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1 + 1 = 3

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Mtro. Marco Antonio Parra Soledad Coordinación de Acreditaciones • Plantel Guadalajara

 

A lo largo de la historia se han ido construyendo diversas maneras de entender lo que las personas miran a su alrededor, dando lugar a corrientes de pensamiento multicolor, multiformes, con pretensiones de soberanía en la explicación de las cosas y de nosotros mismos, bregando entre posturas radicales, muchas veces contrapuestas y algunas, otras veces, moderadas. Lo cierto es que, la vida humana y todo lo que entra en contacto con ella, representa un reto para los pensadores e investigadores que genera un universo de posibilidades explicativas a las que toda ciencia, actualmente, sigue dedicando sus esfuerzos.

Concretamente, los intentos radicales por querer entender a la humanidad solo desde los linderos de la ciencia exacta, lo único que hacen es evidenciar, de manera igualmente radical, que existen realidades que escapan a la medición, a lo físico y su ordenamiento. Situaciones que nos hacen pensar que 1 + 1, no siempre es igual a 3, porque escapan a las leyes que actualmente definen la materia (nuclear débil, nuclear fuerte, electromagnética y gravitatoria) y que hacen, por tanto, que la lógica de las ciencias exactas no atine en darles total explicación, sino, a lo mucho, a sentar las bases de un debate sobre realidades objetivas, pero no medibles.

Así que, por ejemplo, ¿cómo medir el amor, que, aunque, siendo evidente su existencia, en el sentido de que amar o no amar ha puesto la diferencia entre la opción de unas decisiones y otras, trayendo consecuencias que, igualmente, pueden escapar a la lógica, si éste no es un ente objeto de la ciencia exacta?

El amor, musa de grandes escritores, objeto de interpretaciones variadas (y unas veces desvariadas), tratándose de una realidad existente que es capaz de ser objetivada, no anda por allí, caminando o subiendo las escaleras por sí mismo, sino que existe en la madre y el padre que se aman y aman a sus hijos, en los profesionistas que aman lo que hacen, en las personas preocupadas por el bien de los otros, etc. Y, en definitiva, su lógica no está determinada por la lógica matemática, sino que la supone y la trasciende.

El amor, a lo largo de la historia, mezclado con la riqueza de una imperfección que es capaz de perfectibilidad, en tanto que orienta al ser humano hacia la mejora continua, ha sido causa de muchas cosas, igualmente evidentes: el desarrollo de las ciudades, de sus servicios, de su educación, de la ciencia, del pensamiento y, entre otras muchas cosas, de la conservación y preservación de la especie. La cultura de cada coordenada espacio-temporal está marcada por los frutos del amor, entendido como la donación libre que las personas hacen de sí mismas por causas que trascienden su propia realidad, que les hace ver más allá de su nariz; así, encontramos a gente capaz de entregar su vida por motivos nobles, a una familia que no escatima nada, ni dinero ni esfuerzos, con tal de que sus hijos tengan más y mejores oportunidades para crecer; estudiantes cruzando grandes distancias con algo más que unas buenas suelas en sus zapatos, investigadores convencidos de la necesidad de crear mejores condiciones de vida, interesados por algo más que unos cuantos pesos en su bolsa, etc.

Y, si seguimos abundando en los ejemplos, las cuentas resultarán equivocadas: “1+1=3”, porque toda acción envuelta en el amor, genera muchos más frutos que la suma de los esfuerzos puestos en dicha acción, porque el amor es fecundo y la persona que ama a los otros y ama lo que hace, da más de lo que tiene, haciendo del amor, la inversión más rentable en la sociedad. ¿Cómo olvidar la fecundidad de Sócrates, que rebasó el pensamiento de la mitología y abrió campo al pensamiento objetivo de la realidad en Grecia para el surgimiento de la madre de todas las ciencias? ¿Cómo olvidar a Jesucristo, cuya presencia y pensamiento vino a dotar de mayor sentido el desarrollo de la idea racional sobre Dios, el mundo, la trascendencia y el amor mismo, causando un parteaguas en la división de la historia? ¿Cómo olvidar a Galileo Galilei, que puso a girar la investigación alrededor del sol, corroborando el famoso giro copernicano? ¿Cómo olvidar los esfuerzos concretos y, aparentemente insignificantes, de personas como la Madre Teresa de Calcuta, Mahatma Gandhi y Martin Luther King, que elevaron a niveles exponenciales sus acciones de amor por el otro, como un fuego que se expandió por los bosques de la humanidad doliente y llevó a muchos otros a encender de ese fuego otros espacios?

Y, si hiciéramos más personal esta discusión, cada quien podría preguntarse acerca de quién y con qué acciones le ha ayudado a llegar hasta el punto en donde se encuentra, y podría descubrir que las acciones de manutención, de cuidado, de preocupación y de educación, por parte de la gente para la que ha sido importante, aun siendo millonarias, distan mucho de ser valoradas por unidades monetarias, y son evaluadas, por el contrario, con expresiones populares como “lo que hicieron por mí no tiene precio” o “no podría pagar lo que han hecho por mí”, porque, evidentemente, el amor lo trasciende todo y nadie estaría dispuesto a ponerle precio a lo que sus padres o tutores o benefactores hicieron por él, así hubiera opulenta o muy pobre la inversión.

Este examen a nuestra propia historia, en primer lugar, en el terreno próximo, nos debe hacer pensar que somos el resultado exponencial de otros actos de amor, a veces, muy sencillos y ocultos detrás de la cotidianidad diaria del hogar, muchas veces vestidos de los harapos de una paupérrima valoración y, en segundo lugar, extendido a los 350,000 años de haber comenzado a existir como seres racionales, debe hacernos reflexionar, sobre el propósito de nuestra vida, como un acontecimiento personal que orienta nuestra existencia, hacia la trascendencia del acto de amar. El amor acciona, ilumina, anima y humaniza la química orgánica que nos hermana con otros seres vivos. Si el amor es, a la vez, nuestra esencia y nuestro fin o propósito, tenemos dos opciones generales, o amamos, multiplicamos y somos, u odiamos, restamos y no somos. De la respuesta a estas dos opciones, depende el desarrollo de nuestra sociedad, en los términos de la inversión del amor para el futuro de los hijos de nuestra sociedad. Pues, si bien existen evidencias del amor y sus frutos en la historia, también el odio ha signado algunos momentos vergonzosos que han intentado, contrariamente a la fecundidad, el exterminio de la especie.

Esta reflexión, alejada del amor romántico y telenovelesco y cercana a una concepción del amor como donación responsable, que implica el ejercicio de la inteligencia, la voluntad y la responsabilidad en las propias decisiones, nos debe llevar a replantear con objetividad si socialmente ¿estamos invirtiendo en la cuenta del amor? O, por el contrario, embelesados por el atractivo del falso ahorro del egoísmo, encubierto detrás de políticas inmanentistas y radicales, que ondean banderas de aparente actualidad ¿estaremos proclives al lento exterminio, representando, por el contrario, un retroceso en cuanto a nuestro crecimiento y desarrollo? O, de manera irreflexiva ¿estaremos siendo títeres de grandes poderosos que, con intenciones de colonizadoras, promueven, apoyan e incentivan el uso de las armas poderosas del desmido y el desenfreno egocentrista que nos ha ido llevando, poco a poco, a sentirnos “dioses” de nuestro propio universo, sin los poderes de uno, a costa de los otros?

Por otro lado, evitando sonar en todo, fatalistas, nos seguimos encontrando con personas que, convencidas de las ventajas de la noble inversión del amor, navegan a través de ríos adversos de ideologías globalizadas y universalizadas por la publicidad, con aire de “rareza” aparente (porque en realidad son muchos), “reducidos” y “relegados” a la periferia de la moda, del “trending topic”, pero con los mismos frutos que la historia respalda. Hombres y mujeres aportando algo, sumándole otro tanto y produciendo más que lo aportado y sumado, dotando de cultura de servicio los espacios laborales, llenando de generosidad los espacios de educación de los hijos; optando por el olvidado, pero reconocido remedio de salud, llamado perdón y derramándose, literalmente, a sí mismos, como una fuente de la que otros puedan servirse en caso de tener sed.

Quizá sea tiempo de pensar en cuál lógica nos encontramos, en cómo invertimos el valioso tiempo de nuestro día a día. Seguro estoy de que, si ahora mismo supiéramos que contamos tan solo con 24 horas de vida, pensaríamos en llenarlas de actividades con una profunda lógica de la inversión del amor, porque, podemos buscar por todas partes el sentido de la existencia, pero nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en esta lógica. Quizá, alguno pudiera, desde hoy, volver al Padre y decir: “cinco talentos me entregaste, aquí tienes otros cinco.” Y Él nos pueda contestar: “¡Bien, siervo bueno y fiel! […], entra en el gozo de tu Señor.” (Mt 25, 20-21).

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