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UN CELOSO DE DIOS (Lc. 9, 46-50)

Hoy la Iglesia recuerda a san Vicente de Paul, un presbítero destacado por su caridad y su incansable servicio hacia los más desprotegidos, pues en ellos logró ver el rostro de Cristo que sufre, en medio de esta memoria la Iglesia como madre nos propone meditar sobre un riesgo y una virtud muy presentes en la vida del que pretende seguir a Cristo, el riesgo es el de albergar los celos que llevan a la soberbia; y la virtud contraria es la sencillez que lleva a la unidad y la confianza.

Partamos del riesgo que nos advierten, pues los celos son una actitud que va destruyendo a la persona desde dentro de una forma velada pero contundente, si hiciéramos una analogía médica, sería semejante a un cáncer que de forma casi imperceptible invade toda la persona, pero que cuando se manifiestan los síntomas de la enfermedad, es demasiado tarde para poder poner una solución definitiva, sin ver comprometidos otros aspectos de la vida.

La pretensión de querer ocupar los primeros lugares es una actitud bastante básica y primitiva en la vida del ser humano, sin embargo, conforme se va alcanzando la madurez personal se va dejando de lado y se va adentrando en la donación de su persona hasta alcanzar un desprendimiento generoso; este proceso muy natural, puede ser problemático en algunas personas, por eso el Señor nos pone como ejemplo la figura de un niño.

El niño a pesar de ser un ser desprotegido e infravalorado en la sociedad de Jesús es también la imagen de la sencillez, de la apertura, de la disponibilidad, de la docilidad, del amor propio y hacia los demás; estas características son las que nos indican el camino que debemos seguir para extirpar de nosotros el deseo de privilegiarnos del llamado que Dios nos hace a dar testimonio.

De ahí que el “celo” que podemos sentir por estar cerca del Señor, por ser el mejor en mi área, en mi casa, en mi familia, con mis amigos, en todos mis ambientes; no me garantiza ser la mejor persona, ni mucho menos el mejor de los cristianos, hemos de confrontarnos si este supuesto “celo” es en realidad una intransigencia disfrazada de buena intención que lleva a considerarme en un grupo selecto, en una elite, que debe mantenerse alejada de los demás que considero inferiores a mí.

Por eso, al final del evangelio cuando el “celo” se manifiesta, el Señor les recuerda que aquellos que trabajan bajo los mismos criterios son aliados, no enemigos, aunque así los veamos por la amargura que hay en nuestros corazones; esa visión de aliados, debiera ser el principio rector en nuestro desempeño, pues no se trata de realizar las cosas bajo mi criterio personal sino por un ideal mayor, el de la verdadera unidad que viene de Dios, para así ser un reflejo nítido de ese Dios que es tres personas en perfecta armonía.

Animémonos a fomentar la unidad y limpiemos nuestra visión para lograr identificar en los demás, aliados y no enemigos, para ser coherentes con nuestro ser de cristianos.

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