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USTEDES SON MIS AMIGOS (Jn. 15, 12-17)

Es un deseo y mandato expreso de Jesús que nos amemos mutuamente. Pero, ¿por qué debemos amar, no se supone que el amor es algo espontáneo, algo que no se puede forzar? ¿No será, de alguna forma, violentar a la persona el mandarle a amar a alguien? Ese amor por decreto, por mandato, parece algo prácticamente imposible y cruel, más en estos tiempos.

Necesitamos entender que, en el mundo judío, en la lengua hebrea, el amor no hace referencia a sentir cosas bonitas por el otro, más bien está orientado a pensar y a buscar cuál es el bien que yo puedo ofrecer para los demás, las actitudes honestas, los consejos oportunos. Pero lo más importante para entender el porqué del mandato de Cristo se encuentra en al amor que, previamente, hemos recibido de Él, ámense… como yo los he amado. Las pruebas de este amor son muchas, la mayor de todas es: morir por sus amigos. El amor que se sacrifica es el más auténtico.

Cuando se habla de amistad suele definirse en términos de igualdad, una amistad supone o hace iguales a los amigos. ¿Cómo puede existir igualdad entre Jesús y sus apóstoles, entre Dios y nosotros? Sin embargo, Jesús establece amistad con nosotros haciendo valer nuevas razones por las que se accede a una amistad e intimidad en la que Él tiene la iniciativa: Porque Él da la vida por nosotros, porque nos ha descubierto todos sus secretos, y porque, sencillamente, hemos sido elegidos como sus amigos.

La amistad es una de esas realidades que los hombres de todos los tiempos valoramos más. Tener un amigo es tener un tesoro. Lo más propio de la amistad es la confidencia, ese abrir el propio corazón con todo lo que hay en él al amigo, esperando que él pague con la misma moneda. Jesús, nuestro amigo, nos hace participes de su interioridad, de lo que piensa y siente su corazón, de sus vivencias más íntimas. El fruto de esta amistad con Jesús debe ser el amor fraterno. Amor con sacrificio y con total olvido de sí mismo, para darnos al hermano necesitado, triste, deprimido, solo, anciano, enfermo.

Gracias, Padre, porque Cristo, tu Hijo, nos dio la mayor prueba de amor al morir por nosotros. Gracias Jesús, por elegirnos como amigos tuyos, enséñanos a corresponder a tu amistad y elección para que demos fruto abundante y duradero. Ensancha nuestro corazón a la medida del tuyo para que, viviendo en comunión contigo y los hermanos, alcancemos la felicidad de tus amigos para siempre. Amén.

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