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Mtro. Miguel Camarena Agudo, Encargado de Corrección y Estilo del Sistema UNIVA.

 

 

Decidir es escribir, para volver a vivir

sentarse en la miseria y aun así sonreír.

Enterrar las culpas para no ser otro muerto

que deambule entre la rabia de la masa

que pulule un desierto.

Abandonemos la pesadilla

que no nos deja dormir

Soltemos las amarras es momento de partir.

Rockefeller Underground

 

 

Un hombre piensa en algo con fuerza o dedicación porque le interesa, lo conforta, lo preocupa, o sabe que lo va a matar. Se recrea escenarios, los imagina, jugando al profeta o al sabio; aunque la realidad a futuro, lo contradiga y lo haga sentir como un imbécil con todo el tiempo invertido en inútiles cavilaciones. Por el contrario, aquéllos que logran acertar, se pueden sentir satisfechos, por haber sabido con antelación el desenlace. Como ocurre cuando alguien apuesta una buena cantidad de dinero en una pelea de gallos y gana; el daño nervioso padecido durante la conflagración es irreversible. Y esto porque saben en el fondo que a pesar de obtener la victoria sobre la negación, han sucumbido en un terreno ajeno al lúdico: al de la libertad. Una efímera paradoja que mortifica de vez en cuando a nuestra mente.

Pero en la vida como en los juegos, la esperanza quizá sea esa especie de bolardo en el muelle en tiempos de miseria espiritual o material. En cualquier caso, la esperanza siempre promete tener a futuro un rostro mejor que el que nos ofrece en el actual estado de las cosas. Pero no sé, si se pueda pecar de ingenuidad por esperar algo que puede decidirse antes de aguardar a que llegue el anhelo o se aparezca sigiloso como un gato en la sala. Hay situaciones donde es preferible, por encima del “pensar en”, el “actuar para”. Desde luego, algunos racionalistas estarán exacerbados diciendo para sí, “es obvio, primero se piensa luego se actúa”. Pero esto poco puede aplicarse en casos de abandono, peligro, marginación y soledad. Se reacciona y ya, se sobrevive o no. También hay otro tipos de contexto en el que las resoluciones no se pueden postergar y, la especulación de cualquiera de las partes involucradas, es una suerte de manipulación o hipocresía; aceptar dicha condición es una tontería. No se puede jugar de los dos lados del ajedrez al mismo tiempo.

Los pensamientos (anhelos, fantasías, ilusiones,) consumen tiempo, igual que un partido de fútbol, un parto, un velorio. Y siempre quedará la sensación de haber podido dedicar ese lapso de tiempo a una labor más fructífera; como puede ser leer un libro, entablar una conversación con un desconocido o tirarse en un colchón para escapar mediante el sueño, de sí mismo, tratando de evitar hasta las últimas instancias la idea del suicidio simbólico o físico como una opción razonable. Mishima, por ejemplo, como hoy sabemos, se mató para afirmarse, quizás el férreo Hemingway también lo haya hecho por el mismo motivo. Ambos, tomaron una decisión, trágica desde luego, pero no se quedaron a vivir en el limbo de la indecisión.

Por eso, desconfío de los indecisos, son una especie de seres que tienen la personalidad de la sífilis, sus síntomas aparecen y desaparecen, hasta volver loco al enfermo y matarlo en una agonía, dejándolos fuera de sí mismos. Recuerdo haber leído eso en una biografía sobre Nietzsche, quien murió por tal motivo. Hoy existen antibióticos para tal padecimiento pero no para las voluntades ambiguas. Un infarto fulminante es diferente, llega de golpe, es un intempestivo y enorme dolor, sin prórrogas ni opciones. Por eso me agradan tanto, personajes como, Diógenes, Zorba, Villa, Kerouac, Maradona, Fadanelli, tipos rudos, duros de roer, cuyas decisiones acertadas o no, tomaron sin rodeos, como un golpe al corazón; aunque estas los dejaran en el fondo de una alcantarilla o en el penthouse de la vida. No se detuvieron en titubeos, ni se sentaron a interpretar símbolos o se escondieron tras la seguridad de una pantalla. Porque ellos sabían el valor de lo real, y también sabían que entre el sí y el no, está el limbo.

Lo real pocas veces se encuentra en las palabras, en las promesas ¿Cómo podemos fiarnos de ellas si nosotros mismos nos mentimos de cotidiano? Las estadísticas así demuestran tan aburrida verdad, sean aplicadas al universo de la política o de la gente común. Es ahí donde uno agradece, sin caer en generalizaciones el tener un trabajo; independiente de los condicionamientos de horario, remuneración, e interacción con los otros; su virtud es permitirnos una disciplina, por rutinaria que pueda parecernos, al final es efectiva. Sucede, es un hecho y también las estadísticas lo respaldan. La mayoría de nosotros le dedicamos un tiempo considerable de nuestras vidas a producir el medio necesario para vivir y poder pagar el jabón, el papel del baño, la pasta dental, la ropa, el auto, etc., símbolos indispensables de prosperidad dentro una civilización cada vez más vacía.

Pero no somos culpables de eso, en cierta medida, todo lo aprendimos y lo efectuamos para no dejar de existir ante los ojos de los demás, aunque haya quien nos vea con indiferencia o desprecio por otras razones, donde incluso, el desprecio y otros sentimientos, sean cosas aprendidas y no posean una justificación.

Pero al final lo anterior se refiere a “hechos” y, los hechos, otra forma de demostrar la veracidad de las cosas, así lo dicen. Y quizás sean lo único que tenemos en este mundo, incluyendo el silencio y la omisión. El propio silencio, es un hecho en sí, lo es, en cuanto que comunica, como bien dijo Watzlawick. Con la omisión sucede lo mismo, si mis padres hubieran optado por ella, probablemente este escrito no se haya realizado. Pero volviendo a los “hechos”, estos nos ayudan a poder analizar y conocer de alguna manera, las cosas, las personas, los seres en general; una bolsa de plástico en la calle, no puede comportarse de manera distinta a su condición, así como una cucaracha, una mosca o un perro, tampoco lo pueden hacer. No podemos obligarlos a ser o actuar de manera distinta, porque no está en sus posibilidades, además, ¿por qué habrían de superar aquello que los define? Es una completa necedad. No hay necesidad, si así han sobrevivido hasta el día de hoy, ya sea como especie o individuos ¿Para qué exigirles algo que esté más allá de su naturaleza o posibilidades? Y esto no tiene que ver directamente con el concepto de adaptación, donde el más fuerte, hábil, inteligente, etc., sobrevive; a algunos les ha funcionado, la cobardía y la sumisión, en una palabra la inacción; les ha permitido conservar su empleo, su pareja, su tranquilidad o lo que sea que quieran conservar y está bien. No existe una verdad para todos ni una única forma de subsistir o vivir. De eso depende nuestra maravillosa diversidad de identidades, hoy en peligro de extinción, producto de la globalización y la manipulación de los medios masivos. Pero al menos, dentro de todo estos, existen un par de verdades tangibles para todos: el tiempo y la muerte. La primera tiene la característica de irse sin remedio y la virtud de no poder recuperarse. La segunda, es un hecho contundente, sin más opciones que su aceptación: la leche se pudre lo mismo que la carne. Y es cierto, como dijo Soto Antaki, “todos tenemos (o somos parte de) lo inevitable”, pero, también tenemos, la voluntad de lo posible. Y uno no tiene la obligación de perder tiempo y vida en las indecisiones ajenas, que por cierto, no tienen un gramo de gracia, sino lo contrario, son totalmente displicentes ¿No lo crees?

 

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