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VAYAMOS AL BANQUETE DEL SEÑOR (Lc. 14, 15-24)

Pareciera que la gratitud es como una flor exótica, cada día resulta más difícil encontrarnos una. Hoy Jesucristo nos presenta la parábola de los invitados que rechazan acudir a la boda. ¿Por qué estas personas rechazan la invitación? Era una gran cena; el que la organizaba seguro que no habrá escatimado nada en su preparación.

Seguramente habría platos exquisitos, y, además, siendo un Señor de importancia, habría invitado a personas distinguidas de la sociedad de entonces. ¿Por qué se rechaza la invitación?

Cristo se encarnó. Dios hecho hombre por nosotros. Nos suena “de toda la vida” esta frase, sobre todo repetida en los días de Navidad que se están acercando, pero de tanto repetirla, quizás no caemos en la cuenta de que ahí cometimos la mayor ingratitud que se ha cometido en la historia de la humanidad: «los suyos no le recibieron». Porque si la gratitud es el reconocimiento por un don que se recibe, para un cristiano la gratitud nace de la fe en Cristo. Y a veces parece que Cristo necesita mendigar para que los hombres acepten el amor que les ofrece, cuando somos nosotros los que deberíamos esforzarnos por mostrarle nuestro amor.

Lo indicado es dar una respuesta agradecida a la gratuidad amorosa de Dios. Pero, desgraciadamente, abundamos con frecuencia en las excusas de los primeros invitados de la parábola y nos autoexcluimos de la fiesta por la ceguera de nuestros mezquinos intereses. En el fondo, tal negativa a la amistad de Dios es también una negación de la fraternidad humana que se expresa en el ambiente festivo de una mesa amiga.

Somos invitados al banquete no porque seamos dignos, sino porque Dios nos dignifica con su llamada. De ahí la respuesta propia de los que han nacido del Espíritu a la filiación de Dios. Está en nuestras manos hacer del mundo un inmenso jardín en el que la gratitud no sea una flor exótica, sino que sea la flor de cada hogar, de cada familia, de cada sociedad.

Señor, ¿quién soy yo para que Tú, Dios omnipotente y dueño del universo, me busques y me invites a participar en la oración, en la Eucaristía? Respetas mi libertad cuando me hago sordo e indiferente. Me acoges cuando me acerco, porque nunca me dejas solo en la lucha por mi santificación. Gracias, Señor, por tanto amor y por estar siempre a mi lado. Contigo lo tengo todo y por Ti quiero darlo todo.

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