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Y QUÉ NOS DICE JESÚS (Mt. 5, 27-32)

En este evangelio, Jesús nos ofrece una antítesis: Se dijo a los antiguos… pero yo os digo. Aquello estuvo bien y cumplió su cometido; ahora, al llegar el Reino de Dios, no basta con la ley. Jesús propone una conversión hacia la autenticidad, por encima de cumplimientos y de apariencias.

Hay que distinguir entre la mera inclinación, el deseo o la voluntad y el acto del adulterio. La sola inclinación es algo que, por humanos, la tenemos o podemos tener todos; es algo natural. El acto de adulterio estaba prohibido, sigue prohibido. Lo que añade Jesús es la catalogación del deseo como una falta o pecado de adulterio del corazón.

Esto supone un cambio de mentalidad, una revolución moral. Si el corazón está deseando un mal, Jesús se refiere hoy al adulterio, ya se ha adulterado, la persona ya se ha contaminado. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro (Mc. 7, 21-23).

El corazón también puede tener y tiene buenos deseos. El corazón no es malo, somos nosotros los que podemos usarlo mal. Por eso Salomón, al ser entronizado rey, le pidió al Señor: Un corazón que sepa juzgar al pueblo, para discernir entre el bien y el mal. Y le agradó al Señor (1 Re. 3,9-10).

El marco de referencia para saber cómo tiene que ser nuestro corazón, con respecto al adulterio y a todo lo demás, es el mismo Dios. La Biblia está plagada de frases que hacen referencia al corazón de Dios. Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en Oseas: ¿Cómo voy a entregarte a merced de otros, Israel? Mi corazón se convulsiona dentro de mí y se estremece en mis entrañas (11,8).

Porque Dios tiene un corazón limpio, tierno y cercano, nosotros debemos intentar parecernos a él. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados –dice Jesús- y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso (Mt. 11,28s).

Cuando una persona “tiene corazón”, cuando mira con un corazón limpio, todo en él es limpio, Y todo lo que haga, lo que diga, y lo que piense será bueno, bello y verdadero. Y entenderá y, en la medida de sus posibilidades, vivirá y practicará el mandato del Señor: Ama al Señor con todo el corazón… y al prójimo como a ti mismo (Mt. 22,37).

Texto para postal:

El corazón también puede tener y tiene buenos deseos. El corazón no es malo, somos nosotros los que podemos usarlo mal. Por eso Salomón, al ser entronizado rey, le pidió al Señor: Un corazón que sepa juzgar al pueblo, para discernir entre el bien y el mal. Y le agradó al Señor (1 Re. 3,9-10).

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