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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Si usted sabe sobre alguna próxima inauguración de obra pública, dese la oportunidad de acudir, es una experiencia inolvidable, nunca las cosas se ven tan bien como ese día, si ya lo ha hecho, haga memoria, recuerde lo que fue en su momento la serie de obras inauguradas en el área del Agua Azul, recuerde el feliz día en que se pusieron en servicio las primeras calles peatonales de Guadalajara, la gloriosa fecha en que se inauguró la gran Plaza Tapatía, cuyo reloj sigue marcando esa misma hora, o el puente elevado sobre la Calzada Independencia, o el célebre y en su momento bien logrado proyecto de las cien manzanas en el barrio de las Nueve Esquinas, aunque quedó como en veinte, o cuando las ansias nunca satisfechas de redimir el oriente tapatío dieron sitio al gran parque de la solidaridad internacional.

Dado que la tendencia sostenida es que una nueva obra sepulta la anterior, tenemos la oportunidad de estar produciendo zonas arqueológicas citadinas al por mayor, vaya ahora a ver qué fue de la zona del Agua Azul, donde la arqueología y el parque jurásico se disputan el territorio. Visite el parque de la Solidaridad internacional, de ser posible ya pardeando el día, para que le añada la emoción de lo desconocido, el impacto del turismo de alto riesgo, ahora que, si el sitio le parece muy lejano, asómese al otrora romántico jardín de Francisco Zarco, justo en la esquina de las calles Independencia y Juan Nepomuceno Cumplido, cuya egregia estatua sedente ya perdió la placa, de modo que puede ser cualquier persona, la que usted guste.

Por supuesto que nuestro zoológico de elefantes blancos, sin mencionar el crecido número de rascacielos desocupados, se ubica en la Plaza Tapatía y se anuncia por la devastación urbana que rodea al Parque Morelos, antigua alameda de la ciudad.

Tal vez el origen del problema sea que los presupuestos para obra pública no contemplan partidas permanentes para su conservación y mantenimiento, o que se planean obras que luego no se pueden sostener, heredando a cada nueva administración un número creciente de compromisos que acaban siendo incosteables.

Del modo que sea, nuestra idiosincrasia burocrática sigue siendo la de “juguete nuevo dónde te pondré”, así que cada nueva administración quiere hacer sus propias nuevas y fastuosas obras, cuando que una obra excepcional sería dedicarse a mantener lo que ya existe en las mejores condiciones posibles.

Estas mejores condiciones exigen un proyecto de conjunto que haga transitable, amable y seguro el Centro Histórico de la ciudad, carente en su mayor parte de semáforos peatonales, de semáforos secuenciados, de pavimentos por lo menos usables, de arbolado sano y cuidado, de mayor número de sanitarios públicos o de menor número de personas que hacen de parques y banquetas su excusado, un Centro Histórico al que la gente pueda llegar, pues la proliferación no calculada de zonas peatonales lo mantiene básicamente aislado. Claro, esas mismas condiciones se esperan de cualquier parte de la ciudad, pero el Centro es nuestra “sala de recibir”, razón por la cual merece una atención más de conjunto, y no esa obsesión por el “juguete nuevo” que prescinde de todo lo demás.

 

Publicado en El Informador del domingo 27 de febrero de 2022

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