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María Fernanda Alujas Hernández · Pasante de la Licenciatura en Psicología

 

Inició el año 2020 y con este se vinieron planes, propósitos y metas. Unos eran relacionados con nuestra profesión, con la salud, con nuestra economía, relaciones interpersonales o incluso únicamente para nuestro entretenimiento: viajes, eventos… en fin: querer cumplir los sueños y disfrutar nuestra vida al máximo, siempre enfocados en el exterior. Cada uno pensando en su propio crecimiento y bienestar personal. Al parecer “nos sentíamos dueños” de nuestra propia vida. Sentíamos “que sabíamos” realmente quiénes éramos. Sin embargo, jamás pensamos que una partícula microscópica, mejor conocida como COVID-19 se convertiría en el tangible reflejo de cómo estábamos llevando nuestra vida.

Empezamos a escuchar como el coronavirus fue tomando la salud y vidas de personas que estaban a 100, 1,000, 10,000 kilómetros de distancia: nunca dimensionamos que “eso” que se veía y escuchaba en las noticias, terminaría llegando a nuestra vida. El momento de encerrarnos llegó, y no me refiero únicamente encerrarnos en nuestras casas sino encerrarnos en nuestro propio ser. Varios de nosotros tardamos algunos días para asimilar qué era lo que estaba pasando, no lo sabíamos… pero había algo que sí teníamos claro, no querer que el coronavirus llegará a nuestro cuerpo… aunque déjame decirte que sí lo hizo; tú, mi estimado lector: fuiste y eres víctima del coronavirus.

Tal vez no se manifestó a través de los síntomas que engloban el cuadro clínico, pero se manifestó en esa ansiedad que comenzaste a sentir por no poder salir, esa desesperación por tener que cuidar a tus niños 24/7. Esa incomodidad de no saber cómo relacionarte con los miembros de tu familia. Esa tristeza de no poder llevar a cabo tus planes y proyectos. Esa nostalgia de no poder ver a tus amigos. Esa incertidumbre de saber qué era lo que iba a pasar con la economía. Ese enojo e impotencia contra el gobierno. Esa sensación de vacío interior, de darnos cuenta de que todo lo que en algún momento escondimos e intentamos evitar salió a flote gracias al coronavirus.

Es momento de la esperanza, darle un sentido positivo a todo lo que estamos viviendo; principalmente dar gracias a Dios que nos permitió vivir este confinamiento para que nos diéramos cuenta de que estamos llevando nuestra vida por otra dirección, agradecer a nuestra familia o personas cercanas que todavía están con nosotros, agradecer la oportunidad que se nos dio en nuestro trabajo de hacer “home office”, a las plataformas virtuales que nos han permitido continuar con nuestros estudios y por qué no, también ver a nuestros amigos. Cierro con esta frase de Víctor Frankl que me gusta: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Es momento de hacer mancuerna desde la psicología y con esperanza, para la construcción del nuevo nosotros.

 

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