
Joel Ponce Barreto – Coordinación de Proyectos y Adaptaciones del Sistema UNIVA
Ahí estaba yo, escuchando Arcadia y esa frase que siempre me desarma: “my body is a map of L.A.”. Entonces lo entendí: las ciudades también dejan huellas en el alma. No solo las habitamos; ellas también nos habitan. Cuando Lana Del Rey le canta a Los Ángeles, le canta como a un amante que no supo quedarse. Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿Llegamos a tener con las personas la misma conexión que con las ciudades? ¿Y con los edificios?
Hablar de nuestra fragilidad, me doy cuenta, se parece bastante a hablar de diseño urbano —o incluso de arquitectura—. Como decía Juhani Pallasmaa, en las escuelas se enseña a diseñar casas, no hogares. Por eso tantas construcciones se sienten vacías: impecables, pero inertes; listas para aparecer en revistas, no para ser vividas. La mejor arquitectura no nace del espectáculo visual, sino de la historia, de la identidad, de las cicatrices de un pueblo y de las memorias de una ciudad.
Me gusta el optimismo de Jan Gehl cuando afirma: primero la vida, luego los espacios y después los edificios. Porque la ciudad perfecta es la que contiene nuestras historias. Quizá por eso deberíamos aprender más de los artistas efímeros que de los expertos: de quienes trabajan con el instante, con lo frágil, con lo que desaparece; de quienes convierten un muro cualquiera en un poema visual o un callejón en un acto de resistencia.
Ellos entienden algo que a veces la academia olvida: que el diseño es, ante todo, humano; que la ciudad no es solo un manual técnico, sino un organismo emocional.
Volviendo a la idea de Arcadia —esa tierra prometida que siempre parece estar un poco más allá—, me pregunto si contemplarla no es también un acto interior. Observar la ciudad, al final, es observarnos a nosotros mismos: nuestras fugas, nuestros retornos, nuestras zonas derrumbadas y nuestros secretos luminosos.
Las ciudades inolvidables no siempre son las más eficientes, sino las que respetan el ritmo de quienes las habitan. Las que reconocen que la vida urbana también tiene sus madrugadas de carretera vacía, sus edificios en abandono, sus autopistas que prometen una salida; pero también esos instantes de quietud absoluta en los que una banca bajo un árbol puede ser un acto de salvación, incluso espiritual.
Porque la belleza existe incluso en el deterioro. Lo cotidiano puede ser sublime si se mira con el ojo correcto.
Y esa es la lección que falta en muchas políticas urbanas: entender que la ciudad no es solo infraestructura, sino también poesía de lo ordinario. La ciudad somos las personas, así como las personas somos ciudad.
Porque, al final, ¿no es en la ciudad donde nacen los grandes artistas? No es el parque en sí, sino lo que sucede en él. No es la banca, es la conversación que sucede.
Entonces surge otra pregunta: ¿la arquitectura y el urbanismo son un fin o un medio?
La ciudad es el escenario, sí, pero somos nosotros quienes le damos sentido. Es en ese encuentro —entre espacio y experiencia— donde se forma lo verdaderamente humano.
Liberar nuestra Arcadia interna no significa aspirar a una ciudad perfecta, sino a una ciudad que nos permita sentirnos seguros. Una ciudad que nos acompañe, que nos refleje, que nos sostenga. Una ciudad tan humana como nosotros.
Tal vez Arcadia nunca fue una ciudad perfecta. Tal vez siempre fue esto: un lugar donde la ciudad y la vida se encuentran.