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Cuando romper se convierte en una forma legítima de solucionar

Danna Nicolle Alcaraz Martínez • Alumna de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación

 

No, yo no pinté, ni rompí, ni anduve con la cara tapada durante todo el transitar en la marcha del 8 de marzo. No, yo no “vandalicé” las calles, ni señalé a los hombres que se habían mezclado entre los primeros contingentes (pese a que se les solicitó con más de 15 días de antelación que se ubicaran hasta el final de todas nosotras). Y aunque no fui partícipe de nada de esto, eso no significa que esté en contra de lo que simboliza el destrozo, porque sé que el romper y acabar con el muro, la ventana o la estatua no es producto de un capricho, sino un síntoma de un país al que no le preocupa el dar una solución a toda la oleada de violencia la cual a diario cobra la vida de diez mujeres.

No, esta forma de manifestarse no me representa, pero sí representa a las más de 6 millones de mujeres mexicanas que en los últimos 6 meses del año pasado sufrieron de violencia sexual o al 33% de mujeres violadas por los propios elementos de corporaciones policíacas durante un arresto, sin olvidar, a las más de 3 mil madres que en el último año han perdido a una hija como resultado de un feminicidio. Para ellas la violencia sirve de catarsis, una manera de hacer notar sus pérdidas; les da la posibilidad de mostrar su dolor y convertirlo en algo más que noches en vela y días en silencio, que por un día se vuelva evidente para todo el mundo que esa herida sigue latente, que esa herida no está remotamente cerca de cerrarse, pues la violencia contra la mujer no es un hecho aislado, tristemente, es un problema estructural minimizado e incluso, silenciado por la gran mayoría de las agendas políticas.

Las mujeres que pintan no lo hacen porque carezcan de valores o de empatía, por el contrario, lo hacen porque, como todas nosotras, se reconocen vulnerables y vulneradas por este entorno de violencia. A diferencia de quienes hemos sido lo suficientemente privilegiadas como para no vivir ningún tipo de agresión de género severa, a estas mujeres no les basta con transitar las calles usando la pañoleta morada en el cuello y llevando el cartel con la reflexión en la mano, simplemente porque su paz interior ha sido pisoteada y ya no les queda empatía por la propiedad pública de una nación en donde tan solo el 3% de las denuncias por violación y/o agresión sexual son resueltas y llegan a recibir condena.

Que no se nos olvide que no existe como tal cosa una forma “correcta” de manifestarse, que la naturaleza de este tipo de eventos busca convertirse en una llamada de atención para todos los actores sociales los cuales tienen el poder de intervenir y cambiar esta situación. Sin embargo, cada mujer que marcha tiene su propia historia y esta variedad de vidas ha propiciado una gran multiplicidad de tonos y formas de protesta; desde las marchas de siempre, pasando por el glitter rosa y los performance, hasta llegar a las pintas; cada una de estas manifestaciones de inconformidad sólo nos hablan acerca de cómo cada una de nosotras ha tenido que desarrollar formas más combativas con el fin de asegurarnos de que nuestra voz se escuche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comunicación Guadalajara

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