
Diego Ademir García Aréchiga – Jefe de Desarrollo Integral de Preparatoria
Hay etapas de la vida en las que uno quisiera tener una señal. Algo pequeño, pero suficiente para confirmar que vale la pena seguir. Una certeza que nos diga que aquello que estamos intentando conduce a algún lugar, que el esfuerzo no será inútil y que, algún día, podremos mirar hacia atrás y entender por qué tuvimos que atravesar tanto.
Pero la vida rara vez funciona así. Casi nunca nos muestra el desenlace antes de pedirnos que avancemos.
Pienso entonces en la oruga.
No camina porque sepa que un día tendrá alas. No atraviesa ramas, lluvia o distancias porque conozca el milagro que la espera. Avanza porque eso es lo único que puede hacer. Algunas veces con fuerza; otras, apenas. Habrá días en los que se sienta acompañada y otros en los que descubra, con dolor, que alguien que prometió permanecer tomó otro camino. Tal vez aparezca también alguien inesperado, justo cuando había aprendido a no esperar a nadie. Y habrá trayectos en los que no quede más remedio que continuar sola.
Quizá por eso la metáfora de la mariposa es mucho más profunda de lo que parece. Solemos admirar las alas, pero hablamos poco de la vulnerabilidad de ser oruga: de avanzar sin ninguna evidencia de que algo extraordinario vaya a ocurrir. De habitar ese momento en el que todavía no existen respuestas, únicamente preguntas.
¿Y si no pasa nada?
¿Y si este camino no lleva a ningún sitio? ¿Y si aquello que esperamos nunca llega? ¿Y si hemos invertido demasiado de nosotros en una dirección equivocada?
Hay preguntas que no hacen ruido, pero pesan. La incertidumbre puede convertirse en una carga silenciosa que nos acompaña incluso durante los días buenos. Nos acostumbramos a medir nuestra vida por resultados visibles y, cuando estos tardan, comenzamos a dudar de nosotros mismos. Confundimos lentitud con fracaso, pausa con retroceso y silencio con ausencia de transformación.
El Gato de Cheshire le dice a Alicia que, si no sabe adónde quiere ir, cualquier camino puede llevarla allí. Solemos leer esa frase como una advertencia sobre la necesidad de tener siempre un destino. Sin embargo, con los años he comenzado a pensar que existe otra posibilidad: a veces, no saber exactamente hacia dónde vamos no significa estar perdidos.
Hay momentos en los que caminar es suficiente.
Hay decisiones que no nacen de una gran certeza, sino de una necesidad íntima de seguir buscando. Damos un paso, luego otro, y vamos comprendiendo el camino mientras lo recorremos. Quizá también eso sea madurar: aceptar que algunas respuestas solo aparecen después de habernos atrevido a vivir la pregunta.
Entonces llega la crisálida. Ese momento extraño en el que, desde afuera, parece que nada sucede. Y cuánto se parece a ciertas etapas de nuestra vida. Trabajamos, esperamos, sanamos, aprendemos a despedirnos, intentamos reconstruirnos y, sin embargo, pareciera que seguimos exactamente en el mismo lugar. Nadie ve el esfuerzo. Nadie escucha las batallas interiores. Incluso nosotros podemos llegar a preguntarnos si realmente estamos cambiando.
Pero algo está ocurriendo.
Porque no toda transformación hace ruido.
Y un día llegan las alas.
Frágiles, inesperadas, nuestras.
Entonces tal vez comprendamos que nunca fueron el verdadero milagro. Las alas son únicamente la parte visible de una historia que comenzó mucho antes. El milagro fue continuar cuando nadie podía prometernos un final pleno. Fue levantarnos en los días en los que apenas alcanzaban las fuerzas. Fue aprender a soltar a quien se fue, agradecer a quien apareció y abrazarnos cuando el camino tuvo que recorrerse en soledad.
Quizá crecer consista precisamente en dejar de exigirle a la vida que nos explique de inmediato para qué sirve cada herida, cada espera o cada despedida. Algunas cosas solo adquieren sentido cuando el tiempo nos permite mirarlas desde otra altura.
Por eso, si hoy todavía no vemos las alas, tal vez no sea momento de desesperarnos. Quizá únicamente estemos en esa parte de la historia que nadie suele contar: la parte en la que todavía somos oruga; la parte en la que seguir caminando ya es, por sí mismo, un acto de esperanza.
Porque cuando finalmente llegue el vuelo, quizá descubramos que el verdadero milagro nunca fueron las alas, sino aquella versión de nosotros que continuó avanzando cuando todavía no sabía que algún día podría tenerlas.