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Crónica: Coco Chanel

Por 19 octubre, 2021Tendencias

Mtro. José Daniel Meza Real • Coordinador de Calidad Académica del Sistema UNIVA

 

Las luces bajas de una taberna pudieron haber simulado un lugar lleno de romanticismo en una pequeña ciudad francesa, pero eran opacadas por la verbena de borrachos y prostitutas que llamaban la atención de la gente con sus risas escandalosas. En el fondo de aquel antro un joven se sentaba frente al piano e inesperadamente aparecía una mujer, sonrojada por la adolescencia que brotaba en sus mejillas e increíblemente llamativa, no por su belleza sino por su vestimenta que evidentemente contrastaba con la de cualquier otra mujer en el lugar y que provocaba en los caballeros, miradas morbosas seguidas de una profunda vergüenza al ser vistos por esta pequeña doncella. El joven comenzaba a tocar la única canción que conocía “Qui qu’a vu Coco?” mientras ella con una coreografía básica y apenas ensayada lo acompañaba con su voz y unas cuantas sonrisas coquetas. Al terminar su presentación apenas se escuchó un pequeño rumor de aplausos de algunos hombres que habían ya perdido la compostura, y mientras pasaba un sombrero por entre las mesas juntando monedas; un par de militares la llamaron a su mesa. Más por la búsqueda de una propina que por un gusto de conocerlos accedió a acercarse.

-Cuéntame de ti – comenzó a cuestionar uno de ellos.

Fue hasta ese momento que aquel hombre se percató que la mirada inocente que había visto en su actuación no era más que eso, una actuación; con una expresión dura, seria y penetrante la chica respondió:

-Me llamo Gabrielle.

El hombre ante aquella dureza se sintió intimidado, se incorporó en su asiento y solo se limitó a felicitarla por su interpretación. Pero el otro hombre que observaba divertido la escena estaba fascinado ante semejante dama, tomó un cigarrillo y sin dirigirle la mirada le dijo:

-No me gusta el nombre de Gabrielle, es muy serio, desde hoy te llamarás como tu canción Coco.

-Le repito que mi nombre es Gabrielle, Gabrielle Chanel – contestó haciendo un ademán de levantarse.

Aquel hombre sin inmutarse la volteó a ver con una sonrisa y le dijo -y el mío es Etienne Balsan, permítame invitarle una copa mi querida Coco.

Esa noche ella le contó un poco de su pasado, mencionando una madre que murió en labor de parto, así como un padre rico y bondadoso que viajó a América en busca de fortuna.

Sin embargo, todo era mentira, la realidad es que Gabrielle Chanel nació en una familia que vivía en la total pobreza y su madre había muerto, pero fue cuando ella tenía doce años, gracias a una vida de maltratos propinados por su padre que más allá de ser un prominente empresario, solo era recordado como un comerciante ambulante alcohólico y que, tras la muerte de su esposa, abandonó a sus hijas en el orfanato romano de Aubazine donde ella experimentó el verdadero dolor del abandono.

Su carrera comenzaba, pero no era en ese lugar de mala muerte y mucho menos en el mundo de la música, ese era sólo un trabajo que complementaba su oficio de tiempo completo como costurera y ayudante de sastre en una pañería de la comunidad de Moulins de Allier.

Balsan quedó impactado ante aquella dama determinada e inteligente que no se dejaba llevar por las reglas de la sociedad ni siquiera en su estilo alejado de los vestidos anchos y los sombreros atestados de adornos.

Al día siguiente aquel hombre adinerado la buscó en la pañería y Coco nunca admitió lo enamorada que estaba de él y bajo la excusa de que era él lo que le convenía para mejorar su vida, en poco tiempo se encontraba viviendo en un gran castillo rodeada de sirvientes y dedicando su tiempo a las fiestas, reuniones sociales y carreras de caballos.

Con su nueva vida, el adinerado burgués intentó comprarle vestidos para que se presentara ante la comunidad, sociedad de personas adineradas y de alta clase, pero todos sus esfuerzos fueron en vano, ya que ella como lo había hecho siempre, se confeccionaba su propia ropa tomando pantalones y camisas de hombre para crear obras maestras poco valoradas para su época. Sin embargo, ese estilo único comenzó a llamar la atención de las mujeres que la veían en las fiestas y reuniones y comenzaron a pedirle consejos para adornar o mejor dicho “desadornar” sus sombreros. Esto comenzó a ser cada vez más frecuente al punto de que incluso las antiguas amantes de Balsan iban a la residencia exclusivamente a visitarla.

Una mañana despertó y sin mayor complejo salió de su habitación adornada por un pijama de seda perteneciente a Etienne; planeaba ir a tomar un poco de café y fumar un cigarrillo en un sofá dentro de un estudio que se llenaba de la luz proveniente de un gran ventanal que ofrecía una vista espectacular del gran campo arbolado detrás de la mansión. Al entrar se sorprendió de ver la figura de un joven, escogiendo algunos de los libros que ahí se encontraban, y sin el menor intento de pasar desapercibida, pero tampoco con la intención de entablar una conversación, sólo se sentó en el sillón. Aquel hombre se percató de su presencia y al girar ocurrió algo en el pecho de Coco, al cruzarse sus miradas sintió como se le revolvía el estómago y sus latidos corrían cual caballo desbocado, se quedó congelada ante aquellos misteriosos ojos azules. Ambos permanecieron inmóviles, abstraídos completamente en ellos mismos mientras los segundos pasaban sin que una sola palabra saliera de sus bocas. De repente él pareció despertar de un trance, se acercó a la dama y dijo:

-Mademoiselle, creo que no nos conocemos soy Arthur Capel.

-Hola, monsieur Arthur, Gabrielle Chanel.

En ese momento se asomó por la puerta Balsan y sin percatarse del momento que interrumpía tan abruptamente, gritó -“Boy” ¿cuánto más te vas a tardar?- y mientras caminaba apresurado por la habitación agregó – oh veo que ya conociste a Coco, discúlpala por su facha, no he logrado que se vista como una mujer normal de este siglo, ¿vienes o no?

El joven inglés asintió con la cabeza y justo al pasar frente a ella se detuvo un momento, la miró a los ojos, sonrío y con un susurro le dijo:

-Vous êtes une femme très élégant.

El romance entre Gabrielle y Arthur fue algo inevitable y aunque el inglés no tenía una ascendencia aristocrática era un reconocido jugador de polo que aparte se dedicaba al negocio de las minas de carbón con bastante éxito. Juntos se fueron de vacaciones a París, un viaje que le mostró a Coco el verdadero significado del amor y sobre todo pudo conocer la vida de aquella ciudad, por lo que regresó con la determinación de que sería ahí donde quería vivir.

Después del viaje la vida en el castillo se volvió para ella rutinaria, aburrida y sin propósito, aunque nada había cambiado realmente, pero algo distinto se anidaba en su corazón, un impulso, una nueva determinación para su vida.

Una tarde mientras Balsan jugaba billar con Boy, ella se acercó decidida y le dijo que se iba a París, que quería que le ayudara a poner una tienda de sombreros donde ella diseñaría. Naturalmente él se negó burlándose de la idea de que ella trabajara y argumentando que no tenía la necesidad de hacerlo, pero él no entendía que esa necesidad existía, pero no era económica y que nadie iba a poder apagar el fuego en su interior que la llamaba a hacer lo que ella quisiera sin importarle si rompía con las “reglas sociales” hechas para las mujeres de esa época.

Finalmente, Balsan accedió a prestarle la planta baja de uno de sus departamentos en París para que pusiera su taller de sombreros, sin embargo, gracias al apoyo de Capel, en 1910 abrió la histórica “Mansion Chanel” en la 21 de la rue Cambon.

Ahí en París tenían su pequeño nido de amor y comenzaron a frecuentar juntos círculos de la alta sociedad donde sus sombreros eran cada vez más solicitados.

Tres años después, decidió expandirse más allá de los sombreros y compartir el estilo que la había caracterizado durante toda su vida. En 1913 abrió en el balneario de Deauville, que era el centro de la sociedad aristocrática, una casa de moda donde incluyó ropa femenina y el estilo que ella misma representaba, con vestidos cómodos, telas como el jersey que hasta ese momento solo se usaba para camisas de hombre y eliminó los excesivos adornos y por supuesto los molestos e incómodos corsés. Sin duda fue un gran éxito y en menos de tres años había triplicado sus ganancias.

Con el dinero abrió una tercera tienda en la comunidad de Biarritz y en poco tiempo Chanel ya tenía a su cargo a más de 300 personas, no solo confeccionando ropa sino cambiando el estilo de las mujeres en la sociedad europea.

Su fama, su fortuna y su carrera en general, iban ascendiendo de manera acelerada y ella era realmente feliz, tenía todo lo que siempre soñó, era reconocida por la alta sociedad y se codeaba con un sin número de personalidades del mundo de la moda, artistas y empresarios de todo Francia. Sin embargo, su vida dio un pequeño vuelco, cuando después de 8 años de relación con Capel, comenzó a distanciarse abruptamente, hasta que un día le anunció que se casaría, pero no con ella sino con lady Diana Wyndham, la joven hija de lord Ribblesdale, por cuestiones de conveniencia económica.

La ruptura fue un golpe fuerte, pero en ese momento estaba en el mayor auge creativo de su carrera por lo que esto le afectó sólo de manera positiva dedicando el mayor tiempo posible que sus pensamientos le permitieran a trabajar.

Sin embargo, ese dolor duró tan poco como la felicidad matrimonial de Boy Capel, en poco tiempo estaba tan aburrido de su esposa, que regresó a París a buscar a Coco.

Mientras ella se encontraba revisando vestidos entre el tumulto de sus colaboradoras, la atención de todas se dirigió hacia la puerta y al voltear, se topó con aquella mirada… instantáneamente como un rayo de luz en la desesperante oscuridad, todo aquel dolor, todo el sufrimiento desapareció y ella una vez más no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran, su rostro traicionó su orgullo, esbozando una inevitable sonrisa. Naturalmente se reconciliaron.

Siguieron frecuentándose como antes y para la navidad de 1919, Arthur tuvo que hacer un viaje a la ciudad de Cannes donde se encontraría con su esposa, cada despedida entre los dos amantes era triste, pero a la vez llenaba a Coco de una emoción indescriptible por la espera de su regreso. Esa misma noche mientras salía del cine con algunos amigos, una conocida se acercó a ella con el rostro desencajado, Chanel sin saber aún que pasaba sintió un escalofrío.

-Boy tuvo un accidente en la carretera.

– ¿Y está en el hospital?- preguntó Coco con la voz entrecortada.

-No- respondió su amiga mientras comenzaba a llorar.

Justo en una curva cerrada camino a Cannes una llanta se reventó en el auto de Arthur y lo hizo volcar. El carro quedó hecho trizas y tan solo acompañada por su chofer, Coco se dirigió al lugar del accidente y ahí se quedó durante horas… llorando sin consuelo.

“¡Al perder a Boy lo perdí todo! Con él podía ser yo misma y él no quería que cambiara. Para mí, fue un padre, un hermano, toda mi familia”.

A pesar de que durante el resto de su vida tendría muchos más amantes, entre los que se encontraban príncipes, músicos, poetas y empresarios, el dolor de haber perdido a su Boy sería como una sombra que siempre la acompañaría, dejándola imposibilitada de vivir de nuevo la compañía de cualquier otro amor.

Sin embargo, estaba en el pleno apogeo de su carrera y ella, como la mujer fuerte e independiente que siempre había sido, no podía darse el lujo de dejar de trabajar en su carrera a pesar del dolor que sentía.

En 1921 con la ayuda del químico y perfumista Ernest Beaux escogió una fragancia en la que entraban 80 ingredientes, produciendo un perfume que se distinguía de los de entonces y que se convirtió no sólo en un éxito rotundo a nivel mundial, sino también en un verdadero clásico: el Chanel No. 5.

La marca Chanel estaba en el pináculo de la moda, Coco Chanel era reconocida como la grande de los negocios y la pionera del nuevo estilo europeo, pero ni eso pudo contraponerse a la caída de la bolsa norteamericana en 1929 y se tuvieron que cerrar una cantidad impresionante de tiendas, al punto que Coco tuvo que dejar las casas de moda para aceptar una negociación con la productora cinematográfica MGM para dedicarse única y exclusivamente a vestir a las estrellas del cine en sus diversas producciones.

En 1954 a sus 71 años y después de haber lidiado con un sinfín de peripecias personales y políticas con la Segunda Guerra Mundial, decidió reabrir su casa de modas, ni la edad, ni los reumas, ni la artritis habían podido apagar su llama y tal como le pasara en la época de Etienne Balsan, estaba hastiada, aburrida y enfadada de su rutina, en la que solo se dedicaba a disfrutar de su riqueza, de sus lujos y de la vida en sociedad. Tenía que ocupar su tiempo trabajando, diseñando y haciendo lo que más le gustaba que era cambiar a la sociedad femenina, ser un ejemplo para todas las mujeres de fuerza, de inteligencia y creatividad, enseñar al mundo que la mujer es el sexo fuerte y que no hay nada que pueda detenerla para lograr cualquier cosa que se proponga. Channel transformó a aquella mujer que adornada cual pastel con grandes vestidos, plumas, flores y que tenía la función de ser un mero accesorio decorativo para el hombre, en mujeres fuertes, inteligentes, trabajadoras, emprendedoras, pero sobre todo con una elegancia que intimidaba y dejaba boquiabierto a cualquiera.

Un 10 de enero de 1971, era domingo el día que Coco siempre había aborrecido, era una mañana fría y nublada, sin embargo, decidió salir a dar un paseo con su amiga Claude Baillen, al regresar al hotel Ritz que era donde vivía en ese entonces; fatigada entró a la habitación y su rostro estaba pálido, se recostó en su cama y sin voltear a ver a su amiga solo dijo: “Mira, así es como se muere” y en un suspiro dejó este mundo inmortalizándose como la gran leyenda de la moda y la liberación femenina.

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