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SÍGANME Y LOS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES (Mt. 4, 18-22)

Es interesante encontrarnos con este pasaje del evangelio al inicio del tiempo de Adviento. Un pasaje frecuentemente utilizado cuando hablamos de las vocaciones sacerdotales, tanto que creemos no puede tener otra enseñanza. Pero no es así, debido a que todos somos llamados a pescar.

Quisiera iniciar preguntándote, al ver tu testimonio de vida y la vivencia de tu fe ¿Crees que provoca a otros las ganas de conocer a Cristo o prefieren mejor no conocerlo? No lo digo como si de aquí fuera a sacar una sentencia que te condene al infierno, sino que, seguramente, en nuestra vida nos hemos encontrado en situaciones heroicas donde otros se llevan un gran mensaje cristiano, pero también situaciones con las que podemos provocar en las personas cierta apatía hacia Dios.

Me gusta pensar cómo san Francisco de Asís entendió que ser pescador de hombres no compete al sacerdote o al misionero, sino a todos como Iglesia. Aún más, él entendió que la principal manera de pescar es con nuestro testimonio. Tú y yo, viviendo el Evangelio en cada momento de nuestra vida, podemos provocar en los demás un deseo de encontrarse con el Dios en quien creemos. Recuerdo aquella frase en la Carta de Santiago: “muéstrame tu fe sin obras, que yo con obras te demostraré mi fe”. Porque cuántas veces hemos escuchado críticas y repudio a los cristianos por anunciar con la boca un mensaje y con las obras otro. Señal de que no hemos entendido la radicalidad del Evangelio: la entrega total de nuestra vida a Dios.

El Adviento es un tiempo de conversión, de preparación para el encuentro con Cristo. Quisiera proponerte que en este día te preguntes cuáles son las acciones, actitudes, palabras y gestos de tu vida que reflejan un mensaje muy diferente al Evangelio; al igual que aquellas que muestran perfectamente el amor de Dios que sientes en tu vida. ¡Felicidades!, el Adviento es un momento donde, aquellas situaciones algo torcidas, pueden ser cambiadas por otras mejor intencionadas. Y de aquello hermoso que ya hay en tu vida, no dejes que se opaque, porque Dios se sigue valiendo de ti para llegar a los corazones lejanos, duros y lastimados. Dios viene a nuestro encuentro y desea encontrarnos con nuestra luz encendida, tan brillante como el sol.

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