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USTEDES TAMBIÉN SON PIEDRAS VIVAS (1Pe. 2, 4-9)

El apóstol san Pedro quiere hacernos tomar conciencia de que hemos sido elegidos por parte de Dios. Sería una verdadera lástima que estas palabras provocaran en nosotros una cierta vanidad y orgullo, antes bien, han de ser motivo de gratitud, alabanza y servicio. Porque cuando nos reconocemos elegidos, cuando tomamos conciencia de lo que eso significa entendemos que toda nuestra vida cristiana es puro regalo, un mar de gracia y vive siempre buscando la manera de ser bien agradecido por lo que se recibe, comprometido en compartir de los bienes que se han recibido, ¿quiénes somos nosotros para retener el torrente del amor de Dios? La conciencia de ser elegidos no es para encerrarnos en nosotros mismos, sino para ofrecer ese mismo tesoro de amor a otras personas.

Por otra parte, el apóstol ha utilizado la expresión piedras vivas. Al llamarnos piedras, está hablando de la firmeza que nosotros recibimos, una firmeza que no procede de nuestras cualidades, ni de nuestros conocimientos, ni de nuestro pasado, sino que la hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, Él es el origen de esa firmeza. Efectivamente, aquel que se ha encontrado con Cristo tiene una ruta para la vida, una fuerza para vencer la muerte, y una clara certeza para la eternidad. Eso hace que tengamos solidez como la de una piedra.

Es de notar, que san Pedro hace la combinación de la solidez de una piedra con el dinamismo propio de la vida, por eso dice: piedras vivas. ¿En qué consiste esa vida que nosotros recibimos? Nuestra solidez no consiste en quedarnos en el pasado, en amarrarnos a lo que fue, sino que nosotros, como cristianos, somos invitados a estar abiertos a nuevos regalos y bendiciones del Señor. Es necesario que sepamos que hay que crecer en la plenitud del conocimiento del misterio recibido, en la evangelización, en la virtud, porque nadie puede decir que conoce y entiende perfectamente a Dios. Cada uno de nosotros debe saber que somos peregrinos, que estamos caminando, vamos avanzado y como pueblo de Dios aguardamos una plenitud que sólo Él puede darnos.

Gracias, Padre, porque mediante el bautismo en Cristo nos has hecho piedras vivas de la Iglesia. Gracias, Señor, porque cuentas con nuestra pequeñez y quieres poner nuestra inteligencia y nuestro corazón, nuestras manos, nuestros labios, nuestros pies y nuestro tiempo, al servicio de la buena nueva de salvación y de amor al hombre. No permitas, Señor, que nos cerremos en la comodidad, en la apatía, en el egoísmo, en la falta de fe. Llénanos de la fuerza del Espíritu y cuenta con nosotros. Amén.

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