homenaje, en cada paso que doy, a ese hombre admirable que tuve como compañero de vida y que fue para mí un ejemplo a seguir: trabajador y entregado hasta su último suspiro.

Así es como he tenido que abrirme camino en muchas situaciones que jamás imaginé. He aprendido a resolver, a tomar decisiones y a seguir adelante, aun cuando no siempre sé exactamente cómo hacerlo y, en ocasiones, he querido rendirme. Pero entonces las veo a ellas: mis dos hijas, dos chicas maravillosas, maduras, disciplinadas, con visión y llenas de virtudes.

Hemos crecido juntas, aprendido juntas y, de muchas maneras, también nos hemos acompañado mutuamente. Son, sin duda, mi equipo favorito y una de las mayores alegrías de mi vida.

Hoy, estudiar una maestría representa mucho más que obtener un grado académico. Representa demostrarme que todavía puedo elegir mis propios sueños, que también puedo crecer, aprender y construir algo para mí. Quiero que mis hijas vean en mí a una mujer que nunca dejó de intentarlo y quiero seguir construyendo para ellas una vida de la que podamos sentirnos orgullosas las tres.

Quizá, después de tantos años de ocuparme de todos, finalmente llegó mi turno de ocuparme también de mí.

Y hoy puedo decirlo con certeza: no sé exactamente cómo lo he hecho, pero aquí estoy, dando lo mejor de mí en todo momento, luchando día a día y demostrando que todo sueño se puede cumplir con perseverancia, con anhelo, pero, sobre todo, con amor.

Todos, sin excepción, somos capaces de hacer realidad nuestros sueños sin descuidar lo más importante: nuestra familia. Nada es fácil, pero tampoco imposible. Hoy somos muchas las mujeres que tenemos a nuestro cargo una familia a la que nos debemos y por la que, día a día, intentamos dar lo mejor.

Que nada te impida luchar por tus sueños, tus metas y tus objetivos. Nunca olvides que cada paso firme dejará huella en tu andar; que todo aquello que hagas tendrá una consecuencia, buena o mala, y que de ti depende qué rumbo quieres tomar.

Sobre todo, cree en ti, lucha por ti y recuerda que, si tú estás bien, quienes te rodean también podrán estarlo.

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