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SOMOS ELECCIÓN DIVINA (Lc. 6, 12-19)

Antes de tomar una decisión transcendental: elegir a los que iban a ser sus testigos, Jesús ora, pasó la noche orando, dándole vueltas, sopesando las posibilidades de cada uno, viendo pros y contras. No cualquiera valía y, aun así, no desdeñó a Judas que lo traicionaría, ni a Pedro que lo negaría, ni a Tomás que dudaría hasta el final, ni a Santiago y Juan que buscaban los primeros puestos. Debía dar un paso decisivo y de elección con el riesgo de equivocarse. Pues se trataba de un momento en donde se estaba representado a todo el género humano, con sus actitudes buenas o menos buenas, para que en el futuro nadie se sintiese no merecedor de ser elegido.

Había que confiar en su Padre Dios que los amaba por igual. Había que confiar en el Espíritu que los moldearía en su momento. Había que dilucidar porque ya se estaba haciendo de día, la oración fue a oscuras, en la noche, la elección fue con las primeras luces del alba, para que no hubiera engaño alguno, y tenía que reunirlos para contarles lo decidido.

¿Y los que no fueron elegidos? ¿Cómo se sintieron? Seguro que lo comprendieron y aceptaron aquella decisión rara del Maestro. Qué más nos da por qué lo hizo así, lo importante es que lo hizo como núcleo de lo que vendría después, de las elecciones posteriores, aquí estamos nosotros, continuadores eficaces de aquella noche de oración.

Jesús elige a los apóstoles y los quiere cerca para que puedan aprender la responsabilidad de la vocación evangélica que el Padre le ha asignado. «No he venido a ser servido, sino a servir y dar testimonio de la gloria de Dios Padre».

Esa es también nuestra misión como elegidos, con nombre y apellidos, para transmitir el mensaje de salvación de Jesús, para proclamar el Reino, la presencia viva, actual y permanente de Dios en nuestro mundo. Somos testigos de la paz de Dios, de la salvación y la gracia de Dios, a pesar de todas las contrariedades de este mundo, y por ello debemos ser luz y esperanza del nuevo mundo que Dios quiere para los hombres.

Cristo nos llama para que seamos anunciadores del reino, con la palabra y con la vida, nos invita a orar, a estar con Él, a formarnos, y abrirnos al Espíritu para recibir la fuerza que necesitamos y ser sus testigos a lo largo de los siglos.

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