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Crónica: Alejandro Gónzalez Iñárritu

Por 19 octubre, 2021Tendencias

Mtro. J. Daniel Meza Real • Coordinación de Calidad Académica del Sistema UNIVA

 

Nueva York puede ser una ciudad calurosa, estresante e incluso intimidante, sus calles se mueven como una maquinaria sin fin, desde la altura de sus más grandes construcciones se observa como un enorme hormiguero donde no importa si es de día o de noche, nunca tendrá tranquilidad.

En lo profundo de un teatro de Broadway un actor rodeado de decenas de personas moviéndose al ritmo de la ciudad, reflexiona sobre el libreto que tiene en las manos, las luces están listas, los ingenieros de audio hacen las últimas pruebas y los camarógrafos dan los últimos toques a la fotografía mientras reciben instrucciones del gran Lubezki. El actor sigue reflexivo, observa la ventana, no sabe si lo que tiene en sus manos es ficción o una autobiografía. Alejandro se acercó a él y con un ligero toque en su espalda le preguntó -¿quieres que nos tomemos unos cuantos minutos?-. A lo que Keaton sólo asintió con una sonrisa.

“Muchachos, tomaremos un descanso de 5 minutos”.

Alejandro decidió que también necesitaba distraerse un poco, llevaban casi una semana de rodaje continuo y sentía que divagaba demasiado en sus pensamientos. No podía creer que estaba ahí, de nuevo filmando, sabía en su interior que esta sería su gran oportunidad, tenía que serlo, estaba a punto de cumplir 50 y no podía dejar pasar un minuto más, pero llegar a la cima sólo lo hizo pensar en el camino recorrido.

Mientras caminaba hacia el área de catering con la intención de disfrutar unos momentos a solas con un café y una dona, llamó su atención un joven asistente, tendría cerca de 17 años, su energía y entusiasmo lo delataba, a pesar de estar en el descanso, se escabullía ágilmente entre las grandes cajas de equipo de grabación para alcanzar un par de cables. La escena inmediatamente hizo viajar al director en el tiempo, 33 años para ser específicos…

Las cajas de equipo electrónico, demasiado grandes para subir a un avión hacían que el joven Alejandro pasara desapercibido mientras se escabullía en el barco carguero que iba con rumbo a España. El joven lleno de energía había terminado la preparatoria con éxito en la Ciudad de México, lugar donde nació y vivió durante sus 17 años de vida. Aún no estaba listo para enfrentarse a la vida y la aventura de llegar a Europa de contrabando en un barco resultaba ser el sueño de cualquier adolescente.

Su aventura de 6 meses se alargó durante 3 años y lo que vio en las calles de Europa y las comunidades de África, quedo guardado en su mente y se plasmó como a cuentagotas en cada uno de los trabajos que lo convertirían en uno de los más grandes del cine. Ahora estaba listo para regresar a su país.

De regreso a los pasillos del teatro de Broadway, el director seguía su camino hacia la mesa de bocadillos, que aunque no estaba tan lejos, parecía que nunca lograría llegar, ya que se cruzó con otro asistente que lo detuvo enérgicamente, como si llevara tiempo tratando de hablar con él. El joven de mediana edad le entregó un CD en una caja de plástico:

– Aquí está la música que pidió- dijo el joven esperando atento a la reacción de su jefe.

– ¿Cómo le hiciste? Eso estuvo muy rápido- respondió Alejandro con una sonrisa que pudo haber sido de acusación o complicidad.

-Aquí en Nueva York hay una gran variedad de estaciones de radio y pues, sólo fue cuestión de poner un poco de atención a los locutores-.

Alejandro asintió satisfactoriamente, reacción que el joven interpretó como una despedida. Iñárritu se quedó viendo el disco y automáticamente se volvió a transportar al mundo de sus recuerdos.

El joven y enérgico Alejandro sostenía un disco en sus manos, era de los primeros que se veían en el mercado, cada día se desplazaban más y más a los casetes. Estaba a unos segundos de regresar del corte comercial y del otro lado de la cabina le hacían señales de que se preparara, habían pasado 4 años después de haber terminado la carrera de comunicación en la Universidad Iberoamericana y aunque su paga no era del todo buena, él entendía que apenas comenzaba su vida profesional, a diferencia de otros, aún siendo recién egresado, contaba ya con su propio programa de música en la WFM y era un trabajo que disfrutaba profundamente, qué más podía pedir si le pagaban por escuchar y programar música.

Pero aunque su contrato sólo le demandaba programar las canciones de la estación y hacer algunas intervenciones entre los cortes, su nata habilidad creativa lo llevó a hacer mucho más. Al regresar de los cortes comerciales, presentaba la música a través de narraciones que él mismo creaba. Esto no fue en vano, tres años después fue nombrado director de la estación sin mencionar que durante los 5 años posteriores se dedicó a entrevistar a estrellas mundiales del rock. Dentro de su trabajo, la música lo llevó a conocer un mundo que él albergaba en su corazón, pero que no había conocido personalmente. El en ese momento DJ de radio, compuso la música para seis películas mexicanas. Su carrera en ese instante comenzaría una gran trasformación.

Alejandro seguía caminando por los pasillos del teatro, cada paso que daba podía sentir más cerca el olor del café y las donas, era la única sensación que lo traía de vuelta al mundo real.

–Alejandro, llegó una notificación de los dueños del teatro-. Le dijo un hombre que por la manera de dirigirse al director se notaba era de su más íntima confianza. –Nos dicen que ya tiene fechas apartadas para algunas obras que no puede cancelar y que quiere que desalojemos en máximo una semana más–. El director observó detenidamente el documento como si lo leyera, aunque realmente pensaba solo en como resolver el problema.

–Es que ya tenemos más de 4 meses usando el lugar… déjame hablar con él, gracias. – Dijo Iñárritu mientras le daba una palmada en el hombro a su comensal, quién respondió con una sonrisa burlona. –Era más fácil cuando hacíamos comerciales, ¿no? –.

El comentario tocó una fibra sensible del director y solo asintió sonriendo mientras, quizá por el hambre, quizá por el ambiente tan reflexivo, comenzó a volar de nuevo en el pasado.

Era la primavera de 1990, en las calles de la Ciudad de México se sentía un calor fatigante, pero Alejandro tenía la piel erizada como si un aire frío tocara suavemente su piel, quizá era solo el frigorífico que mantenía la oficina del gran Azcárraga a una temperatura agradable; leía lentamente cada una de las cláusulas del contrato que tenía en sus manos, él conocía de antemano lo que decía, pero no podía dejar de pensar en las palabras de sus amigos “lee cada palabra, no te vayan a hacer buey”. Al llegar a la última página bajó lentamente el documento, mostró una sonrisa de satisfacción y firmó para convertirse en el creador de la campaña publicitaria de la televisora más importante de México.

Un año bastó para que Alejandro González tuviera lo suficiente para fundar su propia casa productora: Zeta Films.

El camino que iba a seguir estaba cada vez mejor trazado, aquel muchacho que se había ido a viajar a Europa sin saber que quería hacer de su vida, ahora había encontrado su verdadera vocación, un lienzo en blanco en el que plasmaría su gran genio y talento.

Era hora de dar el último paso de preparación para el éxito. En 1992 viajó a Estados Unidos a conocer un nuevo mundo, a tener un punto de comparación con el propio. Estudió cinematografía en Maine, bajo la supervisión del aclamado director Ludwik Margules y en Los Ángeles con Judith Weston. Y más allá de lo que aprendió en el aula de clases, vio una realidad que lo convirtió en exiliado voluntario, en el inmigrante conquistador.

De regreso en México, ya como un cineasta preparado, realizó uno de sus últimos trabajos con la televisora en un cortometraje llamado “detrás del dinero” en el que participaba Miguel Bosé y Damian Alcázar. Mientras tanto “El negro” Iñárritu conoció a un gran amigo y socio con el que cambiaron el mundo del cine, se complementaron el uno al otro en un estilo naciente de las películas no lineales; Guillermo Arriaga.

Juntos crearon alrededor de 11 cortometrajes donde reflejaban las contradicciones sociales del Distrito Federal. Después de 3 años y tres decenas de borradores, decidieron unir de una manera nunca antes vista a 3 de estas historias que a simple vista parecían no tener relación alguna, fue así como nació Amores Perros y también un nuevo estilo de narración que marcó el mundo del cine y le dio una firma característica al nombre Alejandro González Iñárritu. Esta película fue multipremiada internacionalmente y nominada al Óscar en la categoría de Mejor Película Extranjera.

Este fue el salto hacía las ligas mayores y el comienzo de una trilogía de fama mundial que marcó la época Arriaga-Iñárritu en la que estos dos cineastas, uno guionista y el otro director, respectivamente; filmaron siguiendo la misma estructura no lineal, contando 3 historias distintas que se entrelazaban a través de un acontecimiento específico.

Las nominaciones y los premios no dejaban de llegar y Alejandro dirigía a actores como Sean Penn, Brad Pitt y Kate Blanchet. Sin embargo, todo ciclo tiene un principio y un fin. Después de la última nominación a Mejor Película Extranjera, gracias a Babel, Guillermo Arriaga decidió romper la relación con el director, tal parecía que el sello de la pareja llegaba a su fin dejando atrás solo una trilogía.

La siguiente película Biutiful, una co-producción con España sorpresivamente, fue casi completamente lineal, ya no se mostraba el rompecabezas al que Alejandro tenía acostumbrados a sus espectadores, sin embargo, seguía siendo cíclica en la que el principio era al mismo tiempo el final de la historia. De nuevo y como de costumbre en un genio del cine, la película fue multipremiada en los festivales más importantes del mundo.

Pese a ello, aún quedaba una pequeña piedra en el zapato, era hermoso ser nominado al Óscar, pero la categoría “Película Extranjera” parecía no ser suficiente para un genio internacional. Años y años fuera de casa hicieron que el director viera el mundo como una comunidad global donde no había locales ni extranjeros. Era momento de ser un conquistador, ya lo había hecho un año atrás su amigo y socio Cuarón con una película que estaba literalmente fuera de este mundo. Muchos lo vieron como una excepción, pero él estaba determinado a demostrar que era regla y que el talento existe y no respeta nacionalidad.

De nuevo en el teatro, Alejandro estaba por fin frente al café y las donas, se servía y antes de dar el primer sorbo suspiró aliviado, había llegado lejos y ahora no iba a detenerse en el pasado. En ese momento su introspección se quebró con la llegada de su compañero Lubezki que agitaba un sobre de un sustituto de azúcar y lo vaciaba sobre un vaso de unicel. El director miró a los ojos a su fotógrafo mientras tomaba de su vaso; al sentir la mirada penetrante “El Chivo” volteó y sin decir nada, esperó cualquier cosa que Iñárritu tuviera que decir.

-¿Cómo ves todo?- preguntó Alejandro dejando entre líneas otra pregunta que era ¿crees que nos llevemos el Óscar?

-Por experiencia sé cuándo una película tiene lo suficiente, esta vez te lo vas a llevar, estoy seguro.- Y como si lo que acababa de decir no tuviera mayor importancia, se dio la vuelta y se dirigió a la escena donde iban a rodar.

Alejandro dejó su vaso de café a la mitad sobre la mesa y gritó: “Muchachos, volvamos a trabajar”.

Antes de caminar hacía el plato de rodaje, se detuvo tomando del hombro a uno de los asistentes encargados y viéndolo fijamente a los ojos y le dijo:

–En un mes terminamos esta, ya hay que comenzar a trabajar en lo siguiente, ya sé que es muy pronto, pero ve consiguiendo el número de DiCaprio-.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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