
Diego Ademir García Aréchiga – Jefe de Desarrollo Integral de Preparatoria
Cuenta el mito que Prometeo robó el fuego de los dioses para entregárselo a los seres humanos. Con él llegaron la luz, el calor y la posibilidad de transformar el mundo. Pero quizá el gesto más importante ocurrió antes del robo: Prometeo miró a la humanidad, reconoció su fragilidad y decidió no permanecer indiferente.
Pienso en esa historia y me pregunto si nosotros, rodeados de tantas luces, no hemos olvidado precisamente eso: mirar.
Vivimos disponibles, pero pocas veces presentes. Respondemos mensajes mientras alguien nos habla. Pensamos en la siguiente tarea durante una conversación. Asentimos sin escuchar; preguntamos “¿cómo estás?” sin estar preparados para recibir una respuesta honesta. Estamos físicamente cerca, pero emocionalmente ausentes.
Lo más incómodo es admitir que no siempre son los demás quienes hacen esto. Yo también lo hago.
También he mirado el teléfono en medio de una conversación importante. He escuchado con prisa, esperando mi turno para responder. He creído comprender a alguien antes de que terminara de explicarse. En ocasiones, incluso he confundido ayudar con dar consejos, como si la vida del otro fuera un problema que pudiera resolverse con la frase correcta.
Estar presente exige una humildad que no siempre tenemos. Obliga a renunciar, por un momento, a ser el centro. Nos pide dejar de preparar respuestas, suspender juicios y aceptar que quizá no sabemos qué decir. A veces, la presencia comienza justamente cuando dejamos de intentar parecer sabios.
Hay dolores que no necesitan una explicación brillante. Necesitan una silla cercana, una mirada que no se aparte y alguien capaz de permanecer cuando la conversación se vuelve incómoda. Permanecer es difícil porque el sufrimiento ajeno nos confronta con nuestra propia impotencia. Quisiéramos arreglarlo para dejar de sentirnos inútiles. Sin embargo, acompañar no siempre consiste en cambiar la realidad; a veces consiste en evitar que alguien tenga que atravesarla solo.
En la educación, esto adquiere un significado especial. Un estudiante puede olvidar una definición, una fecha o una fórmula, pero difícilmente olvida a quien percibió que algo no estaba bien. Detrás de una conducta desafiante, del silencio o de una entrega tardía puede existir una historia que no alcanzamos a ver porque miramos únicamente el resultado.
Me pregunto cuántas veces hemos llamado desinterés a lo que era cansancio, indisciplina a lo que era miedo o apatía a lo que era tristeza. Cuántas veces hemos exigido atención sin haber ofrecido antes la nuestra.
Estar presente no significa estar disponible para todos a toda hora. También implica reconocer nuestros límites. Nadie puede sostener a los demás desde el agotamiento permanente. La presencia verdadera no nace del sacrificio sin medida, sino de una elección consciente: cuando estoy contigo, intento estar realmente contigo.
Prometeo entregó fuego. Nosotros entregamos atención. Ambos pueden iluminar, proteger y reunir, pero también pueden extinguirse si los tratamos como algo inagotable.
Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no sea aprender a conectarnos más, sino aprender a regresar: regresar al cuerpo, a la conversación, al silencio, a la persona que tenemos enfrente. Regresar, incluso, a nosotros mismos, porque quien vive huyendo de su propia interioridad difícilmente puede habitar con profundidad la vida de otro.
Hoy me queda una pregunta que no puedo responder por nadie más: cuando las personas que amo recuerden mi manera de estar con ellas, ¿recordarán mi prisa o mi presencia?
Quizá la verdadera grandeza no consiste en llevar más fuego al mundo, sino en evitar que se apague la luz de quien está frente a nosotros.