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“UN PERDÓN ILIMITADO” (Mt. 18, 21-19, 1)

Nos cuesta muchísimo poder ofrecer el perdón a quien me ha ofendido y romper ese círculo vicioso del odio y la sed de venganza. ¿Acaso el perdón será solo para gente opacada que se deja pisotear? Vaya que existen momentos donde los nervios explotan ante la ofensa y la injusticia, es cuando uno dice: ¿tengo que ser tonto y perdonar para ser bueno? Y somos tentados a demostrar nuestra fuerza ante el insulto, la calumnia y el atropello. Lo más normal, y también lo más fácil, es vengarse cuando uno puede o al menos guardar rencor. La venganza pareciera ser el placer del ofendido, y el odio rencoroso es la práctica del más débil.

Lo difícil, lo que demuestra fortaleza, magnanimidad de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, eso lo hace cualquiera; sino perdonar y romper el espiral de la violencia mediante el amor sincero y reconciliador.

Necesitamos experimentar el perdón para saber lo que significa ser amado, liberado y rehabilitado como ser humano, como persona capaz de reconstrucción y de convivencia en el amor. La táctica habitual en nuestra sociedad moderna es marginar a los “tarados”; pero la práctica evangélica es más humana, porque el perdón regenera a la persona. De hecho, el que no ha experimentado personalmente en su propia vida el gozo de ser perdonado porque es amado, difícilmente es capaz de perdonar a su vez suplantando la ley del talión y del odio por la actitud del perdón y del amor.

Perdonar es posible desde el ejemplo de Cristo. Como siempre, Él practicó lo que nos enseñó y nos mandó. Estando Jesús para morir en la cruz, víctima de un odio mortal de sus enemigos, teniendo el poder suficiente para confundirlos, no obstante, optó por hacer justicia a lo divino, es decir, perdonando y venciendo al mal con el bien. Si Dios nos perdona, y siempre está dispuesto para perdonarnos, nosotros debemos imitarle y perdonar a los hermanos. De lo contrario, con qué cara nos presentaremos ante Dios para pedirle que nos perdone.

Señor, en Cristo crucificado nos muestras todo el amor, perdón y misericordia que abriga tu corazón de Padre hacia nosotros. Enséñanos a vivir según tu Espíritu cada día, de suerte que nuestro perdón a los hermanos sea para los demás un signo de tu amor y de tu reino.

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