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SU TRISTEZA SE TRANFORMARÁ EN ALEGRÍA (Jn. 16, 16-20)

El día de hoy Jesús a través de su palabra me recuerda las bienaventuranzas, en especial, la de “Bienaventurados los que lloran porque serán consolados” y “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt. 5,3-12).

Jesús nos promete una alegría eterna, una alegría que no se agota, que envuelve y transforma. Todas nuestras lágrimas que a lo largo de la vida hemos derramado a causa del dolor físico o del alma, Jesús, como buen Pastor, las toma y las guarda en su corazón, porque Jesús todo lo hace nuevo.

La tristeza y los dolores que llegamos a padecer por diferentes causas en nuestra vida nos unen a Cristo sufriente, a Cristo humano, nos permite unirnos con Dios, pero ojo; el dolor para el cristiano lo une estrechamente a Cristo Jesús, lo purifica y lo transforma. El dolor sin sentido y sin Cristo se puede convertir en masoquismo.

Sin embargo, el plan salvífico de Dios no se centra exclusivamente en el dolor, en la Cruz. La salvación de Dios no es estática, su salvación nos lleva a la alegría, a la resurrección, a la pascua. Es el paso de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría.

Jesús es Dios de vida, y la vida es eterna. Jesús es eterno, la alegría es Él. Estar alegre no significa nunca llorar, nunca sentir melancolía, estar alegre en Jesucristo significa confiar plenamente en Dios, abandonarnos a su voluntad, confiando de que Él nos sostiene, nos guía y que jamás defrauda.

Hoy es un buen día para decir; “Jesús, que cada latido de mi corazón, sea un beso para ti, regálame tu paz, regálame tu alegría”.

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