
Mtro. Luis Eduardo Ayala Salazar · Egresado de la Maestría en Educación, UNIVA La Piedad
“Y de pronto todo se convirtió en niebla, y de pronto en un llano callado, y de pronto ya no estaba nadie”, escribe Gonzalo Peráez al final de su crónica “Potrero de Asunción, un pueblo desvanecido”. Potrero era una comunidad rural al noreste de Michoacán y habló en pasado porque ya no existe, lo único que queda es la vieja capilla en honor a San Pablo Apóstol, donde cada 29 de junio se festejaba con grandes bailazos al patrono del pueblo y donde en una de esas fiestas hace 15 años desaparecieron a Manuel Bueno, el jefe de tenencia de la comunidad, fue la primera desaparición de todas las que se vendrían. La familia Bueno y los habitantes de Potrero hicieron todo lo posible por encontrarlo, incluso los lazos sociales parecían haberse fortalecido pues buscaban en el cerro, se hundían en el río, recorrían la carretera, solamente les faltó echar ojo al cielo, pero, en esa búsqueda desaparecieron a otros tres integrantes del Rancho (como se le conocía popularmente): Gilberto Bueno hijo de Manuel, Lolita Guerra Bueno sobrina y Ricardo Hernández amigo de Gilberto.
Después de los cuatro desaparecidos y para no plagiar la crónica de Gonzalo se llevaron seguidito a los siguientes tres jefes de tenencia; Pancho Argüedes, Damián Hernández y Paulino Guerra, de ninguno se sabe nada. Potrero se cansó, se entregó al lamento de la incertidumbre, al dolor de la ausencia y al silencio de la impotencia.
-Antenoche se llevaron a Rosa mi hermana- se lee en la crónica a Don Ismael, uno de los últimos habitantes del Rancho, ya con las maletas listas para irse. -No ps que hacer, na, sí ya lo hicimos todo, no, no los vamos a encontrar, me llevo la´ngustia, pero aquí ya no hay na, ¿mi casa? Ay, la dejo por si regresa Rosa, se quede ay.
La narración de Potrero de Asunción me permite reflexionar sobre el efecto de las desapariciones en los territorios.
Los desaparecidos/desapariciones no solamente tienen un impacto significativo en la vida de las familias, sino también en las territorialidades pues rompe el vínculo de las personas con su lugar, ya que son arrebatados violentamente del mismo, se desarraiga de todas las formas posibles y aquél que ya pertenecía es privado de esa pertenencia, la esencia de habitar el territorio se difumina, se ahoga en un grito de desasosiego.
La persona desaparecida al no saberse nada de ella se convierte en una figura errante, pues de acuerdo con las antiguas culturas griegas y romanas, los cuerpos al morir debían ser cubiertos con tierra, con su tierra para poder tener una morada, incluso en la actualidad enterramos a nuestros muertos en el lugar que ellos consideraban su comunidad, su territorio, su hogar habitado, sin embargo, los desaparecidos, se sitúan en un no-lugar pues al desaparecer se pierden en un infinito mundo de posibilidades, pueden estar vivos o no, pueden estar muertos o no, si están vivos podrán regresar a su tierra y si están muertos podrán se enterrados en su tierra, nada se sabe y desafortunadamente poco se sabrá.
En este sentido, las territorialidades se van difuminando, ya que los territorios donde ocurren las desapariciones van cambiando, primero por las personas desaparecidas, pues ya no ocupan ese espacio, y segundo por las familias de las víctimas, porque éstas se lanzan a la búsqueda de sus hijas, hijos, hermanas, hermanos, padres, madres, etc., teniendo que abandonar ese lugar habitado para poder encontrar a sus seres queridos. Los vínculos construidos en el territorio donde antes se generaba la convivencia en comunidad, apoyo y otras cosas, se desarticula para crear otros, donde lo importante sea saber algo de aquellos a quienes desaparecieron.
La esencia de las territorialidades en donde hay desaparecidos se va drenando poco a poco, pues se llevan a sus generadores y la ineficiente respuesta del estado como órgano responsable, obliga a una parte a salir por miedo al mismo destino, a huir de su lugar, de su comunidad, a desplazarse por su seguridad y a otra la expulsa en búsqueda de sus familiares, a picar la tierra que no es suya, a explorar lugares desconocidos con la esperanza de encontrar un dato, un indicio o un fragmento de quienes aman.
Atender eficazmente los casos de desapariciones es atender a los territorios y buscar nuevas formas de construir la paz.
Si una persona falta, faltamos todas.
¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
Por quién doblan las campanas, John Donne (1623)
Los personajes, lugares y escritos son ficticios, el único estado real es Michoacán.