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Hernández Uribe Adriana Margarita, López Barrientos Nayeli Margarita, Sánchez Navarro Daniela, Ulloa López Gabriel Alberto (estudiantes de Medicina). Coordinación: Dra. Ana Karina García Suárez.

 

Con 390 millones de contagios alrededor del mundo cada año, el dengue es, sin lugar a dudas, uno de los problemas epidemiológicos más importantes a nivel global, y eso incluye al país azteca, México; no sólo por la gravedad de la enfermedad, sino por la forma en cómo se transmite y sobrevive en el ecosistema.

Perteneciente a la familia Flaviviridae, del género de los Flavovirus, que a su vez se engloba en el grupo de los Arbovirus (virus trasmitidos por artrópodos), el dengue llega al interior de nuestros cuerpos utilizando un “vehículo” que en términos médicos se denomina “vector”, el mosquito.

Ahora bien, no todos los mosquitos tienen la capacidad de portar aquel infame microorganismo, pues de las diferentes especies conocidas, sólo 2 subespecies del género Aedes (género perteneciente a la familia Culicidae), se consideran potenciales vectores: Aedes aegipty y Aedes albopticus, de los cuales el primero es el que, a nosotros, como mexicanos, nos debe importar, pues su primo Albopticus habita fuera de las fronteras de nuestro territorio.

Hoy, contamos con información de sobra para conocer a estos pequeños animales y al microscópico “virus” que portan, y aquí se tratarán de sintetizar páginas y páginas de contenido con el objetivo de hacer llegar a las personas información clave que permita contener y controlar, en la medida de lo posible, su propagación.

La vida del vector

Hay que conocer al enemigo para combatirlo de manera efectiva, y eso implica conocer bien, entre otras cosas, ese vehículo que utiliza para llegar a nosotros.

El mosquito Aedes aegipty, así como sus congéneres, necesita alimentarse de sangre de vertebrados para poder llevar a cabo el proceso de ovogénesis –esto es, el proceso mediante el cual fabrica y pone sus huevecillos-, lo que implica entrar en contacto con aves, reptiles y mamíferos, y entre estos últimos nos encontramos nosotros, los humanos. El mosquito intentará permanecer cerca o dentro de nuestros hogares, en aquellos rincones en los que haya encharcamientos o recipientes que contengan agua, y debido a que requiere una temperatura de entre 15° a 40° C aderezada con un poco de humedad, las ciudades y suburbios de una gran parte de nuestro país están bajo su asedio.

Al igual que la mayoría de las formas de vida animal, los mosquitos se reproducen de manera sexual, es decir, se necesita que un macho fecunde a una hembra para traer más de estos pequeños vectores al mundo. Igual que nosotros, ambos sexos se diferencian uno de otro gracias a ciertas características anatomo-fisiológicas, lo que en biología se conoce como dimorfismo sexual: la hembra posee antenas con pelos cortos en la parte superior de su cabeza, y en la parte inferior de la misma tiene unos pequeños pero efectivos palpos, nombre que se le da a las pequeñas hebras a manera de antenas que muchos insectos utilizan para identificar y sujetar su alimento. Dichos palpos miden un tercio de la longitud total de la proboscis, que es un tubérculo grande ubicado en la punta del hocico; por otro lado, el macho presume unas antenas plumosas con pelos largos y abundantes, y unos palpos tan grandes como la proboscis. Los machos procuran alimentarse de néctares de plantas ubicadas cerca de los puntos en los que se concentran las hembras, lo que ayuda a elevar su tasa de reproducción. Su principal característica son esas líneas blancas que revisten sus pequeñas patas como si de las mangas de la camisa de un mimo se tratase. Sin duda, lo delatan ante nuestros ojos -siempre que pongamos atención, claramente-.

Una vez que el macho y la hembra han llevado a cabo el proceso de apareamiento, la hembra busca un pequeño charco o recipiente con agua en su interior y deposita sus huevecillos, tan cerca como puede del vital líquido. Luego de apenas 3 días, los huevecillos habrán hecho eclosión y encontraremos un montón de pequeñas larvas nadando en el agua. Las larvas demorarán 5 días en pasar a su siguiente estado, la pupa; finalmente, al cabo de otros 2 días, estas pupas serán ya unos mosquitos adultos hechos y derechos. El mosquito adulto deberá mantenerse alejado de temperaturas inferiores a 4° C o superiores a 40° C para vivir tanto como un mosquito puede vivir: aproximadamente 7 días.

Muchas veces, es uno mismo el que le facilita el trabajo al enemigo, y la batalla que el ser humano libra con el dengue y su molesto vector no es la excepción: el cambio climático, provocado en buena parte por el ser humano, ha hecho que áreas antaño templadas incrementen su temperatura, expandiendo así el terreno que el mosquito es capaz de ocupar. Diferentes países en América, África, Oriente Medio, Asia y las islas del Pacífico están registrando nuevos brotes de esta enfermedad en zonas en las que antes no la había.

Actualmente se reconocen 4 serotipos: DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Los serotipos DENV-2 y DENV-3 son los generan más preocupación en el sector salud, pues tienen la capacidad de derivar el cuadro patológico en un caso grave. Además, infectarse con dos serotipos distintos de manera sucesiva también es un factor de riesgo para desarrollar alguna de las formas graves de la enfermedad.

A manera de conclusión, se puede decir que la batalla que se libra contra el dengue se remonta a cientos de años atrás. Es una batalla que ha cobrado la vida de millones de personas y, quizá, lo seguirá haciendo mientras no colaboremos en un plan de combate. Conocer las características de su vector, aquel pequeño y alado vehículo que utiliza cual avión de combate para llegar a nosotros, es esencial para inclinar la balanza a nuestro favor en esta lucha. Evitar encharcamientos y limpiar nuestros hogares es quizá la mejor manera de mantener a raya a este inquilino.

 

Desmantelando “las fábricas de ensamblaje” de su “vehículo aéreo”, será mucho menos poderoso.

-Gabriel Ulloa

 

 

 

 

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