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USTEDES SON TEMPLO DE DIOS (1Cor. 3, 9-11.16-17)

Cada persona está constituida de cuerpo y alma, siendo ambos elementos indispensables para nuestra existencia. San Pablo, en la primera Carta a los corintios, nos recuerda el gran valor de nuestros cuerpos como templos de Dios. La Iglesia utiliza en varias ocasiones la imagen del cuerpo: la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y nuestros cuerpos, templos de Dios. En el momento que el Verbo de Dios se hizo carne diviniza nuestra realidad corpórea. Con nuestras peculiaridades, incluso las posibles deformidades y discapacidades, nuestro cuerpo es santo porque en él habita Dios.

Cuando podríamos pensar que la fe se aplica solo en cuestiones espirituales, encontramos fuerte sentencia sobre lo corpóreo. “Que cada uno se fije cómo va construyendo este templo” es la invitación de san Pablo para hacernos responsables del cuidado y uso que le damos a nuestro cuerpo. De ahí que podamos hacer un pequeño recuento de cómo hemos tratado este regalo de Dios. Te invito a que pienses cómo es tu parroquia, las grandes iglesias antiguas, nuestra catedral y otros templos agradables a la vista, al igual que aquellos donde el simple hecho de ingresar nos transmite paz. Seguramente son edificaciones limpias, iluminadas, que tendemos a respetar, constantemente puestas en mantenimiento, entre muchas otras características. ¿Por qué no buscar las mismas condiciones para nuestro cuerpo?

Para la excelsa edificación de nuestro cuerpo el único cimiento es Cristo, pero ¿Cómo transmitirlo a la cuestión? Cristo siempre buscó dignificar el cuerpo a través de la salud, curando enfermedades y discapacidades; liberó al cuerpo de pecado, mismos que hoy podrían ser nuestros vicios; lo glorificó dejando atrás la muerte, todo aquello que se convierte en riesgo y nos tiene sometidos. No te pido cuerpo escultural, ayuno, dejar atrás canas y arrugas; busquemos puntos medios: ejercicio suficiente, revisión médica constante, buena alimentación, dejar vicios, dormir bien. Edificar nuestro templo es dignificarnos, porque Dios desea estar en ti y en mí.

Tomo especial invitación a los casados, siempre busquen la santificación del cuerpo de su cónyuge. Padres, enseñen a sus hijos a valorar y conservar íntegros sus cuerpos. Valoremos el esfuerzo y cansancio del prójimo. Dios creó nuestro cuerpo muy bien y, recordando a san Juan Pablo II y su teología del cuerpo, en la plenitud de los tiempos seremos resucitados en cuerpo y espíritu.

Confiemos a Dios el gran tesoro de nuestro cuerpo y pidamos a la Virgen María nos ayude a conservarnos puros.

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