
Elizabeth Alvarado – Socióloga y Codirectora de Ediciones Arlequín
En estos días, a razón de la integración profunda y acelerada de la inteligencia artificial (IA) en las rutinas de la vida cotidiana de casi todos —sean o no especialistas en tecnología—, resulta común escuchar hablar de la IA con total normalidad. Lamentablemente, se entroniza y celebra de manera superficial la penetración de la cultura digital en la formación académica de nuestras tiernas infancias, ignorando el riesgo que supone para sus procesos de aprendizaje la integración silenciosa y la automatización de resultados sin inversión de tiempo y sin una dirección clara en sus investigaciones.
Las consecuencias son visibles para los docentes en funciones, quienes dan testimonio de impartir clases a estudiantes anclados a la inmediatez, que no logran concentrarse para leer un artículo completo, mucho menos un libro; con mala expresión oral y escrita y, lo que es aún más grave, con un escaso desarrollo de su criterio para demostrar una posición a manera de juicio que involucre un poquito de ética y moral, un poquito de civismo y un tanto más de empatía. Estos aspectos son invalidados porque el estudiante no hace ejercicios comparativos, no investiga y tampoco consolida la imperante noción de la otredad.
Parece contradictorio en estos tiempos, ¿no?
La inmediatez tiene otros riesgos que se trasladan directamente a la convivencia, al establecimiento de alianzas y relaciones duraderas que den cabida al reconocimiento y valoración de nuestras virtudes —aquello de lo que las personas solemos tener necesidad—.
Dichos riesgos no se limitan a las deformaciones y carencias académicas de los estudiantes ni a socavar las relaciones interpersonales. Los riesgos han alcanzado el terreno de la edición y el mundo del libro; ya se pueden ver los magros resultados de una generación atada a esa inmediatez.
Hace algunos meses se desató la discusión sobre la implementación de la inteligencia artificial en la literatura, a partir de la sospecha de su empleo en los textos participantes en el Commonwealth Short Story Prize 2026. Se trata de uno de los concursos de relato breve más reconocidos del ámbito angloparlante, organizado por la Commonwealth Foundation y publicado cada año por la revista Granta.
Las alertas se activaron a partir de los cinco relatos ganadores porque en estos se podían identificar rasgos vinculados a textos generados por inteligencia artificial, que van desde metáforas excesivas y estructuras repetitivas hasta imágenes poco coherentes y un tono hiperliterario. Aquí es donde la IA no da el ancho creativo y exhibe ciertas carencias en su ingesta de información, que no es vivencial, pero que sí es multirreferencial.
La evidencia fue resultado de los comentarios de algunos lectores, escritores y especialistas, a lo que se sumó la implementación de detectores automáticos —que aún no son del todo precisos y pueden ofrecer falsos positivos—, especialmente cuando se trata de textos creativos o experimentales.
El caso revela un dilema creciente e inminente: incluso sin pruebas concluyentes, la sospecha de inteligencia artificial empieza a formar parte de la recepción pública de la literatura contemporánea y obliga a premios, editoriales y lectores a replantear los límites entre asistencia tecnológica y autoría humana.
La principal razón, desde mi juicio, es que resulta poco creíble que los participantes no caigan en la tentación de acelerar su ascenso en la vida literaria, sabiendo que la Commonwealth Foundation no utiliza detectores de inteligencia artificial por dudas relacionadas con el consentimiento, la propiedad intelectual y el uso de textos inéditos en plataformas externas.
La conclusión es evidente ante la onda expansiva de la IA, que alcanza a todos los órdenes de nuestras vidas cotidianas: la regulación del empleo de la IA en la creación literaria ya es un tema que no se ignora; solo habrá que recordar que en algunas agencias literarias ya se prohíbe comprar los derechos de obras literarias o textos creados parcial o totalmente con IA, incluyendo más aspectos en la formación de los libros, por ejemplo, el diseño de su cubierta.
¡No subestimen el empleo de la IA y mucho menos su mancuerna con la inmediatez!