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Un pan gratis y para todos (Jn. 6, 51-58)

Hoy celebramos la solemnidad del cuerpo y sangre de Cristo, conocida también como “Corpus Christi” Una fiesta instituida en el siglo XIII para destacar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Celebrar la Eucaristía es rememorar que la sangre derramada por Cristo; la entrega de su propia vida, nos devuelve a la comunión con Dios, que el hombre había roto por el pecado. La entrega de Cristo nos enseña a dar un culto verdadero a Dios, con la entrega de la propia vida.

Celebrar la Eucaristía, acercarnos a comer este pan que se convierte en cuerpo de Cristo para unirnos, no sirve de nada, como no sirve de nada celebrar los sacramentos, si no celebramos en ellos nuestra propia vida, con sus penas y alegrías, si no llevamos su fuerza a nuestra propia vida para vivir desde los valores de Dios. El cuerpo de Cristo es “un pan gratis y para todos”, la Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da gratuitamente el alimento del Cuerpo de Cristo, siempre que lo queramos recibir con las debidas disposiciones. Si este alimento no cuesta, si es el pan para todos, me pregunto, ¿cómo es posible que sean tan pocos los que lo recibimos? ¿No será que no lo valoramos? Es además un mismo y único pan para todos: la Eucaristía es el sacramento de la absoluta igualdad cristiana. No existe una Eucaristía para ricos y otra diferente para pobres. Para Cristo, pan de nuestra alma, todos somos iguales. Ante Cristo Eucaristía desaparecen todas las barreras económicas o sociales.

Jesús dice: “Quien coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá vida eterna”. La Eucaristía es un modo de vivir, de ser, de amar y de servir; que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura. No tengamos miedo de hablar de Dios ni mostrar los signos de la fe con la frente en alto.

La Eucaristía, es la escuela donde aprendemos a ser hermanos y solidarios, en ella Dios se hace solidario con los hombres, se hace alimento, para acompañar y consolar nuestro caminar. Por eso celebrar el Corpus es celebrar también el amor infinito de Dios, por esta razón los cristianos debemos de organizarnos, a nivel parroquial, diocesano, nacional, internacional para desterrar el hambre de la tierra. Incluso, donde sea necesario, hemos de colaborar con las instituciones de otras religiones para acabar con esta plaga de la humanidad, sobre todo en estos momentos en que nos encontramos, donde la precariedad y falta de alimentos por la baja en la economía mundial derivada de la pandemia que nos azota, está ocasionando la falta de éstos en las familias más necesitadas. Mientras haya un niño que muera de hambre, nuestra conciencia cristiana no puede estar tranquila.

Te invito a reflexionar, si el hambre de pan es terrible, imaginemos, ¿cómo es el hambre de Dios? A veces no nos conmueve tanto, porque el hambre de Dios no se ve, y sin embargo, es real, universalmente está presente, y es más angustiosa no pocas veces más que la misma hambre de pan, lo peor es que son pocos los que se preocupan de esa hambre, pocos los que buscan satisfacerla. Pidamos a Dios que abra nuestros ojos, de fe y de amor, tantos hambrientos de Dios con que nos cruzamos por la calle, con los que convivimos en el trabajo, con quienes nos divertimos, para que con nuestro ejemplo seamos el medio por el cual se acerquen a saciar su hambre de Dios.

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