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TAMBIÉN NOSOTROS SOMOS LLAMADOS (Mt. 10, 1-7)

En el evangelio de este día, Mateo nos narra la misión de los doce. Jesús les da el mandato de anunciar el Reino de Dios, los envía a misión para hacer presente el Reino frente a las enfermedades, impurezas o espíritus malignos. Ellos tienen la fuerza y la gracia de Dios y, como Jesús, han de predicar el amor de Dios en este mundo.

Para todo esto es necesario abrir los corazones al mensaje de Jesús, a Dios Padre que quiere cambiar las condiciones de este mundo: borrar la enfermedad, las dolencias, los corazones impuros, demostrar como Jesús que, el Reino ha venido para asentarse entre los pecadores, los pobres, los marginados, los que están abiertos a la palabra de Dios y esperan y confían en su gran misericordia.

Aunque en principio Mateo limita esta predicación a los hijos de Israel, después del Pentecostés se abrirá a todos los pueblos. El mensaje de Jesús es un mensaje salvífico que ha sido propuesto para la liberación del hombre de todas sus ataduras, sus limitaciones y sus debilidades, especialmente del pecado personal y social.

Los apóstoles continúan esta misión salvífica de Jesús, como Iglesia sacramento de salvación, en orden a la redención humana en plenitud, en línea con la actuación de Jesús, con su opción por la justicia y su preferencia por los pobres.

Este es el mensaje esencial que se nos pide transmitir también a nosotros: la maravillosa noticia de que Dios nos ama, que nos invita por la fe a su amistad, a su adopción filial que significa la fraternidad humana universal, mediante el seguimiento de Cristo, Hombre nuevo, que hemos de interiorizar en nuestros corazones y hacer presente en nuestra vida diaria.

“La evangelización constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios y perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa” (Evangelii Nuntiandi 14).

¿Aceptamos ser mensajeros de este amor de Dios, con fe y con esperanza, sabiendo que Dios actuará por medio de nuestra presencia y nuestro testimonio?

¿Somos temerosos y humildes, poniendo todos los dones que Dios nos ha concedido al servicio de la Palabra de Dios y su mensaje salvador?

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