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UN MODELO MUY ESPECIAL (Lc. 16, 1-8)

La parábola que se nos presenta el día de hoy en el evangelio tiene una concusión desconcertante a primera vista, que dificulta su comprensión: “El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido”. ¿Es que puede presentarse como modelo a un perfecto sinvergüenza?

No es que el amo apruebe la gestión anterior de su mayordomo, precisamente lo estaba despidiendo por fraude, sino que alaba su previsión del futuro queriendo granjearse amigos para los tiempos complicados que se avecinan. Al reducir la cifra de los recibos, probablemente no estafaba al amo, sino que renunciaba a su propia ganancia. Los administradores de entonces no tenían un sueldo fijo, sino comisión a cargo de las transacciones comerciales que lograban.

En esto se fundamenta la reflexión de Jesús: los buenos deben imitar la agudeza, astucia y previsión que en sus negocios ponen los hijos de este mundo, es decir, los malos. No es la corrupción y la falta de honradez lo que se pone de modelo, sino la sagacidad.

En el empeño por conseguir los bienes y la meta definitiva del reino, el creyente debe imitar el esfuerzo y dedicación de tantos otros por alcanzar sus objetivos terrenos: adquirir dinero, ganar influencias y poder, culminar una carrera, conseguir un puesto de renombre, asegurar el éxito político o deportivo. Pues si estos intereses suscitan de tal modo las energías del hombre, cuánto más debe hacerlo el Reino de Dios.

Nuestro mayor problema tal vez sea que vamos titubeando entre la luz y las tinieblas, entre Dios y el dinero. Nos contentamos con lamentarnos y queremos que los problemas se solucionen sin nuestro sacrificio personal. Sin embargo, nuestra misión es testimoniar que se puede servir a Dios y no a nuestros intereses mezquinos usando los bienes materiales sin perder los eternos y haciendo realidad el reinado de Dios en medio de las ocupaciones y el trabajo, el amor y la familia, la convivencia cívica y la vida de cada día.

A pesar de su sagacidad, el administrador infiel sólo supo solucionar su futuro inmediato y asegurarse un porvenir caduco. El cristiano ha de saber administrar mejor los bienes perecederos de esta vida ganando amigos para la eterna. Para vivir como hijos de la luz, como hijos de Dios, hemos de ser hermanos de los demás; algo imposible para el que vive al servicio del dinero, excluyendo a los otros.

Hoy Jesús nos señala el camino, debemos invertir el dinero y los bienes que tengamos, pocos o muchos, en los hermanos, especialmente en los pobres, colocando nuestros haberes en el banco del amor y no en el del egoísmo, porque solo el primero reditúa para la vida eterna. Si no convertimos nuestro corazón a los criterios de Jesús sobre el dinero, los bienes y la riqueza, renunciemos a ser cristianos. No valemos para ello, aunque aparentemente llevemos una vida piadosa y culturalmente observable.

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