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UN PERDÓN QUE SANA (Mt. 9, 1-8)

En el evangelio de hoy, escuchamos uno de los diez milagros que relata san Mateo en su evangelio después del Sermón de la montaña, la curación del paralítico, que también se relata en Marcos agregándole algunos detalles, como es el caso de que cuatro hombres lo descuelgan desde el techo en una camilla.

Existen algunos aspectos que considero importantes, uno de ellos es cómo al paralítico lo llevan hombres solidarios, muy seguramente amigos o familiares, hombres con una gran fe, que admiran a Jesús y sobre todo que confían en Él; el sentido comunitario de este gesto es muy grande y sin duda abre camino para que se dé la curación.

El lenguaje que utiliza Jesús con el paralítico es cercano y positivo, “ánimo hijo, tus pecados te son perdonados”, además choca de lleno con el discurso de los escribas y fariseos que cargan al enfermo con el peso de la culpa y lo excluyen como pecador; pues recordemos que en ese tiempo toda enfermedad estaba ligada y atribuida al pecado. Jesús en esta situación da una muestra sobre “qué es realmente perdonar los pecados”, pues trata de integrar al paralítico a la comunidad tratándolo con dignidad y respeto, lo ayuda a superar sus limitaciones para realizarse, sentirse útil y capaz, por eso le dice: “ponte de pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. La gente quedó sorprendida y “alababa a Dios”. El tema central en el evangelio de Mateo es el Reino de los cielos, y Jesús con su propia vida y los gestos que tenía con la gente, lo hacía presente en la tierra, pues el amor de Dios es realmente la buena noticia.

Pensemos, ¿qué personaje de este evangelio soy yo? ¿El amigo que ayuda, se compadece y con bondad y misericordia acerca a sus amigos a Dios para ser curado?, o ¿soy el paralítico, que necesita ser sanado y que en la enfermedad se siente con confianza de que Dios, aún en nuestra miseria, nos ayuda, nos devuelve la dignidad y nos ama sobre todas las cosas?

Nunca dudemos de la misericordia de Dios aun cuando caigamos una y otra vez, acerquémonos al sacramento de la penitencia para ser sanados, sin miedo y con el corazón enaltecido. Así mismo, demos gracias a Dios por todas las personas que tenemos a nuestro alrededor que nos tienden su mano y nos brindan ayuda; demos gracias por la amistad sincera y generosa, aquella que se ofrece desinteresadamente y que hace más llevadera nuestra vida y problemas terrenos; devolvamos en la manera de lo posible la generosidad que Dios nos muestra a través de los amigos, con más fuerza ahora que el mundo necesita de nuestra generosidad para que esta pandemia termine pronto.

Reconcílianos, Señor, contigo y con los hermanos, para poder sentarnos de nuevo a la mesa en tu fiesta; así caminaremos gozosos a la luz de tu misericordia, porque tu amor y tu perdón son nuestra fortaleza en el duro desierto hacia la patria eterna.

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