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¡TENEMOS QUE HABLAR! (DIOS) (Mt. 6, 1-6. 16-18)

Me gustaría compartir una anécdota que se suele atribuir a Miguel Ángel llamada: El león dentro del mármol.

Una vez un escultor trabajaba con martillo y cincel un gran bloque de mármol. Un niño que estaba mirándolo no veía más que trozos de mármol pequeños y grandes cayendo a diestra y siniestra. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo. Pero cuando el niño volvió al estudio unas semanas después, se encontró con la sorpresa de un imponente y enorme león sentado en el lugar en el que había estado el bloque de mármol. Con gran excitación el niño corrió hacia el escultor y le dijo: “Por favor, dígame cómo sabía usted que había un león dentro del mármol”.

La respuesta es: “Yo sabía que había un león dentro del mármol porque, antes de verlo ahí, lo había visto en mi corazón. El secreto consiste en que fue el león de mi corazón el que reconoció al león del mármol”.

Para ver qué hay en el mármol de mi vida, qué quiere Dios de mí, cómo es el Padre, cómo parecerme cada vez más a Él, tengo que descubrirle y verle en el corazón. Ahí en lo más íntimo, donde sólo Dios me habita, voy descubriendo quién soy, cómo me ama Dios, qué me pide. La conversión no es una tabla de ejercicios para ponerse en forma espiritual, no es solamente prácticas externas que a veces se quedan sin repercusión alguna en mí, en mi vida. Es necesario hacer oración. Hablar con Dios, que no significa repetir mecánicamente fórmulas hechas por otros, a veces llenas de palabras rimbombantes más propias de grandes discursos que para el rincón del alma donde se debe producir el encuentro, el diálogo con Dios.

A veces nos desesperamos tratando de encontrar palabras para hablar con Dios y fracasamos porque tratamos de “convencer” a Dios para que su voluntad se identifique con la nuestra, con la mía, y si no lo consigo me siento frustrado y traicionado por un Dios que me trata mal. No terminamos de creer que Dios sabe nuestras necesidades, que no necesita que se las contemos, sino que, humildes y sencillos, nos dejemos llevar por Él y siendo capaces de decir sinceramente, con convencimiento: “hágase tu voluntad”.

Jesús nos invita a ir a lo más profundo, a ser coherentes y sinceros con nosotros mismos. Nos adentra ahí donde el Padre nos ve tal como somos, y nos susurra con infinita ternura: “Eres mi hijo amado”. Convertirse, hacer oración, ayuno y dar limosna, pasan por el momento de descubrir quién soy, quién es mi hermano, verme y verle con el corazón de Dios, demostrarlo y descubrirlo amando en los pequeños momentos de cada día.

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